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La Ciencia Helenística

La Ciencia helenística

La ciencia helenística

La Ciencia Helenística.
La Ciencia Helenística.

Al exponer la ciencia helenística en sus diversos sectores, podremos comprobar que nos hallamos ante un gran fenómeno nuevo, tanto en sus aspectos cualitativos como en su intensidad.

Los historiadores de la ciencia han advertido con razón que la característica distintiva del fenómeno reside en el concepto de especialización.

El saber se diferencia en sus distintas partes y trata de definirse en el ámbito de cada una de estas partes de manera autónoma, es decir, con una lógica propia y no como simple aplicación de la lógica del conjunto formado por las partes.

Dicha especialización, según el modo corriente de entender este fenómeno, supone una doble liberación:

  1. a) de la religión tradicional o, en todo caso, de un tipo de mentalidad religiosa que considera como infranqueables determinados límites en ciertos ámbitos;
  2. b) de la filosofía y de los dogmas relacionados con ella.

 

Atenas y Alejandría. Mentalidad religiosa y dogma filosófica.

 

Sin ninguna duda todo esto es cierto, pero hay que llevar a cabo algunas matizaciones.

  1. a) Es innegable que en Grecia los pensadores siempre gozaron de libertad religiosa. Por otra parte, hay que reconocer que la disección de cadáveres y la vivisección en seres humanos habría resultado imposible en Atenas y que sólo se produjo gracias a la protección de los Ptolomeos y en un ambiente como el de Alejandría, carente de prejuicios y paradójicamente situado en un Egipto enclaustrado todavía en sus estructuras orientales. (Sin embargo, ¿la vivisección de criminales fue un verdadero progreso? ¿O habrá sido más bien una cesión total ante la curiosidad del científico? Para éste, ¿deja acaso el criminal de ser un hombre?)
  1. b) También es auténtica la independencia de la filosofía, pero no hay que exagerarla, sino redimensionarla. Los sistemas helenísticos, como hemos visto, son los más dogmáticos que hayan existido en el mundo antiguo. Epicuro, al igual que los estoicos, sostenía que el saber debe poseer dogmas y que éstos son intocables. El hecho de que Atenas continuase siendo la capital de la filosofía y Alejandría se convirtiese en la capital de la ciencia —y existiese tanta distancia entre ambas ciudades— colocó la ciencia alejandrina al abrigo de aquellos dogmas y liberó sus procesos de desarrollo.

 

El rol de los Peripatéticos.

 

Sin embargo, jamás se insistirá lo bastante sobre el hecho de que fueron los peripatéticos como Demetrio de Falero y Estratón de Lámpsaco quienes proyectaron una organización que reprodujese el Peripato, pero en mayores dimensiones. Puesto que Demetrio había sido discípulo de Teofrasto, el científico del Peripato, no hay que exagerar demasiado aquella escisión que muchos pretenden subrayar. Por lo demás, el mismo Aristóteles dio pruebas de saber investigar mediante un riguroso método empírico, como se aprecia en la Historia de los animales o en su Colección de las constituciones. Teofrasto continuó estas investigaciones en el área de la botánica, de modo que la investigación especializada de Alejandría tiene sus antecedentes precisamente en el Peripato. Cabría decir que, por principio, el nuevo espíritu de las nuevas escuelas helenísticas era reticente ante las investigaciones especializadas, pero que el antiguo espíritu aristotélico no lo era en absoluto.

En cualquier caso, sigue existiendo el hecho de que la característica esencial de la ciencia ha sido la especialización, que se ha llevado a cabo sin necesidad de elaborar un trasfondo filosófico o, más bien, con una explícita puesta entre paréntesis de dicho trasfondo. Hay que mencionar, asimismo, otro punto muy importante. La ciencia especializada alejandrina no sólo se liberó de los prejuicios religiosos y de los dogmas filosóficos, sino que quiso asumir su propia identidad autónoma con respecto a la técnica. Si juzgásemos con mentalidad actual, lo lógico sería pensar en la existencia de una alianza entre ambas. La ciencia helenística sólo desarrolló el aspecto teórico de las ciencias particulares, menospreciando la vertiente técnica aplicada, en su sentido moderno. La mentalidad tecnológica se halla en las antípodas de la ciencia antigua. Se acostumbra a citar la actitud de Arquímedes ante sus propios descubrimientos en el campo de la mecánica, que él interpretaba, si no como un esparcimiento, sin duda ninguna como un aspecto marginal de su verdadera actividad, que era la de matemático puro.

 

La esclavitud y las diferencias sociales justificaban la ausencia de necesidad de máquinas.

 

Hay que interrogarse sobre el porqué de este hecho, que nos parece hoy tan poco natural. En la mayoría de los casos, se ha atribuido la causa de este fenómeno a las peculiares condiciones socio-económicas del mundo antiguo. El esclavo ocupa el lugar de la máquina y el amo no tenía necesidad de aparatos especiales para evitar la fatiga o solucionar problemas prácticos. Además, puesto que el bienestar sólo beneficiaba a una minoría, no se hacía necesaria la explotación intensiva de la producción agrícola o artesanal. En definitiva, la esclavitud y las disparidades sociales habrían sido el trasfondo que permite comprender la ausencia de la necesidad de máquinas.

A este propósito, hay que recordar la distinción que Varrón efectúa entre tres tipos de instrumentos:

  1. a) los parlantes (esclavos);
  2. b) los parlantes a medias (bueyes) y
  3. c) los mudos (instrumentos mecánicos).

El propio Aristóteles había teorizado acerca de esta cuestión: «el operario, en las técnicas, pertenece a la categoría de los instrumentos», «el esclavo es una propiedad animada y todo operario es como un instrumento que precede y condiciona a los demás instrumentos».

 

La ciencia helenística conservó el espíritu contemplativo de los griegos.

 

Sin duda alguna, todo esto resulta fundamental para explicar los fenómenos que estamos estudiando. No obstante, el factor clave es otro. La ciencia helenística fue la que fue, porque a pesar de cambiar el objeto de la indagación si lo comparamos con el de la filosofía (atendiendo a las partes, más bien que al conjunto), conservó el espíritu de la antigua filosofía, el espíritu contemplativo que los griegos llamaban «teórico». El espíritu del viejo Tales —de quien se cuenta que, absorto en la contemplación del cielo, cayó en una fosa, y a quien Platón calificaba de símbolo del más auténtico espíritu teórico— se halla en su plenitud en Arquímedes, en su supremo lema Noli turbare circulos meos (no molestes mis círculos), pronunciado ante el soldado romano que estaba a punto de matarlo, y en su gozoso «¡éureka!». También se encuentra en aquella anécdota según la cual Euclides, al pedirle uno que le explicase para qué servía su geometría, por toda respuesta ordenó que se le diese dinero, una especie de limosna, como la que se da a un mendigo. Ptolomeo mismo presentará su astronomía como una verdadera ciencia en el sentido de la antigua filosofía y Galeno afirmará que el óptimo médico, para serlo efectivamente, tiene que ser filósofo. En conclusión, la ciencia griega estaba animada por una fuerza «teórico-contemplativa» —por aquella fuerza que impulsaba a considerar las cosas visibles como trasunto que permite acceder a lo invisible— que la mentalidad pragmático-tecnológica de nuestra época parece haber eliminado o, por lo menos, dejado al margen.

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