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Período Helenístico-Romano

El Escepticismo Griego.

El Escepticismo Griego.

El Escepticismo griego.
El Escepticismo griego.

El escepticismo griego tiene cuatro etapas bien definidas, aunque propiamente no guardan relación entre sí. En el fondo es un resultado natural del proceso mismo de la Filosofía y de la agudeza con que el genio griego se enfrentó con los grandes problemas de la ciencia. La misma riqueza y diversidad de soluciones que desde el primer momento ofrecieron los pensadores griegos a la complejidad de los problemas filosóficos y su aspiración a una concepción clara de la realidad dan como resultado inevitable una actitud de desconfianza en las propias facultades cognoscitivas. Ya en los mismos presocráticos, como Jenófanes, Heráclito, Parménides, y después en los sofistas, en Sócrates y en Platón, hemos hallado expresiones desfavorables a la certeza del conocimiento, especialmente el sensitivo.

1º No obstante, el escepticismo, en cuanto actitud general negativa ante la validez del conocimiento científico, propiamente no aparece hasta PIRRÓN. Aunque la actitud de éste tiene un sentido más bien moral que especulativo, al estilo de las escuelas socráticas menores, en cuyo marco se encuadra su pensamiento. El escepticismo se define un poco más en sentido gnoseológico en su continuador TIMÓN.

2º La segunda fase del escepticismo se desarrolla en la Academia platónica, en lucha contra el dogmatismo de los estoicos. Arcesilao combate por una parte contra Timón y por otra contra Zenón. La lucha entre académicos y estoicos culmina en la dura controversia de Carnéades contra el dogmatismo de Crisipo, y sus golpes hacen resentirse las tesis fundamentales del estoicismo. En especial salen malparadas su Física y su Teología. Pero tampoco el escepticismo académico es tan radical que llegue a la negación de toda posibilidad de conocimiento. Es más bien una aplicación del método dialéctico empleado por Sócrates, Platón, en que el ardor de Ja controversia llevó a los contendientes tal vez más lejos de lo que ellos mismos pensaban. El mismo hecho de admitir el criterio de probabilidad atenúa mucho el alcance de sus argumentos.

3º El escepticismo reaparece, en forma más aguda, a fines del siglo I antes de nuestra Era, con Enesidemo y Agripa. Aunque toman por escudo el nombre de Pirrón, en realidad continúan el movimiento de Arcesilao y Carnéades, si bien atacan por igual tanto el dogmatismo estoico como el eclecticismo adoptado por los académicos a partir de Filón de Larisa y Antíoco de Ascalón.

4º La última fase del escepticismo está representada por Sexto, médico perteneciente a la escuela empirista del siglo II después de J. C., el cual se propone destruir toda clase de dogmatismo especulativo, adoptando solamente una actitud práctica empirista frente a la realidad.

EL ESCEPTICISMO ANTIGUO (PIRRONISMO)

PIRRON (365-270).

Natural de Elis, en el Peloponeso. Parece que estuvo primeramente en relación con Brisón de Heraclea, de quien recibe la influencia megárica. Anaxarco de Abdera lo inició en el atomismo, al que daba un sentido práctico, como medio de hallar la felicidad, liberándose de las apariencias de los sentidos. Acompañó a Alejandro en su expedición a Oriente, quedando fuertemente impresionado por la indiferencia de los gimnosofistas (faquires) ante las cosas del mundo sensible. Hacia 330, unos cinco años antes de la fundación del Liceo, abrió una escuela en Elis. Fue muy estimado por sus conciudadanos, que lo hicieron gran sacerdote de la ciudad. Se distinguió por la sencillez y austeridad de su vida. No escribió nada.

Tanto sobre su vida como sobre su doctrina existen varias fuentes discordantes. Una, que procede de Eratóstenes y de Antígono de Caristos, lo presenta al modo de los cínicos, como un personaje ridículo por su simplicidad, siempre distraído, tropezando contra las paredes, dejándose morder por los perros, ayudando a su hermana Filista en los menesteres caseros. Con esta fuente viene a coincidir el testimonio de Cicerón, que lo presenta dándole un sentido preferentemente moral, como un hombre preocupado sobre todo por la virtud y la felicidad, que hacía consistir en la indiferencia ante el bien y el mal, la riqueza y la pobreza, la enfermedad y la salud, y que conservaba su imperturbabilidad en las circunstancias más diversas de la vida.

Otra tradición, recogida por Eusebio, procede de Aristocles de Messenia y de Sexto Empírico. En ella aparece Pirrón formulando expresamente las tesis fundamentales del escepticismo: la imposibilidad de conocer la naturaleza de las cosas, el carácter engañoso del testimonio de los sentidos, la dificultad de distinguir lo verdadero de lo falso y de llegar a la certeza, etc. De todo lo cual se deduce la abstención de todo juicio pomo la única actitud racional.

Esta segunda tradición no responde sin duda al pensamiento genuino de Pirrón, proponiéndose cobijar bajo la autoridad de su nombre doctrinas muy posteriores. La actitud genuina de Pirrón debe encuadrarse en el ambiente que pudo vivir en Elis, donde había tenido su escuela el socrático Fedón. Socrático es su desinterés por las cuestiones acerca del mundo físico; su preocupación por la virtud y la felicidad, como también la crítica dialéctica de las opiniones contrarias. Así entendido, el pirronismo tiene un sentido esencialmente moral, que corresponde perfectamente al ambiente en que se desenvuelven las escuelas socráticas menores, que creían continuar el espíritu de Sócrates y que no compartían la orientación que habían dado a la Filosofía Platón y Aristóteles.

La doctrina de Pirrón podríamos reducirla a lo siguiente: no hay nada bueno sino la virtud, ni malo sino el vicio. La felicidad consiste en la paz y en la tranquilidad del alma. Todo lo demás es indiferente. La fuente principal de turbación consiste en los juicios absolutos que hacemos acerca de la naturaleza, la bondad o malicia de las cosas. De aquí provienen los deseos y temores que perturban la paz interior del alma. Por lo tanto, la actitud más racional es abstenerse de todo juicio, no considerando nada ni como falso ni como verdadero, no pronunciándose a favor ni en contra de ninguna cosa (afasìa) y suspendiendo todo asentimiento (epojé). De esta manera se consiguen la tranquilidad y la felicidad.

Pero ya con esto el pirronismo aparece como el embrión de la actitud escéptica, que adquirirá más tarde sentido gnoseológico. Pirrón tuvo por discípulos a Filón de Atenas, Nausifanes de Teos y, sobre todo, a TIMÓN, que popularizó sus enseñanzas.

TIMÓN (h.320-230).

Natural de Fliunte. Discípulo de Estilpón de Megara y de Pirrón de Elis. Fue un personaje muy popular, que se enriqueció enseñando como sofista por varios lugares del Helesponto y de la Propóntide, especialmente en Calcedonia. En el 275 se estableció en Atenas, donde permaneció hasta su muerte. Polemizó con Arcesilao, a quien dedicó un discurso fúnebre.

Escribió 6o dramas, 30 comedias y tragedias, en prosa y verso, Apariencias o imágenes ilusorias, Sobre las sensaciones, un Diálogo entre Pirrón y la serpiente Pitón, Contra los físicos. Se conservan 150 versos de sus tres libros de Silos, en que ridiculizaba las escuelas filosóficas.

El escepticismo de Timón puede compararse a la actitud burlona de Jenófanes, a quien él mismo consideraba como precursor. Se reducía a ridiculizar con frases ingeniosas y hasta groseras las opiniones de los filósofos, poniendo de relieve sus contradicciones y su incapacidad para llegar a la verdad. Los comparaba a pescadores, que echaban sus redes para atrapar discípulos. Solamente se salvaban de sus críticas Jenófanes y Pirrón, a quien admiraba profundamente, proponiendo su abstención da todo juicio como la única actitud racional.

Ni Pirrón ni Timón formularon el escepticismo en forma científica. Pero en su misma actitud se esbozan ya los rasgos que más tarde se precisarán en Enesidemo y en Sexto Empírico. Su motivo fundamental es el hecho de las discrepancias entre las distintas escuelas filosóficas, que los escépticos harán resaltar con especial complacencia, para deducir la incapacidad de los sentidos y de la razón para conocer la naturaleza de las cosas. Solamente percibimos apariencias, fenómenos, sobre los cuales es imposible fundamentar sólidamente ninguna certeza. Las esencias de las cosas son inaprehensibles. Por esto toda especulación filosófica no sólo es inútil, sino nociva, pues es fuente de interminables disputas en que los filósofos no llegan nunca a ponerse de acuerdo. El verdadero sabio debe aceptar las apariencias, pero no dejarse seducir por ellas, antes bien debe permanecer indiferente. No debe decir: esto es así; sino: esto me parece así. No debe afirmar, ni negar, ni definir nada ni preferir nada. Debe mantenerse en silencio y suspender su juicio, sin pronunciarse ni en contra ni a favor de ninguna parte. Debe contentarse con observar. A diferencia de los filósofos dogmáticos, que afirman, el escéptico debe ser un mero espectador o, si se quiere, un investigador, pero manteniéndose siempre en una indiferencia y en una impasibilidad completas (ataraxia). Este es el medio de conseguir la tranquilidad, la liberación de las turbaciones producidas por las pasiones y los deseos, y con ello la única felicidad posible (eudaimonía).

No obstante, aunque nada pueda saberse con certeza, no por ello debe suspenderse toda operación, sino obrar conforme a las leyes vigentes y a las costumbres comunes, pero sin darles más que un valor relativo y convencional.


El escepticismo en la Segunda Academia

ARCESILAO (h.316- 240)

Natural de Pitane. En Atenas asistió primeramente al Liceo con Teofrasto y después a la Academia con Crantor, Polemón y Crates, a quien sucedió como escolarca en 268/4, devolviendo a la escuela el esplendor que había perdido desde Polemón. Fue orador brillante, de gran cultura y penetración, aunque tenía más de crítico que de constructivo. Tuvo gran éxito entre la juventud, a la que deslumbraba con la agudeza de su dialéctica.

Inició la dura lucha contra los estoicos, que se prolongará durante dos siglos. A su vez tuvo que sufrir las críticas de Timón, quien después de su muerte le dedicó un elogio fúnebre. No escribió nada, a excepción quizá de algunos versos.

El escepticismo penetra en la Academia a partir de Arcesilao, pero con un sentido mucho más amplio que el que tenía en Pirrón, ya que deja de ser una actitud moral para convertirse en gnoseológica y crítica. Arcesilao no tiene relación directa con el escepticismo de Pirrón, sino que responde a un desarrollo dentro del mismo platonismo. Platón, como su maestro Sócrates, había hecho un amplio uso de la dialéctica en su lucha contra los sofistas. Además, si bien profesaba una actitud de certeza absoluta respecto de la existencia del mundo superior de las Ideas, abrió el camino al escepticismo al no conceder valor de conocimientos verdaderos y ciertos a las percepciones de los sentidos. Arcesilao, que admiraba profundamente a Platón, piensa mantenerse fiel a su espíritu, aunque deja a un lado sus enseñanzas positivas, especialmente su teoría de las Ideas, pero le imita en su aspecto dialéctico y crítico.

Se trata, pues, de un escepticismo espontáneo, que brota al contacto con las opiniones de los filósofos contemporáneos, especialmente de los estoicos, contra cuyo dogmatismo niega Arcesilao toda certeza y todo criterio de verdad.

No es posible conocer lo que son las cosas en sí mismas, ni por medio de los sentidos, ni por la razón, pues ninguna de nuestras facultades cognoscitivas puede proporcionarnos una representación exacta y real de los objetos. Las representaciones de los sentidos solamente tienen valor subjetivo, pues no nos suministran más que impresiones, que no sabernos si representan la verdad de las cosas tal como son en sí mismas. Tampoco podemos fiarnos de la razón, pues sus juicios se basan en los datos de los sentidos. Por lo tanto, no hay ninguna evidencia inmediata ni ninguna ciencia cierta y absoluta. Ni siquiera podemos estar ciertos, como Sócrates, de que no sabemos nada. Nada, pues, podemos afirmar ni negar como cierto, sino tan sólo como probable. No puede darse una opinión firme. Él se limitaba a criticar las opiniones de los demás. Un dialéctico no es más que un prestidigitador.

Los estoicos le argüían diciendo que, sin una convicción firme, no es posible la acción y, por lo tanto, tampoco es posible la moral. Arcesilao respondía que toda representación incita por sí misma a la acción, sin necesidad de saber si es falsa o verdadera. Basta con que sea probable o verosímil. En la práctica podemos obrar atendiendo a lo que es. plausible o razonable, “según aquello que puede decirse razonablemente». «Quien se atiene a lo razonable obrará rectamente y será feliz». Mas como esa probabilidad no excluye el error, el remedio para errar lo menos posible será reducir la acción a lo más indispensable y, para no equivocarse, suspender el juicio.


EL ESCEPTICISMO EN LA TERCERA ACADEMIA


CARNEADES (h.214-137/5).

Natural de Cirene. Discípulo de Hegesinos y del estoico Diógenes de Babilonia. Sucedió a Hegesinos en la dirección de la Academia, elevándola de nuevo a un alto grado de esplendor. Fue un orador vigoroso, de voz clara y potente y un formidable dialéctico, certero, cáustico y agudo. Criticó implacablemente el dogmatismo de los estoicos, fustigando especialmente a Crisipo: «Si Crisipo no existiera, no existiría yo”. Fue enviado a Roma como embajador en el 155 para pedir la exención de un tributo con motivo de la toma de Oropos, junto con el estoico Diógenes y el peripatético Critolao. Sus discursos antitéticos, uno en contra y otro en favor de la justicia, causaron gran impresión, hasta el punto de que Catón el Viejo, alarmado por su influjo sobre la juventud, rogó al Senado que despachara a los filósofos lo más pronto posible.

Carnéades, lo mismo que Arcesilao, cree permanecer fiel al espíritu de la escuela, aunque abandona la mayor parte de las doctrinas positivas de Platón, la teoría de las Ideas, la Teología, la Cosmología, la Ética y la Política. Trataba de excluir toda noción absoluta, ateniéndose nada más que al aspecto crítico y negativo, al relativismo, al probabilismo y a la verosimilitud. No hay ninguna doctrina que sea verdadera y cierta en sí misma. Todas tienen solamente parte de verdad, y esta parte es suficiente para fundamentar la acción, ateniéndose a la probabilidad. Aunque quizá el ardor de la lucha contra los estoicos le llevó más lejos de lo que él mismo pensaba en su crítica de la filosofía.

No existe ningún criterio de verdad.

La ciencia y la certeza son imposibles, porque no podemos tener un conocimiento directo de las cosas y porque carecemos de un criterio para discernir lo verdadero de lo falso. No podemos llegar a la verdad: ni por medio de los sentidos; ni por la experiencia, que reproduce los datos sensibles; ni por la razón, que depende de los sentidos y de la experiencia, de donde saca los elementos que coordina en sus juicios. Tampoco poseemos un criterio moral para distinguir lo malo de lo bueno.

 

  1. a) No podemos fiarnos de las representaciones de los sentidos, porque no perciben las cosas como son en sí, sino tan sólo apariencias mudables. Conocemos lo que cambia, pero no la verdad de las cosas como son en sí mismas. Así la vista percibe el color, pero éste cambia con la hora, las circunstancias, la edad, la enfermedad, el sueño, la vigilia.

Cambia también la figura de las cosas, que, siendo las mismas, pueden aparecer de diversas maneras. Una torre, según la distancia, aparece redonda o cuadrada. Un remo, dentro del agua, parece partido. El cuello de la paloma, que es blanco, aparece de diversos colores. El sol, que, según los matemáticos, es veces mayores que la tierra, parece muy pequeño y que está quieto, aunque se mueve velozmente.

Cambian también las representaciones sensibles según sea el estado subjetivo de los hombres. No pueden distinguirse las representaciones falsas de las verdaderas, pues producen efectos idénticos en el sueño y en la vigilia, en estado de tranquilidad o de furor. Hércules mató a sus hijos a flechazos creyendo que eran los de su enemigo. La aprehensión del arco y de las flechas fue verdadera; la de sus hijos, falsa.

No hay, pues, representaciones sensibles comprehensivas. Por lo tanto, el acto de opinar es una temeridad. Tampoco es posible distinguir entre representaciones de cosas semejantes, pero distintas, como entre dos hermanos gemelos, dos huevos, dos cabellos, dos granos de trigo, dos sellos impresos por el mismo anillo, etc.

 

  1. b) Tampoco sirve de criterio la razón, porque sus conceptos proceden de las representaciones de la sensibilidad. La razón no puede demostrar nada, pues cada prueba necesita demostración, y de esta manera se procede en infinito.

Tampoco vale la Dialéctica, porque el dialéctico no puede extenderse a todos los campos, sino solamente a las materias que conoce. «Decís que la Dialéctica fue creada como discriminadora y juez al mismo tiempo de lo verdadero y de lo falso? Pero ¿de qué verdad y de qué falsedad? ¿En qué campo? ¿Juzgará el dialéctico qué es lo verdadero y lo falso en geometría, en letras o en música? Pero él no conoce estas ciencias. ¿Lo hará entonces en Filosofía? ¿En qué le concierne a él la magnitud que tiene el sol? Y ¿de qué medios dispone para juzgar cuál es el Sumo Bien? Entonces, ¿qué es lo que él juzgará?».

Carnéades utilizaba los argumentos de los megáricos:

  1. a) El embustero: Si un mentiroso afirma que dice mentira, se le puede preguntar: Si dices que mientes, y lo dices de verdad, ¿mientes o dices la verdad?» Luego no hay ningún enunciado verdadero ni falso.
  2. b) El sorites (soróç, montón de grano): Nunca se puede saber cuándo empieza ni cuándo deja de ser un montón, ni cuándo una cosa es grande o pequeña, clara u oscura, ancha o estrecha, ni cuándo un hombre es rico o pobre, etc. Añadiendo o quitando unidades no se puede indicar cuál es «el último de los pocos o el primero de los muchos. Para cualquier cosa, sea buena o mala, justa o injusta, pueden aducirse iguales argumentos en contra o a favor. Así lo demostró él mismo en Roma, pronunciando un día un discurso a favor de la justicia y otro en contra al día siguiente.
Crítica de la Teología estoica.

Tuvo también gran resonancia su polémica contra el concepto estoico de la divinidad. Carnéades no negaba la existencia de Dios. Sus argumentos tienen solamente valor polémico contra el modo de concebirlo y demostrarlo a los estoicos. Ya hemos visto que los estoicos no admitían un Dios personal, sino la existencia de un principio divino inmanente al mundo. Pero mientras que en este tiempo es abandonada por los académicos la teología de Platón, los estoicos aparecen como defensores de la divinidad, que demostraban por el consentimiento universal, por el orden, la belleza y la armonía del Cosmos, tal como aparece en el cielo estrellado, lo cual reclama la existencia de una causa inteligente; por los sueños, los oráculos y las apariciones; por la existencia de la razón y de la virtud en el hombre, que indican que hay que admitir en el Cosmos una inteligencia divina. Conocemos esta polémica por Cicerón.

  1. a) CONTRA EL CONSENTIMIENTO UNIVERSAL.

Para que valiera este consentimiento sería preciso conocer la opinión de todos los pueblos, pues pueden existir algunos tan bárbaros que no tengan idea de los dioses. Existen además ateos, como Diágoras y Teodoro. Luego no vale el argumento del consentimiento universal. Aun en el caso de darse ese consentimiento probaría que existe una creencia universal en la existencia de Dios, pero no que Dios exista realmente.

  1. b) Si EXISTE DIOS, DEBE SER INCORPÓREO o CORPÓREO.

Incorpóreo no, porque, según los estoicos, todo lo real es corpóreo. Pero si es corpóreo, es o simple o compuesto. Si es compuesto, es corruptible y mortal. Si es simple, tendrá que ser agua, tierra, aire o fuego. Pero entonces sería inanimado e irracional. Por lo tanto, si Dios no es ni corpóreo ni incorpóreo, ni simple ni compuesto, no existe.

  1. c) Dios, si existe, debe ser perfecto y virtuoso, pues si no fuera virtuoso sería un malvado demonio. Pero no puede tener la virtud del valor, porque para Dios no puede haber nada temible. Ni tampoco la deliberación, pues para él no puede haber nada obscuro. Ni la prudencia, pues es la ciencia del bien y del mal, y nadie puede Conocer el mal si no lo ha experimentado. Por lo tanto, no puede tener ninguna virtud. Luego si no puede ser ni virtuoso ni no virtuoso, Dios no existe.

Si Dios existe tiene que tener virtud. Pero la virtud supone lucha, en la que triunfa sobre su contrario, corriendo el riesgo de ser vencido. Luego si Dios tiene virtud, también correría el riesgo de sucumbir al peligro. Por lo tanto, no sería Dios.

Además, si Dios fuera virtuoso, tendría que reconocer por encima de sí mismo la ley de la virtud. Por lo tanto, ésta sería más perfecta que él, y no sería Dios.

  1. d) Según los estoicos, el Cosmos es un ser viviente que se identifica con Dios (Alma del mundo). Si Dios es un ser viviente, tiene que tener sentidos, no sólo cinco, sino probablemente más. Todo lo que está dotado de sensibilidad experimenta sensaciones, placeres y dolores. Pero toda sensación implica una modificación en el sujeto, a veces hacia lo peor. Y todo lo que es mudable es corruptible y puede perecer. Por lo tanto, Dios sería mortal, es decir, que no sería Dios.
  2. e) El Dios de los estoicos tiene sensaciones. Pero no hay sensación sin cuerpo material. Luego Dios es corpóreo y, por lo tanto, mudable, es decir que no es Dios.
  3. f) Si se considera un sentido del Cosmos viviente en particular, sucede lo mismo. Entre el sentido y el objeto que produce la sensación existe o afinidad o contrariedad, de donde se deriva placer o dolor. En el segundo caso también habría en el ser divino una perturbación, un cambio hacia lo peor, lo cual no puede suceder a Dios.
  4. g) Dios, si existe, es finito o infinito. Si es finito, entonces es una parte del todo, del conjunto de las cosas. Luego no es un ser perfecto y completo, pues es inferior y menor que el todo. Si es infinito, entonces es inmutable, pues lo ilimitado no cabe dentro del lugar ni del espacio. Y tampoco puede tener mutación, ni por lo tanto sensación. Mas como la vida es movimiento, carecerá de vida.

Por, lo tanto sería un ser inerte, muerto. Luego si Dios no puede ser ni finito ni infinito, no puede existir.

  1. h) CONTRA LA PROVIDENCIA.

Los estoicos enseñaban la providencia de Dios sobre los hombres, Como prueba alegaban que les había dado la razón. Carnéades replica: si así fuera no podía haberles hecho un don más perjudicial, pues la mayor parte la utilizan para abusar de ella, haciendo el mal a sabiendas y para perjudicarse a sí mismos. Ni excusa a los dioses el decir que la razón es de suyo un don bueno, aunque los hombres la utilicen mal, porque habrían debido preverlo. Sería preferible que no se la hubiesen concedido en vez de habérsela dado de manera tan imperfecta.

Si los dioses se preocuparan de los hombres, habrían debido hacerlos buenos o, por lo menos premiar a los buenos y castigar a los malos. Pero la experiencia demuestra que no sucede así, sino al contrario.

Tampoco vale decir que la providencia divina se ocupa tan sólo del orden general, desdeñando las cosas menudas, porque esto es una señal de mal gobierno. Además, si Dios hubiese ordenado el Universo para los hombres, ¿para qué iba a haber creado tantas culebras, víboras y esparcido tantas pestilencias en la tierra y en el mar? Por lo tanto, el Dios de los estoicos, o no puede, o no quiere cuidarse de los individuos. En el primer caso, no sería Dios. En el segundo, su providencia sería ineficaz e insuficiente.

En realidad, la crítica de Carnéades influyó poderosamente sobre los estoicos, los cuales, después de Crisipo, modifican profundamente muchas de sus tesis, especialmente su concepto de la divinidad.

Teoría de la probabilidad.

La acción supone la existencia de una convicción firme. Por esto, una vez negado todo criterio absoluto de certeza, ¿cómo podríamos obrar? La única actitud posible sería la suspensión de todo asentimiento, de todo juicio y de toda acción.

Carnéades en este punto es menos radical que Arcesilao, y responde con su teoría de la probabilidad. Queramos o no, el mundo de las apariencias se nos impone. Necesitamos obrar para dirigir nuestra conducta y conseguir la felicidad. Por lo tanto, es necesario adoptar un criterio práctico de conducta. Como no todas las apariencias tienen el mismo valor, debemos elegir entre ellas las que poseen un grado mayor de probabilidad. Esto basta para obrar prudentemente.

No es necesario prestar nuestro asentimiento, sino sólo seguir la opinión que parezca más probable, mientras no aparezca otra que tenga más probabilidad y que nos obligue a cambiar de parecer: «Se aprueba, pero no se asiente”. De aquí resulta una escala de valores probables, conforme a su mayor o menor verosimilitud.

Las representaciones son en sí mismas verdaderas o falsas. Pero en cuanto a nosotros, nos parecen verdaderas o falsas. Las que parecen verdaderas son representaciones persuasivas, o sea que tienen probabilidad de ser verdaderas.

Este es el primer criterio de conducta, la probabilidad. Pero caben tres grados:

  1. a) Simple representación persuasiva, o simple verosimilitud. De ésta podemos hacer uso en los casos corrientes y comunes de la vida.
  2. b) Representación persuasiva o verosimilitud coherente con las demás representaciones y no contradicha por ellas, la cual debemos emplear en los casos un poco más importantes.
  3. c) Representación persuasiva examinada en todas sus partes y confirmada por otras representaciones. Esta es la que debemos emplear o al menos procurar conseguir en las cosas importantes que afectan a nuestra felicidad.

Aunque sólo conocemos las doctrinas de Carnéades de segunda mano, a través de Cicerón, que a su vez las toma de Clitómaco, no obstante, puede apreciarse su terrible eficacia demoledora. De hecho, su influjo fue muy profundo, y se refleja sobre el estoicismo medio, que abandona la mayor parte de las tesis de Crisipo. Sólo muy tarde reaccionarán los estoicos romanos y los platónicos medios, como Plutarco. Contribuyó igualmente a desdibujar por completo el verdadero carácter del platonismo, que sólo volverá a reaparecer mucho más tarde, en el siglo II de la Era cristiana.

De Carnéades se deriva el ambiente general que domina hasta el siglo I de la Era cristiana. En particular fue grande su influencia sobre la mentalidad de Cicerón. Bien es verdad que Carnéades no llega al radicalismo de Enesidemo y Sexto Empírico, pues con su teoría de la probabilidad dejaba un resquicio para salvar la acción moral. Pero desde el momento en que se trata de establecer una escala de valores probables, equivale a abandonar el principio fundamental del escepticismo y abrir el camino al eclecticismo, que es la orientación inmediata que seguirá la mayor parte de las escuelas, las cuales reaccionaron y se prestaron mutua ayuda, atenuando las diferencias y reagrupándose contra el enemigo común.

En la misma Academia el escepticismo tuvo efectos demoledores. Después de Arcesilao, Carnéades y Clitárnaco, apenas queda en pie nada del edificio platónico. Desaparecen las Ideas (Ontología), la Cosmología, la Moral y la Política. Solamente subsiste la frágil teoría de la probabilidad, aunque pronto sobrevino la reacción ecléctica en sentido de reconstrucción.

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