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EL AMOR Y LA ASCESIS EN PLATÓN

EL AMOR Y LA ASCESIS EN PLATÓN

La Filosofía como purificación.

El Amor y la Ascesis es primordial, porque la Dialéctica puramente racional no expresa por completo el carácter del platonismo.

La teoría de las Ideas no sólo ofrece a Platón una solución del problema del ser y de la ciencia; sino también la orientación para el sentido práctico de la vida humana.

Sus creencias escatológicas en la preexistencia, la inmortalidad y la transmigración de las almas; le sugieren otros medios extrarracionales para transcender la relatividad de los seres del mundo sensible; y llegar a la posesión del Absoluto; Son el Amor y la Virtud, que siguen un proceso ascensional idéntico al del conocimiento y convergen al mismo término, aunque por distintos caminos.

Ya en el Menón la Dialéctica deja de ser un procedimiento puramente racional; y se convierte en el arte de despertar en el alma el recuerdo de la ciencia poseída con anterioridad a su unión con el cuerpo.

Su objeto no será tanto el de demostrar racionalmente la existencia del mundo de las realidades superiores; cuanto tratar de evocarlo, sugerirlo, adivinarlo o recordarlo por medio de la reminiscencia.

En el Banquete la Filosofía aparece como una especie de locura divina que diviniza al hombre; y lo conduce al conocimiento de la Belleza trascendente.

El amor (eros) es filósofo, y la Filosofía consiste en un intermedio entre la posesión de la ciencia perfecta; como la tienen los dioses, y la ignorancia perfecta, que no experimenta necesidad ninguna de investigar.

 

El proceso ascensional del Banquete tiene cuatro grados:

1.°, el amor al cuerpo bello del amado conduce al amor de una belleza física impersonal;

2.°, ésta al de la belleza moral de las almas;

3.°, ésta al amor de los sentimientos y pensamientos bellos, hasta llegar,

4.°, al amor de la Belleza absoluta, trascendente y suprasensible. causa de la belleza de todas las cosas.

 

A partir del Banquete, sobre el racionalismo socrático, nunca demasiado arraigado en Platón, prevalecen otras formas de «conocimiento”.

Platón experimenta la insuficiencia de la razón pura, tanto para el saber cómo para la virtud; y echa mano de otros procedimientos sentimentales, volitivos, pasionales, adivinatorios, ascéticos, purificatorios, activos o simplemente sugestivos.

Todos le parecen buenos, con tal que conduzcan al término deseado.

Por el esfuerzo combinado de la Dialéctica racional, de la «reminiscencia”, del amor, de la belleza y de la virtud; trata de llegar al conocimiento, a la evocación o al recuerdo de las realidades del mundo superior ideal; que supone ya conocidas en una existencia anterior.

Sobre todo, desde que se incorpora la Psicología pitagórica, su teoría de las Ideas adquiere un sentido muy distinto.

En adelante, Platón, más que en demostrar racionalmente la existencia del mundo superior; que considera ya «percibida» experimentalmente por la «reminiscencia», se esforzará por evocarlo, sugerirlo, recordarlo; utilizando para ello los procedimientos más dispares que le sugiere su inagotable fantasía creadora: la razón, el sentimiento, los mitos, las fábulas, el ascetismo, la poesía…

Todo le sirve de medio para llegar de algún modo a la contemplación de esas realidades suprasensibles; o al menos para adivinarlas, entreverlas, en cuanto, es posible en esta vida.

 

Postulado de la prueba dialéctica.

 

La prueba dialéctica de la existencia de un mundo trascendente deja de ser una conclusión lograda al término de un largo proceso racional, y se convierte en un postulado, en una intuición previa, en un presentimiento, en una aspiración de orden afectivo, en una adivinación de carácter poético, sentimental, extrarracional; que desempeñará en la filosofía platónica una función semejante a la de las hipótesis en Matemáticas, y que Platón tratará de racionalizar con el esfuerzo gigantesco de toda su filosofía.

Con esto la Filosofía adquiere un profundo sentido moral y su fin coincide totalmente con el de la virtud.

Ambas llegan al mismo término, aunque por distintos caminos.

Pero Platón no se contenta ya con un simple conocimiento racional, sino que aspira al retorno al estado feliz primitivo, en que el alma, libre del estorbo del cuerpo material, disfrutaba de la contemplación directa del mundo superior, en lo cual concibe la felicidad suprema del hombre.

Mas, reconociendo que la contemplación directa de las Ideas es imposible mientras el alma se mantenga unida al cuerpo material, el esfuerzo combinado de la Dialéctica, del Amor y de la Virtud deberá consistir, por una parte, en despertar la «reminiscencia»; en sugerir, evocar, recordar lo contemplado en la existencia anterior; y por otra, en purificar el alma desprendiéndola de las adherencias materiales que la ligan al mundo corpóreo, disponiéndola a su separación completa de la carga y del impedimento del cuerpo y liberándola del ciclo de las transmigraciones.

Este sentido catártico de la Filosofía aparece sobre todo en el Fedón, en contraste con el hedonismo mitigado del Banquete.

Empleando una expresión tomada de los misterios, prescribe: «Al que no es puro, le está prohibido tocar lo que es puro».

Es preciso liberar el alma, desprendiéndola de las adherencias materiales que la ligan al cuerpo y a las entidades ficticias del mundo físico, las cuales la impiden elevarse a la contemplación de las verdaderas realidades del mundo superior.

«Purificarse es separar lo más posible el alma del cuerpo, acostumbrar al alma a dejar la envoltura del cuerpo, para concentrarse en sí misma a solas consigo».

«Es necesario preparar una inteligencia purificada».

Para llegar a la contemplación de las cosas superiores es preciso prescindir de los sentidos y de todo lo corpóreo: «¿Quién, pues, sería capaz de alcanzar el ser más puramente que aquel que, por el pensamiento sólo, sin recurrir en el acto de pensar a la vista o a cualquier otro sentido, sino por medio del pensamiento en sí mismo, por sí mismo, sin mezcla, tratase de aprehender según lo que es en sí mismo y por sí mismo, sin mezcla, cada una de las realidades?».

«¿Y no se razona mejor cuando no la perturban ni el oído, ni la vista, ni el dolor, ni el placer, sino que encerrándose en sí misma, desprendiéndose del cuerpo, sin tener con él ninguna comunicación, en cuanto es posible, tiende a lo que es en sí?».

 

La Filosofía como Preparación para la Muerte.

Este anhelo purificatorio se traduce en un desprecio de las cosas del mundo que llega hasta convertir la Filosofía en una meditatio mortis, en una preparación para la muerte.

La muerte es un bien, pues trae consigo la liberación de todos los males.

Por esto el verdadero filósofo no debe temerla, sino disponerse anticipadamente a ella.

La verdadera y principal ocupación del filósofo es aprender a morir y prepararse para la separación del alma y el cuerpo.

El filósofo desdeña los placeres y los bienes propios del cuerpo para purificar su alma y consagrarse de lleno a las cosas de su alma y anticipar en lo posible la contemplación de las realidades eternas.

 

Distinción de los Amigos de la Sabiduría de los Amigos del cuerpo.

 

En esto se distinguen los amigos de la sabiduría, de los amigos del cuerpo, de los amigos de las riquezas, de los amigos del poder y de los amigos de Los honores.

«Y como decíamos, ¿no son los verdaderos filósofos los que trabajan más, o más bien los únicos que trabajan en liberar el alma?

La ocupación esencial de la Filosofía, ¿no es esta misma separación del alma y el cuerpo?».

«Mientras tengamos cuerpo y nuestra alma esté unida a este elemento malo, nunca llegaremos a lo que deseamos, o sea, a la verdad».

«Si con el cuerpo no se puede conocer nada sinceramente, una de dos: o no nos será nunca concedido alcanzar el conocimiento, o después de muertos, cuando el alma estará sola, antes no”.

Así, pues, el ideal de la Filosofía en el Fedón consiste en una evasión del mundo ficticio sensible al mundo inteligible donde se hallan las verdaderas realidades.

En el Fedro se atenúa un poco el sentido ascético del Fedón.

El filósofo realiza su misión no tanto por los caminos de la mortificación cuanto por los del amor y de la ciencia.

Las almas destinadas a encarnarse en cuerpos de filósofos son las que lograron entrever algo de las realidades del mundo superior, hiperuranio, y que conservan una leve reminiscencia de lo contemplado en su existencia anterior.

Una vez unidas al cuerpo, vuelven a reconstruir sus recuerdos por medio de la Dialéctica, concentrando la multiplicidad de las sensaciones recibidas de las cosas sensibles en la unidad de las Ideas.

Propio de estas almas es permanecer en contacto con las realidades superiores y no preocuparse de las necesidades vulgares de la vida.

El filósofo «se aparta de los objetos a que tiende el interés de los hombres y se adhiere a lo divino».

Esto hace que el vulgo los tenga por locos, cuando en realidad están poseídos de dios.

Sólo los filósofos tienen alas en su pensamiento, y esto les hace despreciar las cosas de aquí abajo y mirar hacia arriba, a la manera de los pájaros.

Son amigos de la Belleza, y amigos de las Ideas, poseídos de entusiasmo, movidos por el delirio divino del amor.

A los filósofos les corresponde la misión educadora de derramar las semillas de la verdad en las almas de los jóvenes para enseñarles el camino de la salvación.

Así aparece la Filosofía como una especie de saber, intermedio entre la ciencia contemplativa, por intuición directa, que es propia de los dioses y de las almas separadas y el conocimiento puramente sensitivo.

La contemplación directa de las Ideas no puede conseguirse en esta vida, mientras dure la unión con el cuerpo.

Pero sí es posible el anhelo, la tendencia dinámica hacia la sabiduría, bajo el impulso del amor, adquiriendo con ello la plenitud de sentido la etimología de la palabra.

A ello va unido el esfuerzo de purificación y de desprendimiento del elemento corpóreo del hombre, si bien esto en el Fedro se realiza, no tanto por procedimientos ascéticos como en el Fedón, cuanto por procedimientos intelectuales y por el amor.

El Teeteto en una larga digresión nos ofrece una deliciosa descripción del filósofo, pintándolo como un ser aparentemente inútil, torpe para los asuntos prácticos y los negocios públicos, objeto de burla para el vulgo, que ignora hasta la calle que conduce a la plaza pública y al lugar de los tribunales.

Pero es porque su pensamiento planea por encima de todas las mezquindades y penetra en las “profundidades celestes”.

No le importan las cosas de la tierra, acostumbrado a contemplarlo todo desde una visión más alta.

Las pequeñeces del mundo alientan en el filósofo un deseo vehemente de evasión, de huir de las cosas de aquí abajo lo más pronto posible, para asimilarse a Dios, haciéndose justo y santo en la claridad del espíritu.

 

La Reminiscencia

De la doctrina pitagórica sobre la preexistencia de las almas deduce Platón su teoría de la «reminiscencia”; en la cual cree encontrar el fundamento de su Dialéctica y una prueba experimental de su teoría de las Ideas.

La «reminiscencia» se distingue de la memoria en que ésta consiste en la conservación de las sensaciones; que quedan impresas en los sentidos como el sello en la cera blanda; mientras que aquélla es el despertar del conocimiento que el alma poseía antes de venir a este mundo; por haber disfrutado de la contemplación del mundo superior de las Ideas.

Al unirse con el cuerpo esos conocimientos quedan oscurecidos, pero el alma conserva innata toda su ciencia; y solamente necesita volver a recuperarla por medio del recuerdo.

El alma para Platón no es la tabula rasa de que hablará Aristóteles; y, por lo tanto, aprender no es adquirir nuevos conocimientos, sino tan sólo recordar lo ya conocido en su existencia anterior.

A ello contribuyen los procedimientos racionales de la Dialéctica y también las impresiones que los sentidos reciben de los objetos del mundo corpóreo; los cuales son copias o imitaciones de las realidades del mundo superior invisible.

La teoría de la «reminiscencia» aparece en el Menón.

Platón aduce como prueba experimental la maiéutica de Sócrates, el cual; por medio de preguntas hábilmente graduadas, hace llegar a un esclavo ignorante a demostrar el teorema de Pitágoras.

Con ello trata de hacer ver que el esclavo que no ha estudiado matemáticas recuerda lo que su alma ha conocido cuando; antes de unirse al cuerpo, contemplaba el mundo ideal.

Así los fragmentos dispersos del conocimiento anterior constituyen las opiniones verdaderas y rectas; y la ciencia consiste en ordenarlos, reconstruyendo la visión completa de la realidad, tal como el alma la contemplaba en su existencia anterior.

En el Fedro y en el Fedón Platón utiliza la «reminiscencia» como prueba fundamental de la inmortalidad del alma; y de la existencia de las Ideas.

Pero en los Diálogos posteriores desaparece por completo.

 

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