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La Ciencia Helenística

La astronomía en el Helenismo

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La astronomía en el Helenismo

El geocentrismo tradicional de los griegos.


La concepción astronómica de los griegos —salvo algunas excepciones— fue geocéntrica. Se imaginaba que las estrellas, el Sol, la luna ‘‘los planetas rotaban alrededor de la Tierra con un movimiento circular perfecto. En consecuencia, se pensaba que existía una esfera encargada de conducir las llamadas estrellas fijas y una esfera para cada planeta, todas ellas concéntricas con respecto a la Tierra. Recordemos que “planeta” (procedente de planomnai, que quiere decir «voy errabundo») significa «estrella errante», esto es, estrella que presenta movimientos complejos y aparentemente no regulares (de ahí su nombre).

Ya Platón habia comprendido que para explicar el movimiento de los planetas, no alcanzaba con una sola esfera para cada uno. Su contemporáneo Eudoxo (que vivió en la primera mitad del siglo IV), el más ilustre huésped científico de la Academia trató de solucionar el problema. Conservando con firmeza la hipótesis del movimiento circular perfecto de las esferas que conducen los planetas, había que explicar cuántas hacían falta para dar cuenta de sus aparentes anomalías: su aproximarse aparentemente regular; su desplazarse a derecha e izquierda según la latitud. La hipótesis de Eudoxo asumió un carácter geométrico y fue realmente muy ingeniosa: para explicar las anomalías de los planetas introdujo tantos movimientos esféricos como eran necesarios para —combinándose entre sí— dar como resultado los desplazamientos de los astros que observamos.

Schiapparelli se refirió de este modo:

“Eudoxo imaginó que… cada cuerpo celeste era transportado en círculo por una esfera giratoria sobre dos polos, dotada de una rotación uniforme, Supuso, además, que el astro se hallaba adherido a un punto del ecuador de esta esfera, de modo que durante la rotación describía un círculo máximo, colocado sobre el plano perpendicular al eje de rotación de la esfera. Para dar cuenta de las variaciones en la velocidad de los planetas, de su quietad y de su retroceso, y de sus desviaciones a derecha e izquierda en el sentido de la latitud, no era suficiente con dicha hipótesis. Convenía suponer que el planeta se hallaba animado por otros movimientos análogos al primero, los cuales al superponerse producían aquel movimiento único, irregular en apariencia, que podemos observar. Eudoxo estableció, por tanto, que los polos de la esfera que transportaba el planeta no estaban inmóviles, sino que se hallaban regidos por una esfera mayor, concéntrica a la primera, que a su vez giraba con movimiento uniforme y con velocidad propia, alrededor de dos polos distintos de los primeros. Y puesto que ni siquiera con esta suposición se lograba representar las apariencias de ninguno de los siete astros errantes. Eudoxo fijó los polos de la segunda esfera dentro de una tercera, concéntrica a las dos primeras, y más grande que ellas, a las que atribuyó otros polos y otra velocidad característica. Y si no bastaba con tres esferas, añadió una cuarta, que abarcaba las tres anteriores, que llevaba en sí misma los dos polos de la tercera y que también rotaba a su propia velocidad alrededor de Sus propios polos. Al examinar los efectos de todos estos movimientos combinados en conjunto, Eudoxo descubrió que, si se escogían de modo conveniente las posiciones de los polos y las velocidades de rotación, se podían representar con corrección los movimientos del Sol y de la Luna, suponiendo que cada uno de éstos se hallaba transportado por tres esferas. En cambio, los movimientos más variados de los planetas requerían cuatro esferas para cada uno de éstos. Las esferas motoras de cada astro eran completamente independientes de las que servían para mover a todos los demás. En cuanto a las estrellas fijas, bastaba con una única esfera, aquella que produce la rotación diurna del cielo”

En total, pues, Eudoxo supuso 26 esferas. No se ocupó de las relaciones de las esferas motoras de cada planeta con las del planeta siguiente y tampoco estudió los eventuales influjos de unas sobre otras. Quizás imaginaba este complicado sistema como mera hipótesis geométrico-matemática, sin otorgar una dimensión física a las esferas. Su discípulo Calipo consideró necesario aumentar en siete el número de las esferas, con lo que éstas se convirtieron en 33. Aristóteles, por su parte, al introducir el elemento celeste llamado éter, otorgó al sistema una dimensión física. En consecuencia, tuvo que introducir esferas que se desplazaban con movimiento retrógrado, con objeto de neutralizar el efecto de las esferas del planeta superior sobre las del planeta inferior. Estas esferas con movimiento retrógrado han de ser tantas como las de los movimientos supuestamente necesarios para cada planeta, menos una. Se llegaba así a la cifra de 55.

 

El revolucionario intento heliocéntrico de Aristarco

Heráclides Póntico, contemporáneo de Eudoxo, realizó un intento verdaderamente nuevo y original, al suponer que la Tierra está situada en el centro y rueda mientras que el cielo está quieto. Según un antiguo testimonio no del todo seguro Heráclides supuso también, con objeto de explicar algunos fenómenos que la hipótesis de Eudoxo dejaba inexplicados, que Venus y Mercurio rotaban en círculo alrededor del Sol, el cual rotaba a su vez en torno a la Tierra. Sin embargo, esta tesis no tuvo éxito, por el momento al menos.

En la primera mitad del siglo III —por tanto, en la época helenística— surgió el intento más revolucionario de la antigüedad, por obra de Aristarco de Samos. llamado «el Copérnico antiguo». Como nos relata Arquímedes. Aristarco supuso «que las estrellas fijas eran inmutables y que la Tierra giraba alrededor del Sol, describiendo un círculo». Como puede apreciarse, Aristarco recoge la tesis de Heráclides Póntico, pero avanza más allá al sostener que el Sol es el centro en torno al cual rotan todos los astros. Al parecer, concibe la idea de un cosmos infinito. Afirma que la esfera de las estrellas fijas —cuyo centro era el mismo centro del Sol— era tan grande. que el círculo que describía La Cierra al moverse se hallaba tan lejas de las estrellas fijas «como el centro de una esfera con respecto a su superficie». 1o cual significa, en consecuencia, que se hallaba a una distancia infinita. El único astrónomo que aceptó la tesis de Aristarco fue Seleuco de Seleucia (que vivió alrededor del 150 a.C.). Por lo contrario, Apolonio de Perga —el gran matemático que ya hemos mencionado— y sobre todo Hiparco de Nicea rechazaron la tesis, volviendo a imponer el geocentrismo que se contuvo hasta Copérnico.
Son numerosas las razones que Obstaculizaron el avance de las tesis heliocéntricas:

  1. a) la oposición religiosa;
  2. b) la oposición de las sectas filosóficas entre ellas, las helenísticas;
  3. c) las diferencias con respecto al sentido común, que considera el geocentrismo como algo mucho más natural;
  4. d) di algunos fenómenos que parecían continuar sin explicación. Era suficiente con eliminar las complicaciones aducidas por Eudoxo -con su multiplicidad de esferas— substituyéndolas por hipótesis nuevas que, aunque mantuviesen el enfoque general geocéntrico y las órbitas circulares de los planetas, pudieran perfectamente «salvar los fenómenos», como se decía entonces, esto es explicar aquello que aparece ante la vista y ante la experiencia. Tales hipótesis se reducen a dos, muy importantes:

1) la de los epiciclos, que ya Heráclides anticipó en cierta medida, y

2) la de los excéntricos.

1) La hipótesis de los epiciclos consistía, como ya se ha dicho, en admitir que los planetas rotaban alrededor del Sol, que a su vez giraba alrededor de la Tierra.
2) La hipótesis del excéntrico consistía en proponer la existencia de órbitas circulares en torno a la Tierra, cuyo centro no coincidía con el centro de ésta y que por lo tanto era excéntrico con respecto a la Tierra.

 

La restauración geocéntrica de Hiparco

Hiparco de Nicea. que floreció hacia mediados del siglo II a.C,, brindó la explicación más convincente para la mentalidad de entonces, dando razón de los movimientos de los astros, basándose en estas hipótesis. Por ejemplo, la distancia variable entre el Sol y la Tierra, así como las del estado, se explican fácilmente si se supone que el Sol gira de acuerdo con una órbita excéntrica respecto de la Tierra. Mediante una hábil combinación de ambas hipótesis. Hiparco logró dar cuenta de todos los fenómenos. De este modo quedó a salvo el geocentrismo y, a la vez, todos los fenómenos celestes parecieron recibir una explicación.
Plinio ensalza así a nuestro astrónomo: «El mismo Hiparco, que nunca será lo bastante elogiado —ya que ninguno mejor que él ha demostrado que el hombre posee afinidad con los astros y que nuestras almas forman parte del ciclo— descubrió una nueva estrella, diferente, y que nació en su oca. Al comprobar que se desplazaba el lugar en que brillaba, se plantó el problema acerca de si esto no sucedía con más frecuencia y si las ellas que consideramos fijas no se moverían también. Por consiguiente, osó lanzarse a una empresa que resultaría ímproba hasta para un dios:

Contar las estrellas para la posteridad, y catalogar los astros mediante ¡instrumentos inventados por él, a través de los cuales podía indicar sus posiciones y tamaños, de modo que desde aquí se pudiese reconocer con facilidad. no sólo si las estrellas morían o nacían, sino también si alguna se desplazaba o se movía, si crecía o si se empequeñecía. Así, dejó el cielo o herencia a todos los hombres, en el caso de que se hallase un benibce que estuviese en condiciones de recoger tal legado. Y como herencia un catálogo de casi ¡850 estrellas!

 

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