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El Alma en Platón

Antropología de Platón: El alma

El Alma en Platón

  1. Desarrollo de la Psicología platónica.

Platón, en cuanto al alma,  experimenta vivamente la dificultad de hacer una descripción directa de su naturaleza, ya que solamente podemos percibirla por sus operaciones.

De aquí proviene su recurso a los «mitos», no en cuanto que considere su doctrina como pura fantasía, sino como medio de expresión de realidades que no es posible aprehender directamente ni por los sentidos ni por la inteligencia.

 La Antropología de Platón tiene más carácter ético que científico.

Con ella trata de explicar el conflicto interior experimentado por el hombre y la lucha entre las tendencias opuestas que se manifiestan en su vida.

En este sentido deben interpretarse el concepto tripartito del alma en la República y en el Timeo, el mito del auriga del Fedro, así como la composición del alma: resultante de la mezcla de lo Idéntico con lo Diverso en el Timeo.

El doble movimiento de los dos círculos de lo Idéntico (exterior) y de lo Diverso (interior) sirven para aplicar la rectitud y el desorden del pensamiento, así como la docilidad y la rebeldía en la conducía moral.

 

El concepto platónico del alma, en cuanto a su origen, su naturaleza, su simplicidad, el motivo de su unión con el cuerpo su inmortalidad, sufre una evolución con notables variantes, que se aprecia sobre todo a lo largo de los diálogos Fedón, República, Fedro y Timeo.

Su Psicología es una combinación de las creencias en el origen celeste de las almas, la preexistencia y la transmigración, procedentes de los órficos, de Píndaro y de los pitagóricos, con su teoría de las Ideas, el innatismo y la reminiscencia.

Platón tuvo siempre un concepto elevadísimo del alma, como una entidad inmaterial distinta y contrapuesta al cuerpo.

Ya en el Alcibíades I aparece como lo principal del hombre, de suerte que puede decirse que «el hombre es su alma”.

«De todas cuantas cosas tiene el hombre, su alma es la más próxima a los dioses y su propiedad más divina y verdadera».

Platón consideró siempre el alma como una entidad inmaterial distinta del cuerpo.

En el Fedón rechaza la tesis materialista de algunos pitagóricos (Simmias) que la consideraban simplemente corno un resultado de la krasis entre los elementos corporales, a la manera corno la armonía resulta de las cuerdas de la lira.

Lejos de ser el alma un resultado de la vida del cuerpo es el principio de su movimiento y de, su vida.

No sólo, son realidades distintas, sino contrarias.

El alma es simple, única, e inmortal, mientras que el cuerpo es un conglomerado de muchos elementos, que se disuelve en la muerte.

Lo propio del alma es el pensamiento, por el cual, se pone en relación con las realidades inteligibles, a diferencia del cuerpo, al cual corresponde la sensación.

Platón se esfuerza por poner de manifiesto el parentesco, la afinidad o la connaturalidad del alma con las realidades ideales del mundo superior.

El alma es una realidad concreta, invisible, que participa de la Idea de la vida.

En esa connaturalidad apoya Platón todas sus tesis fundamentales: la preexistencia del, alma respecto del cuerpo, su inmortalidad, el conocimiento previo de las Ideas y su conservación por la reminiscencia.

En cuanto a su origen, en el Fedón no menciona la creación, sino que parece admitir su eternidad.

Tampoco aparece todavía la causa de su unión al cuerpo, si bien sus relaciones no son naturales, sino violentas.

Mientras el alma está unida al cuerpo parece ebria, aspira a separarse de él y tiende irresistiblemente hacia el bien y la verdad que se hallan en el mundo ideal.

De aquí proviene el concepto peyorativo que Platón tiene del cuerpo y la necesidad del ascetismo para sujetarlo a la dirección el alma.

En el República mantiene Platón su concepto del alma como entidad espiritual, de naturaleza divina, connatural a las realidades del mundo superior: «allegada de lo divino e inmortal y de lo que siempre existe».

Como causa de su encarnación alude ya a un pecado, aunque sin concretar en qué consistió, en castigo del cual es condenada a descender a la tierra y a ser encerrada sucesivamente en cuerpos materiales, hasta que logra su purificación y la expiación perfecta de su crimen.

El número de almas no aumenta ni disminuye.

Aparece la división del alma en tres partes, o al menos con tres funciones distintas, la primera la racional, la segunda la irascible y la tercera la concupiscible.

Platón declara haber llegado a este concepto del alma por analogía con las tres clases en que se divide la sociedad.

No obstante, en el República no mantiene firmemente el concepto de la triplicidad del alma, ya que al final esa diversidad se relaciona simplemente con su unión con el cuerpo.

El Fedro marca un avance muy importante en la Psicología platónica.

Describe el alma como inmaterial, invisible, intangible, imperceptible a los sentidos, «existe realmente sin color, sin forma, intangible, siendo sólo visible a la inteligencia».

Al alma cósmica le aplica los mismos caracteres que en el Fedón atribuye a la divinidad.

El alma se mueve a sí misma y es el principio del movimiento del cuerpo.

Las almas son eternas e inmortales como los dioses.

Pero, aunque son inferiores a éstos, su naturaleza es semejante a la divina y originariamente figuraban en el séquito de la magna procesión que, guiada por Zeus, circula por los cielos, llegando periódicamente a los últimos confines del Universo, desde donde pueden contemplar las Ideas.

Los dioses, los demonios y las aImas van en sus carros, tirados por caballos alados.

Pero mientras que los caballos de los dioses son excelentes, los de los carros de las almas uno es blanco, bueno y noble, pero el otro es negro e indómito.

El auriga se esfuerza por armonizarlos en sus movimientos.

El caballo blanco obedece con docilidad, pero el negro se rebela y se resiste a su dirección y es causa de que el alma caiga de su estado feliz y sea castigada a encarnarse en un cuerpo material y mortal.

Así, pues, en el Fedro la unión del alma con el cuerpo se presenta como castigo de un pecado y como medio de expiación.

Está unida al cuerpo accidentalmente, como el barquero a la nave, como el músico al instrumento o el caballero al caballo.

Por lo tanto, su estado de unión al cuerpo es violento y tiende a separarse de él para retornar a su estado primitivo.

No es difícil identificar el cochero con el alma racional, y a los caballos blanco y negro con las almas irascible y concupiscible del República, con lo que tenemos ya consolidada en Platón la división tripartita del alma.

Sólo son simples las Ideas. Todas las almas, las de los dioses, las de los demonios y las humanas, son compuestas.

La división tripartita del alma reaparece en el Timeo, relacionada con la anatomía corporal, asignando un lugar distinto cada una.

La primera es el alma racional creada directamente por el Demiurgo, que está alojada en el cerebro y tiene por misión dirigir las operaciones superiores del hombre.

Es de naturaleza divina, inmortal, y por ella se pone el hombre en comunicación con el mundo ideal.

La segunda es el alma pasional, irascible, que fue creada, por los dioses inferiores.

Reside en el tórax y está separada de la superior por medio del cuello, pero unida a él por medio de la medula espinal y transmite sus órdenes a través de las venas.

Es la fuente de las pasiones nobles y generosas.

Pero es inseparable del cuerpo y perece con él en el momento de la muerte.

La tercera es el alma concupiscible, apetitiva, que reside en el abdomen.

Está separada de la pasional por el diafragma, pero se relaciona con la racional por medio del hígado, en cuya superficie brillante se reflejan las imágenes producidas por el alma superior.

De ella provienen los apetitos groseros y las pasiones inferiores, y es también Mortal.

La composición del alma aparece claramente en el Timeo.

El Alma Cósmica está compuesta de la mezcla de los tres géneros supremos: lo idéntico, lo Diverso y la esencia.

Las almas inferiores de los dioses, los demonios y los hombres fueron formadas de los residuos sobrantes de la mezcla.

En el Timeo atenúa un poco Platón el concepto pesimista del cuerpo y de su unión con el alma.

La primera encarnación del alma es natural e igual para todas.

Todas son encerradas primeramente en un cuerpo de hombre.

Pero, si no han vivido rectamente, vuelven a reencarnarse, primero en un cuerpo de mujer, y después de animales, aves, cuadrúpedos, reptiles, gusanos, peces y moluscos.

Pero el cuerpo es desuyo el vehículo del alma, y mantiene con ella un equilibrio y una armonía perfectos: «No hay mayor simetría ni disimetría que la del alma con su propio cuerpo».

Hay un número fijo de almas, que no puede aumentar ni disminuir.

Dios, al organizar el Universo, creó las almas, en número igual al de los astros errantes, o planetas, asignando una a cada uno.

«Aquel que haya dirigido el curso de su vida en conformidad con las directivas del astro que le fue señalado, alcanzará al morir una vida dichosa».

El alma no pertenece, al mundo terrestre, sino al celeste, al cual tiende a volver.

Este concepto constituye la base de la teoría platónica de la virtud, que señala el retorno a la contemplación del mundo superior de las Ideas como fin trascendente de la vida del hombre.

 

  • La inmortalidad del alma

Platón tuvo siempre un profundo sentimiento de la inmortalidad del alma y de la existencia de otra vida más allá de la muerte.

Aunque reconoce que sus pruebas no constituyen demostraciones rigurosas; sino hipótesis, creencias, verosimilitudes bastante fundadas, no obstante, su misma insistencia en buscar argumentos para justificar su creencia en el más allá, revela una profunda convicción de la existencia de una vida después de la muerte.

Platón concibe la inmortalidad como verdaderamente personal, con la subsistencia del alma, que conserva sus operaciones individuales propias.

El destino futuro del hombre depende de su buena o mala conducta, durante su vida en el mundo.

Pero solamente es inmortal el alma racional.

Las almas inferiores se corrompen con el cuerpo, pues no son necesarias, ya que el alma después de la muerte carece de funciones sensitivas y vegetativas.

En la Apología aparece un concepto vago de la supervivencia, que responde probablemente al pensamiento de Sócrates, pero que no es compartido por Platón.

En el Gorgias el alma es el sujeto de la justicia y debe, por lo tanto, perdurar para siempre, a fin de que se restablezca la ecuación entre virtud y felicidad.

En el Fedón aborda expresamente el problema, acumulando razones para demostrar la inmortalidad del alma, justificando así la tranquilidad del filósofo ante la muerte:

  • ° Por la sucesión cíclica de las cosas contrarias.

Los contrarios se suceden alternativamente.

De lo pequeño se hace lo grande (crecer) y de lo grande lo pequeño (disminuir).

El sueño sucede a la vigilia y la vigilia al sueño, la descomposición a la composición, el frío al calor.

Ahora bien, vida y muerte son cosas contrarias.

Es claro que a la vida sigue la muere.

Por lo tanto, a la muerte debe suceder la vida, realizándose de esta manera la rueda de las generaciones: de los vivos se hacen los muertos y de los muertos los vivos; los vivos nacen de los muertos y los muertos de los vivos.

2 ° Por la reminiscencia.

Experimentamos el hecho de la reminiscencia, Ahora bien, para recordar es preciso haber aprendido antes lo que se recuerda.

Por consiguiente, como las cosas que recordarnos no podemos haberlas aprendido después de nacer, debemos haberlas aprendido antes.

Luego el alma ha preexistido al cuerpo, y por lo tanto es natural que le sobreviva después de la muerte.

 

3.° Por la simplicidad del alma y su afinidad con las Ideas.

Las cosas simples siempre se mantienen inmutables, mientras que las compuestas cambian sin cesar.

En el compuesto humano distinguimos el alma y el cuerpo, cada uno de ellos con propiedades muy distintas.

Hay dos clases de seres, unos (las Ideas) invisibles, puros, simpIes, inmutables, imperecederos, siempre Idénticos consigo mismos, y otros, visibles, compuesto, mudables, siempre en perpetuo cambio.

El cuerpo, indudablemente tiene afinidad con estos segundos.

Pero el alma, aun cuando está unida al cuerpo, tiende de suyo hacia las realidades superiores invisibles, divinas e inmortales.

Esto es un indicio de que el alma pertenece a la clase superior de seres y que por lo. tanto, es simple e inmortal como ellos.

 

4.° por la participación de la Idea de vida.

Las cosas particulares del mundo sensible tienen existencia y realidad en cuanto que participan de las Ideas.

Pero cada cosa no puede participar a la vez de Ideas contrarias entre sí, por ejemplo, de lo par y lo impar, de lo cálido y lo frío.

Ahora bien, Vida y Muerte son cosas contrarias.

Por lo tanto, si el alma participa de la Idea de vida, esa participación excluye la contraria que es la de la Idea de muerte.

Por consiguiente, el alma es mortal.

En el República aparece en varios lugares el tema de la inmortalidad.

«¿Piensas que a un ser inmortal le está bien afanarse por un tiempo tan breve y no por la eternidad?”.

Y a continuación formula un nuevo argumento: «Lo malo es lo que disuelve y destruye; lo bueno, lo que preserva y aprovecha”.

Cada cosa tiene sus propios bienes y males, que le son connaturales.

El mal propio del alma son los vicios, la injusticia, el desenfreno, la cobardía, etc., los cuales, aunque la hacen perversa no la destruyen totalmente.

Pero la muerte no puede tampoco destruirla, porque nada puede ser destruido sino por su mal propio, y la muerte no es el mal propio del alma, sino del cuerpo, pues no la hace más injusta.

Por consiguiente, si el alma no puede ser destruida ni por su mal propio ni por el mal extraño, hay que concluir que existirá siempre.

En el Fedro llega a la misma conclusión, considerando el alma como eterna, por ser principio del movimiento.

Un principio no puede haber tenido comienzo ni haber sido engendrado.

El alma mueve al cuerpo y no es, movido por nadie, sino que se mueve a si misma.

Pero siendo eterno su movimiento, no ha tenido principio ni es corruptible, y, por lo tanto, tampoco tendrá fin.

El Timeo modifica un poco el concepto de inmortalidad.

Las almas no son eternas, como las Ideas y como el Demiurgo.

Tampoco son simples, sino compuestas, y por lo tanto no les corresponde la inmortalidad por su propia naturaleza.

Pero el Demiurgo, al crear los dioses inferiores y las almas, les dotó del carácter de la inmortalidad.

Siendo bueno, no puede consentir que perezcan sus obras más hermosas.

Pero sólo es imperecedera el alma superior, creada directamente por el Demiurgo, y que retorna después de la muerte a su astro correspondiente.

El retorno al estado primitivo feliz se consigue obrando bien en conformidad con lo divino que habita en nosotros.

Platón tiene un sentido vivísimo de la Justicia.

Los malos deben expiar sus culpas y los buenos recibir el premio por sus virtudes.

Este sentimiento le hace reclamar una sanción ultraterrena, y por lo tanto la supervivencia de las almas.

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