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El primer Cristianismo y la Filosofía

CRISTIANISMO Y FILOSOFÍA.

El primer Cristianismo y la Filosofía.
El primer Cristianismo y la Filosofía.


El CRISTIANISMO

Jesucristo no fue un filósofo ni el cristianismo una filosofía.  Nuevamente debemos insistir en que una religión no es una filosofía, por más que se ocupan de algunos temas comunes o puedan obrar de modo similar, a veces, en la conciencia de los hombres. El Cristianismo se manifiesta como una religión, como un saber de salvación, cuyos dogmas fueron recibidos como expresa revelación de Dios, y cuyo fundador, Jesucristo, Mesías prometido por el Testamento judío, se presenta como el Hijo de Dios Padre, hecho hombre para la redención del linaje humano. La expresión “filosofía cristiana” debe entenderse, pues, como la filosofía hecha por los cristianos como tales o mejor aún, como la filosofía que, de modo especial, expresa, coincide o sostiene los dogmas de la fe cristiana.

El Cristianismo nace en Judea seis décadas después de constituirse formalmente el Imperio romano bajo Augusto, siendo emperador Tiberio, y con bastante rapidez llegó a Roma y a todos los rincones del Imperio. Esto significa decir que su medio geográfico y cultural, en los primeros siglos, fue aquel en que se desarrolló el neoplatonismo, del cual fue contemporáneo y con el cual polemizó y se interinfluyó hasta la desaparición de esta última expresión de la filosofía pagana. La irrupción del Cristianismo constituyó, obviamente, un acontecimiento excepcional en el proceso filosófico de Occidente.

El dogma


El Testamento judío —ahora llamado Antiguo— y el Nuevo Testamento (Evangelios, Hechos, Epístolas y Apocalipsis) son las Sagradas Escrituras, fuente de la doctrina cristiana. Esencialmente hablando, ésta se resume así: Existe un Dios trino, tres personas de la misma naturaleza y dignidad (Padre, Hijo y Espíritu Santo); el mundofue creado de la nada (ex nihilo) y existe una distinción absoluta entre el Creador y las criaturas; la primera pareja, Adán Eva, perdió el paraíso a causa del pecado, y Jesucristo, el Salvador, se encarna como Redentor de la humanidad caída; nacido de María Virgen, murió en la cruz, resucitó y ascendió a los cielos; Jesucristo es verdadero Dios y verdadero hombre a la vez, es decir, reúne dos naturalezas en una misma persona; Cristo fundó la Iglesia con una cabeza visible, Pedro y sus sucesores, y ella es la depositaria de la doctrina; hay un código moral, especialmente, el mandamiento del amor (caridad) que todo hombre debe cumplir, de lo cual depende el premio o el castigo en la otra vida. Como no podía ser de otra manera, especialmente la encarnación, muerte y resurrección de Cristo resultaron “escándalo para los judíos y locura para los gentiles” (1 Cor., 1,23).

Estos dogmas se. fijaron a través de varios siglos, a partir de las enseñanzas de Jesús y los apóstoles. Un hito decisivo, después del llamado “Concilio de Jerusalén” (50) fue el Concilio de Nicea (326) donde se proclamó el Credo que aún hoy rezan los católicos, destinado en su momento especialmente a atacar el arrianismo. Otros concilios ecuménicos, considerados fundacionales de la Iglesia, fueron Constantinopla I (381), que confirmó y precisó algunos puntos del credo niceano; el de Efeso (431) que afirmó a María como “Madre de Dios” contra la herejía nestoriana; y el Concilio de Calcedonia (451) que definió las dos naturalezas de Cristo en una misma persona, contra el apolinarismo y el monofisismo.

Los apóstoles


Los apóstoles, colaboradores inmediatos de Cristo para la predicación de la doctrina, no fueron tampoco filósofos, pero su pensamiento, expresado en forma oral o escrita, constituye la base de lo que luego se llamó filosofía cristiana. Aquí haremos algunas breves referencias a ideas o actitudes de algunos apóstoles que tienen relación más directa con la filosofía, ya cristiana, ya pagana.

Por de pronto, debemos recordar el prólogo del “helenizado” Evangelio de San Juan (1, 1-14) referencia inevitable, pues no sólo condensa buena parte del dogma cristiano, sino que está  cargado de contenido filosófico y vinculado, además, con ideas y términos del pensamiento pagano, especialmente neoplatónico. Dice San Juan:. “Al principio era el Verbo (el Logos o la Palabra) y el Verbo estaba en Dios y el Verbo era Dios. Él estaba al principio en Dios. Todas las cosas fueron hechas por El, y sin El se hizo nada de cuanto ha sido hecho. En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres. La luz nace en las tinieblas, pero las tinieblas no la abrazaron… Esta era la luz verdadera que, viniendo a este mundo, ilumina a todo hombre. Estaba en el mundo y por El fue hecho el mundo, pero el mundo no le conoció. Vino a los suyos, pero los suyos no le recibieron. Mas a cuantos le recibieron dióles poder de venir a ser hijos de Dios… Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros y hemos visto su gloria, gloria como de Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad”.

Vemos aquí anunciar la primacía del Verbo, del Logos, segunda persona, que existió desde el principio y que es Dios, de la misma dignidad que el Padre, que hizo todas las cosas, y que se encarnó en su misión redentora. Se advierte un parentesco con la filosofía de Filón o de Plotino o aun de Proclo, pero también significativas diferencias.

Otra referencia inevitable, aunque de valor más bien simbólico, es la visita del apóstol Pablo a Atenas (Hechos, 17, 16- 32). Fue recibido en el Areópago con mezcla de curiosidad y escepticismo, y allí dijo: “Atenienses, veo que sois sobremanera religiosos, porque al pasar ‘y contemplar los objetos de vuestro culto, he hallado un altar en el cual está escrito: ‘Al Dios desconocido’. Pues ése que sin conocerle veneráis es el que yo anuncio. El ‘Dios que hizo el mundo y todas las cosas que hay en él, ése, siendo Señor del cielo y de la tierra, no habita en templos hechos por la mano del hombre… porque en El vivimos y nos movemos y existimos, como algunos de vuestros poetas han dicho: ‘Porque somos linaje suyo’. Siendo, pues, del linaje de Dios, no debemos pensar que la divinidad es semejante al oro o a la plata o a la piedra, obra del arte y del pensamiento humano… y tiene fijado el día en que juzgará a la tierra con justicia por medio de un Hombre, a quien ha constituido juez, acreditándole ante todos por su resurrección de entre los muertos”. Esto de la resurrección especialmente causó admiración y risas, pero algunos creyeron a San Pablo y lo siguieron, entre ellos Dionisio Areopagita.

La prédica apostólica no parece haberse dirigido especial y persistentemente contra la filosofía pagana; sí hallamos, de vez en cuando, algunas palabras, más de advertencia que de condenación enérgica, contra la “sabiduría de este mundo” (1 Cor., 3, 19), contra “la filosofía y vanas sutilezas” (Col., 2, 8) o la “yana ciencia” (1 Tim., 1, 20) por ejemplo; mas todo ello, sólo en la medida que significan desoir “el llamado de Cristo, Jesús”. Consideramos interesante señalar esto porque a veces se presenta la predicación de los apóstoles como un ataque a la ciencia pagana o, para el caso profana, sin matizar sus verdaderos alcances. Nos parece que la actitud de San Pablo en el Areópago, donde incluso llega a citar a un pensador pagano en apoyo de su prédica, expresa la medida exacta de lo que queremos decir.

Y esto adquiere claro sentido cuando se comprende que el Cristianismo no es una filosofía que viene a atacar a otra filosofía, sino un saber de salvación que, de suyo, está más allá de la inteligencia humana, ya que sin ser irracional es suprarracional, sostenido por la fe, recibido por revelación y atravesado por el misterio. Por eso, aun las expresiones citadas deben entenderse como dirigidas más bien contra la creencia en los dioses del panteón olímpico-romano y de otras divinidades de la época, que, contra la ciencia profana, aunque la distinción no está muy explicitada aún en el tiempo de los apóstoles.

 

Las herejías contra la doctrina cristiana.


El proceso de constitución del dogma se desarrolló en permanente lucha contra diversas herejías, es decir, contra doctrinas desviadas de las definiciones oficiales de la Iglesia. Las más notorias en los tiempos patrísticos fueron, cronológicamente: el montanismo, iniciada por Montano en el siglo II, suerte de puritanismo radical, que llegaba hasta condenar la cultura como causa de pecado; el arrianismo, iniciada por Arrio a principios del siglo IV, que negaba en la Trinidad la cojerarquía de las personas divinas; el nestorianismo, iniciada por Nestorio, también a principios del IV, que negaba a María la condición de madre de Dios o, mejor, decía que en Cristo había dos personas y María era madre sólo del hombre; el apolinarismo, iniciada! por Apolinar  por la misma época, que negaba a Cristo alma humana; el donatismo, iniciada por Donato también por entonces, otra variante del puritanismo; el monofisismo, originada hacia fines del siglo IV, que negaba a Cristo un verdadero cuerpo humano; el pelagianismo, iniciada por Pelagio hacia el 400, que negaba la transmisión del pecado original y la necesidad de una gracia sobrenatural para lograr la salvación; y el monotelismo, aparecida en el siglo VII, que admitía en Cristo dos naturalezas pero sólo una voluntad divina.

Sin ser propiamente herejías, porque no surgieron dentro de la Iglesia, otras dos doctrinas estuvieron en conflicto con el Cristianismo y jugaron un papel importante en el desarrollo del pensamiento: el maniqueísmo y el gnosticismo. Este último constituye un movimiento complejo de amplias proyecciones, donde se mezclan elementos judíos, cristianos, neoplatónicos y orientales; da prioridad al conocimiento místico —conocimiento directo de Dios, gnosis— y sostiene un dualismo (el Dios malo del Antiguo Testamento y el Dios bueno del Nuevo) apenas diferente del maniqueísmo, a la vez que juegan un papel relevante diversos ingredientes ocultistas y teosóficos; en su forma vulgar y mágica tuvo su principal exponente en Simón el Mago, y en su forma culta y especulativa lo representaron Basílides, Valentín y aun Marción.

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