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Digitalización y Robotización del Mundo por Esteban Ierardo

Digitalización y Robotización del Mundo por Esteban Ierardo

 

El filósofo Esteban Ierardo disecciona la serie de Charlie Brooker, encontramos este artículo de Digitalización y Robotización del Mundo en Página12 del 4/11/2019.

Black Mirror: ciencia ficción a la vuelta de la esquina

El ensayista analiza las implicancias de un mundo que se digitaliza y robotiza, y  subraya además el lado inquietante de un capitalismo algorítmico que busca perfeccionar sus sistemas de control. La inmortalidad digital, el hiperfuturo y la imposibilidad del olvido.

Por Julián Varsavsky

En los últimos dos años, el filósofo y escritor Esteban Ierardo publicó libros inspirados en la serie Black Mirror (“Sociedad Pantalla” y “Mundo Virtual”, Ediciones Continente) donde los distópicos capítulos de esta ficción son el disparador de reflexiones críticas sobre la cultura “tecno-global” mediante una metodología que el autor denomina pensamiento múltiple: “Abordo procesos culturales saliendo de los compartimientos estancos para cruzar disciplinas como la filosofía, la literatura, la historia social y del arte, la mitología y las ciencias duras”.

–Uno de los temas que inquietan en Black Mirror es la imposibilidad del olvido mediante la incorporación al cuerpo de dispositivos técnicos que registran en video la vida completa de una persona, incluyendo la técnica de proyectarla en una pared. Uno podría reconstruir su vida como el memorioso Funes del cuento de Borges. El casco con la cámara GoPro encima ya existe. Y esto sucede ya incipientemente en las redes sociales.

–En el capítulo Toda tu historia, esa GoPro simplemente se inserta debajo de la piel para filmar a través de los ojos. Este registro total de la vida puede permitir a un extorsionador inspeccionar la memoria de los otros. Es decir, en un sentido potencial, no hay olvido ni secreto imposible de develar. La vida se somete a la tragedia de la imposibilidad del olvidar. Y como si de un video se tratara, deviene un continuo material editable (es posible borrar fragmentos del pasado o todos). La memoria convertida en un proceso técnico haría del sujeto su editor y dueño, por un lado. Pero ese disco rígido implantado despoja al sujeto del derecho del olvido de aquello que, a veces, impide la frescura de un nuevo comienzo. Ya Huxley destacó que la memoria orgánica actúa por la selección de lo relevante y la eliminación de lo innecesario. Por el contrario, la memoria artificial del futuro sería el quedar prisioneros de un pasado que no permite el alivio del olvido, y que se convierte en una continua invasión y condicionamiento del presente.

–Uno de los dilemas de la nueva tecnodependencia es el del encierro rodeado de pantallas. Estamos cada vez más aislados e hipercomunicados. Byung Chul Han plantea que la nueva experiencia del mundo se basa en el paso desespacializado a través de ventanas: “el windowing es el modo hipercultural de la experiencia”. El estar en el mundo se convierte en estar frente a la ventana. Esto conduce a la caída del horizonte, algo que generaría un vacío doloroso. Pero dice Han que esta novedad podría conducir a una práctica de libertad: si bien el caminante analógico ha perdido el horizonte único, el mundo hipertextual le ofrece algo más al abrirse a innumerables visiones. Es ya la mirada la que camina. El libro de papel clásico tiene un orden narrativo prestablecido. En cambio la virtualidad es una red sin centro: el windowing permite ir de una ventana a otra sin un sentido predefinido. Cada quien puede construir su propia narración y una identidad singular.

–Ese mundo digital es lo que analizo como el “pensamiento hipertexual” en el libro “Mundo virtual”. Es un modo de pensar no anclado solo en secuencias lineales: es un pensar que, por los saltos o relaciones de los links, puede diversificarse hacia distintos caminos de conocimiento y reflexión. Esto nos sitúa ante el hecho de que estamos ante cambios profundos en la forma de percibir el mundo sensible. La tecnología ha dejado de ser el mero uso de ciertos dispositivos y se ha convertido en una forma de construir la experiencia: es la interpretación de nuestra existencia. Vivimos cada vez más tecnológicamente y esto abre un camino ambiguo. Por un lado es un proceso de superación del hombre al adquirir nuevas herramientas para la acción: este es el aspecto glorioso que permite superar los límites de nuestra memoria y nuestros sentidos naturales. Aquí se da el matrimonio entre ciencia y magia. Pero Black Mirror nos propone meditar sobre el hecho de que la virtualidad puede crear también un sistema de entretenimiento hechizante, un sonambulismo tecnológico que genere una fascinación de la conciencia tan potente, que vayamos perdiendo nuestra relación con la naturaleza circundante, con el mundo exterior y con las personas que lo habitan, hasta ir quedando encerrados en el magnetismo de las pantallas. El ser absorbido por la sociedad pantalla supone el peligro de una erosión de nuestra percepción del espacio físico, amplio y extrapantalla, en el que fluye la vida.

–Creo que lo virtual es una ampliación unidimensional del espacio, un nuevo ámbito que puede enriquecer nuestra experiencia perceptiva. Lo que sucede en la Matrix es también real. Y no lo digo desde una mirada tecno-positivista: no desconozco el lado nocivo e incluso siniestro de los usos corporativos de Internet a partir del lado “amable” que muestran Google y Facebook. Por otra parte, en Occidente nos causan cierto espanto la idea de lo virtual –el holograma de una persona– y la presencia de robots humanoides, algo con lo que en el Este de Asia se convive con más naturalidad por diversas razones culturales.

–Ya los bisontes paleolíticos –filmados en 3D por Herzog en el documental La cueva de los sueños olvidados— son virtuales: eran la imagen que representaba o hacía presentes de forma virtual a los bisontes reales y ausentes. A lo largo de su dilatada historia, el homo sapiens creó virtualidad, lo cual debe ser visto como la continuación y multiplicación del espacio real, y no como algo aparte. Las pantallas y su mundo virtual tienden a sustituir crecientemente al mundo primario físico, pero lo virtual debería ser pensado también como una simulación de la realidad que además necesita de un espacio real. El mundo virtual no puede existir en sí mismo sin la materialidad de los dispositivos. Y las ondas por donde se transmite lo virtual atraviesan un mundo físico imprescindible para la existencia del mundo online: este no es entonces un mundo aparte sino que está basado en la realidad material. Pensado así, lo virtual es una posibilidad de “otra realidad” mediante representación o duplicación. Pero no es su reemplazo. El capítulo Quince millones de méritos –ese de los personajes que pedalean en bicicletas fijas para llegar a un show de TV– expresa el proceso de sustitución de la vida real ambiental por otra cada vez más encapsulada en el consumo de lo virtual. Las personas viven en habitaciones con techos y paredes pantalla, desconectados de la realidad primaria. Brooker parodia los excesos del consumismo y el capitalismo mediante trabajadores que pedalean como en una rueda de hámster, acumulando créditos que les permiten comprar objetos y mercancías no físicas, virtuales. El único escape a esta tentadora y sudorosa vida de sacrificios sería brillar como estrella televisiva en una sociedad del espectáculo donde no tenemos derecho a aburrirnos. En cierto momento, quienes más se esfuerzan y pedalean frente a pantallas con shows, alcanzan los puntos para ser invitados a un talk-show donde deben lucirse y alcanzar una gloria fugaz: allí serán premiados otra vez, no por su talento sino por la capacidad que tengan para asombrar y excitar al público con un discurso emotivo, buscando aprobación. Al protagonista le llega el gran día y en lugar de reproducir el modelo, lo denuncia con una arenga crítica. Y la reacción popular en el estudio –representada por avatares de personas existentes encerradas entre pantallas– también es inesperada. El hecho es que la crítica disruptiva es premiada como forma de neutralizarla, convirtiéndola fatalmente en una nueva mercancía.

–En su nuevo libro Mundo virtual estudia la idea de un capitalismo algorítmico. En el documental Lo and Behold, un entrevistado por Werner Herzog dice que un algoritmo de inversiones muy poderoso podría en el futuro operar para desencadenar una guerra, si lo viese conveniente para elevar el precio de ciertas acciones. Esto ya lo hacen algunos humanos. Yo creo que el algoritmo es visto a veces –de manera errónea– como un proceso autónomo. En el Mundial de Fútbol de robots los jugadores no son teleoperados: son en teoría autónomos al salir a la cancha. Sin embargo, siempre hay un programador detrás de cada máquina.

–Para cierta mirada contemporánea, los individuos son impactados por dos revoluciones algorítmicas. La primera es la de los algoritmos biológicos resultado de la evolución, cuya programación está en los genes y sigue siendo, en gran medida, uno de los misterios para la ciencia. Los códigos genéticos son algoritmos bioquímicos que determinan nuestros procesos biológicos. Un ejemplo: cuando el alimento llega al estómago se debe iniciar su síntesis de manera automática. La segunda revolución es la de las máquinas que funcionan a través del algoritmo informático: si una moneda entra en una expendedora de bebidas, se debe abrir la compuerta. Cada vez más vivimos bajo los efectos de estos últimos algoritmos. Y las tecnologías de Big Data interpretan nuestras huellas digitales en océanos de datos. Así somos interpretados y manipulados. Pero esto no supone todavía un funcionamiento algorítmico sin el programador detrás que formula los algoritmos, según ciertos intereses de reproducción del sistema.

–“El Big Brother muta en Big Data”, dice Han. En el mundo existen muchísimas más pantallas en funcionamiento que humanos vivos. ¿Hay forma de salir de esto?

–Tal vez, si nos hacemos menonitas. Nadie puede vivir hoy sin tecnologías. ¿Es necesaria una hiperconectividad continua? Seguramente no, pero hoy nuestra percepción surge mucho más de la interacción con las pantallas que de las conexiones con personas reales. No hemos llegado a implantes cerebrales como los de Black Mirror que pueda monitorear nuestras decisiones. Aun se puede cultivar una ética del uso mesurado de la conectividad. Está de moda el concepto de distopía, entendido como una época en la cual no habrá escapatoria. Black Mirror es distópico al mostrar un mundo donde la tecnología implica un sacrificio de la libertad. En los años 80 la novela Neuromante de William Gibson comienza con la idea de un mundo encerrado en sí mismo. Su opuesto es la utopía como ideal de un mundo mejor. Nos sobrevuela entonces la idea de una implosión tecnológica que generará algún tipo de apocalipsis. El capítulo Metal Head de Black Mirror muestra ese posapocalipsis donde perros robot que no se sabe quien maneja –acaso sean autónomos– persiguen cruelmente a ciertas personas detectadas como enemigo por un algoritmo. No creo que se produzca ese posapocalipsis, pero sí un control algorítmico cada vez más meticuloso y eficaz de los individuos.

–Existe entre los “pastores” de las nuevas tecnologías una suerte de iluminismo digital: el dataísmo y su pretensión de objetividad e incluso infalibilidad.

–Hoy los individuos se descomponen en datos para ser sujetos de interpretación, Esto es también la cuantificación del yo de manera voluntaria. Son personas que corren llevando relojes inteligentes o teléfonos que miran constantemente controlando su presión sanguínea, la distancia y la velocidad. Y herramientas como Facebook y Google nos convierten en una cantera de datos permanente para enviarnos publicidad. El algoritmo de los autos sin chofer reducirá los accidentes. La depresión llevó a un piloto de German Wings a tirar contra una montaña un avión lleno de pasajeros. Un algoritmo no se deprime pero uno error de programación de Boeing hizo estrellar a dos aviones. En esa sustitución del sujeto falible por la infalibilidad de los algoritmos y la “buena administración de los datos”, se pierde el sujeto como cultivo de la conciencia y como fuerza de creación y comprensión, más allá de su reducción a un paquete de datos.

–Deberíamos asumirlo: somos cyborgs.

–Sí, hace largo rato ya. Un bypass es un aparato incorporado al cuerpo que nos constituye en cyborg. Cuando sentimos la llamada del smartphone en el bolsillo, su vibración parece venir del interior del cuerpo. Y no nos despegamos jamás de él. Pensemos en la angustia que genera descubrir que estamos en la calle habiendo olvidado el celular. Esta simbiosis con el aparato ha transformado nuestra subjetividad. Internet es una proyección expansiva del cerebro. Ya no podemos vivir sin él, cuya capacidad de memoria es millones de veces más grande que la nuestra. Hoy existen los exoesqueletos, esa suerte de “segundo cuerpo” que potencia nuestra fuerza. La biónica –incorporación de mecanismos artificiales al cuerpo que reemplazan o mejoran órganos– es otro ejemplo de una corporalidad en la que los dispositivos se integran cada vez más con lo orgánico.

–La idea de la inmortalidad digital atraviesa Black Mirror. El filósofo surcoreano Byung Chul Han dijo que “no creo que computadoras muy inteligentes puedan copiar la mente humana… las máquinas nunca podrán inventar un nuevo lenguaje… Porque no tienen mente y ninguna puede generar mayor output que su input. Este es precisamente el milagro de la vida, que puede generar mayor output que su input, y esto resultar en algo completamente distinto. Eso es la vida: es espíritu y así es como se diferencia de la máquina. Pero la vida está en peligro cuando todo está automatizado y regido por algoritmos. Una máquina humana inmortal como la imaginada por el poshumanista Ray Kurzweil, ya no sería humana. Quizás alcancemos la inmortalidad eventualmente con la ayuda de la tecnología, pero perderemos la vida. Alcanzaremos la inmortalidad al costo de la vida”.

–El capítulo San Junípero trata la inmortalidad digital a través de un mundo paralelo al que viajan personas muy enfermas, donde están rejuvenecidas en un paraíso simulado por computadoras; pero allí no escapan de la decepción, porque los habitantes de ese mundo paralelo caen en la cuenta de que allí un cigarrillo no sabe a nada. Hay una corriente científica conocida como singularismo que aspira a que evolucionemos artificialmente hacia un poshumano que, en una primera etapa, aumentará su longevidad liberado de las enfermedades, para luego detener los procesos de degenerativos de las células. Finalmente se buscará acumular toda la información cerebral en soportes informáticos, ya como conciencia digitalizada en otro soporte: un cuerpo robótico que sería como una carcasa. No sería una clonación de la conciencia sino una transferencia de la misma, una tecnología que –a mi modo de ver– está en estado cero, y que olvida algo esencial: una vida inmortal no sería simplemente no morir y vivir indefinidamente en un dispositivo, sino crear continuamente sentido para que esa vida se justifique y no se convierta en una vida extendida artificialmente y vacía, hasta el punto que lo mejor sería volver a ser mortales como en el cuento El inmortal de Borges. El capítulo Museo Negro de Black Mirror plantea esto: personas que continúan viviendo tortuosamente para siempre, presos en un holograma.

–De sus libros se desprende una mirada de la tecnología como una herramienta ambigua.

–En lo personal me interesa la compresión de los procesos culturales, no la tecnología en sí misma. Pero lo técnico hoy es ya inseparable de la construcción del mundo global y de la subjetividad. Por lo que, frente al fenómeno cultural de lo técnico, podemos usar la metáfora de las dos caras opuestas de Jano, ese dios bifronte de los romanos. No debemos –ni podemos– ser dioses, pero sí ser conscientes de que esos rostros que miran en dos direcciones ven las partes de un todo. Una mirada se dirige al progreso entendido como ingeniería aeroespacial, transporte, energías renovables y medicina. La otra se orienta hacia la economía capitalista y los intereses del poder, pretendiendo que se la acepte y celebre con una ingenuidad pasiva. Esto último plantea que después de destruir millones de empleos, la revolución robótica traerá un mundo mejor. Esta mirada luminosa –es parte del nuevo dataísmo digital y de la mentalidad Silicon Valley– omite que los intereses del poder no están vinculados con el bienestar económico general, la salud, la educación y la realización humana de las personas. El ojo oscuro del poder descubrió en la tecnología una herramienta para mejor dominarnos y vigilarnos. Busca excitar nuestros deseos, hacernos comprar más y votar de determinada manera. En el capítulo Arkangel de Black Mirror, una madre implanta un chip que le transmite en vivo la mirada de su hija, logrando un control total sobre ella. Todo lo que sucede ya queda registrado en Internet: la información no se pierde. El algoritmo interpreta huellas digitales y concluye: “a esta persona hay que darle esto y aquello”. El documental Brexit muestra cómo los algoritmos interpretaron datos para inducir a mucha gente a votar algo de lo que ahora se arrepienten. Hay un lado de la tecnología que nos mira como un búho oculto en la noche y actúa, no por lo que muestra, sino por lo que oculta. Es un poder agazapado, ligado a los entramados de servicios de inteligencia y corporaciones que tienen herramientas cada vez más sofisticadas para orientar a la población hacia los intereses privados de estas minorías. Snowden lo demostró. Esta distopía es, en el fondo, la utopía soñada por el poder. Todos reproducimos los patrones funcionales al capitalismo vigente. Hay una necesidad de adaptarnos, sin duda. Pero está el peligro de la sobreadaptación, que es lo que nos propone el capitalismo algorítmico: rendirnos al consumismo total y renunciar al derecho a la crítica respecto a todo. Yo propongo defender el derecho a la duda y a la crítica frente a la tecnología, mirando sus lados oscuro y luminoso, manteniendo una actitud realista de sospecha. Es esto mismo lo que hace Black Mirror con su tecnoparanoia convertida también en entretenimiento de una manera ingeniosa y reflexiva, que acaso en la última temporada ya adolece de una sobreadaptación a la lógica del espectáculo. La cuestión es hacer de las herramientas tecno-digitales del mundo contemporáneo, medios para el desarrollo individual y colectivo, y no los ladrillos de una pared que nos aleje cada vez más de la vida real en todas sus caras y posibilidades.

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