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Período Helenístico-Romano

La revolución de Alejandro Magno y el paso del mundo Helénico al Helenismo.

La revolución de Alejandro Magno y el paso desde la época clásica a LA ÉPOCA HELENÍSTICA

La revolución de Alejandro Magno y el paso desde la época clásica a LA ÉPOCA HELENÍSTICA
La revolución de Alejandro Magno y el paso desde la época clásica a LA ÉPOCA HELENÍSTICA
  1. Las consecuencias espirituales de la revolución efectuada por Alejandro Magno

 

Hay pocos acontecimientos históricos como el paso del mundo helénico al helenismo, que, debido a su importancia y a sus consecuencias, señalen de modo emblemático el fin de una época y el comienzo de otra. La gran expedición de Alejandro Magno (334-323 a.C.) es uno de ellos y uno de los más significativos, no sólo por las consecuencias políticas que provocó, sino por toda una serie de modificaciones concomitantes.

Éstas determinaron un giro radical en el espíritu de la cultura griega, giro que señaló el final de la era clásica y el inicio de una nueva era.

La consecuencia de mayor importancia política, provocada por la revolución de Alejandro, fue el hundimiento de la relevancia sociopolítica de la Polis. Filipo de Macedonia, padre de Alejandro, mientras realizaba su propósito de hegemonía macedónica sobre Grecia, ya había comenzado a minar sus libertades, si bien había respetado formalmente las ciudades.

Alejandro, empero, con su designio de una monarquía universal y divina —que habría reunido no sólo las diversas ciudades, sino también países y razas diversas— asestó un golpe mortal a la antigua noción de ciudad-estado. Alejandro no logró realizar su designio debido a su prematura muerte en el 323 a.C. y quizás los tiempos tampoco se hallaban maduros para ese objetivo. No obstante, después del 323 a.C., en Egipto, Siria, Macedonia y Pérgamo se formaron nuevos reinos. Los nuevos monarcas concentraron el poder en sus manos y las ciudades-estado al ir perdiendo poco a poco sus libertades y su autonomía dejaron de hacer la historia que habían creado en el pasado.

Quedaba destruido así aquel valor fundamental de la vida espiritual de la Grecia clásica, que constituía el punto de referencia del actuar moral y que tanto Platón en su República como Aristóteles en su Política habían no sólo elaborado teóricamente, sino hasta sublimado y substancializado, convirtiendo la Polis en la forma ideal de Estado perfecto y no una mera forma histórica. Como consecuencia, a ojos de quienes vivieron la revolución de Alejandro, estas obras filosóficas perdían su significado y su vitalidad, dejaban súbitamente de sintonizar con los tiempos y se situaban en una perspectiva lejana.

 

  1. La propagación del ideal cosmopolita

 

Al ocaso de la Polis no le siguió el nacimiento de organismos políticos dotados de nueva fuerza moral y capaces de dar origen a nuevos ideales.

Las monarquías helenísticas, surgidas a partir del disuelto imperio de Alejandro y que antes hemos mencionado, fueron organismos inestables, incapaces de implicar a sus ciudadanos en una tarea común o de constituir un punto de referencia para la vida moral. De ciudadano, en el sentido clásico del término, el griego se transforma en súbdito. La vida de los nuevos Estados se desarrolla con independencia de su voluntad. Las nuevas habilidades que importan ya no son las antiguas virtudes cívicas, sino determinados conocimientos técnicos que no pueden hallarse en poder de todos, porque exigen estudios y disposiciones especiales. En cualquier caso, pierden el antiguo contenido ético y conquistan otro más propiamente profesional.

El administrador de los asuntos públicos se convierte en funcionario, el soldado es mercenario y, junto a ellos, nace el hombre que, sin ser ya el antiguo ciudadano ni el nuevo técnico, asume ante el Estado una actitud de desinterés neutral o incluso de aversión. Las nuevas filosofías teorizarán acerca de esta nueva realidad, situando el Estado y la política entre las cosas neutras, es decir, moralmente indiferentes o hasta dignas de ser evitadas.

En el 146 a.C. Grecia pierde la libertad convirtiéndose en una provincia romana. Lo que Alejandro había soñado lo llevaron a cabo los romanos, de una forma muy distinta. El pensamiento griego, al no ver una alternativa adecuada a la Polis, se refugió en el ideal del cosmopolitismo, considerando al mundo entero como si fuese una ciudad, hasta el punto de incluir en esta cosmopolis no sólo a los hombres, sino también a los dioses. De este modo se desvanece la antigua equivalencia entre hombre y ciudadano, y el hombre se ve obligado a buscar una nueva identidad.

 

  1. El descubrimiento del individuo

 

Esta nueva identidad es la del individuo. Durante la edad helenística el hombre comienza a descubrirse según esta dimensión nueva. «La educación cívica del mundo clásico formaba ciudadanos; la cultura de la edad que se inicia con Alejandro forja individuos. En las grandes monarquías helenísticas los vínculos y las relaciones entre el hombre y el Estado se vuelven cada vez menos estrechos e imperiosos. Las nuevas formas políticas, en las que el poder es poseído por uno solo o por unos cuantos, conceden cada vez más a cada uno la posibilidad de forjar a su manera la propia vida y la propia personalidad moral. Incluso en las ciudades en que perduran los antiguos ordenamientos —tal como sucede en Atenas, al menos en el aspecto formal— la antigua vida cívica, que se ha degradado, parece sobre vivirse a sí misma, lánguida, atemorizada, entre veleidades de reacciones reprimidas y sin un consentimiento profundo en los ánimos.

El individuo se encuentra ya libre ante sí mismo» (E. Bignone). Como es obvio, partiendo desde el descubrimiento del individuo, en ocasiones se cae en los excesos del individualismo y del egoísmo. Empero, la revolución ha sido de tal entidad que no resultaba fácil moverse con equilibrio en la nueva dirección.

Como resultado de la separación entre hombre y ciudadano, surge la separación entre ética y política. Hasta Aristóteles la ética clásica estaba basada en la identidad entre hombre y ciudadano y, por ello, estaba implantada en la política y más bien subordinada a ésta. Por primera vez en la historia de la filosofía moral, y gracias al descubrimiento del individuo, en la época helenística la ética se estructura de manera autónoma, basándose en el hombre en cuanto tal, en su singularidad. Las tentaciones y las caídas en el egoísmo, de las que hemos hecho mención, constituyen una exageración negativa de dicho descubrimiento.

 

  1. El hundimiento de los prejuicios racistas sobre la diferencia natural entre griegos y bárbaros

 

Los griegos habían considerado que los bárbaros eran por naturaleza incapaces de adquirir cultura y de actividades libres y, por lo tanto, eran esclavos por naturaleza. También Aristóteles, como hemos visto, elaboró teóricamente esta convicción en la Política. Por lo contrario, Alejandro intentó —y no sin éxito— la gigantesca empresa de asimilar a los bárbaros vencidos y su equiparación con los griegos. Hizo instruir a miles de jóvenes bárbaros según los cánones de la cultura griega y los hizo adiestrar en el arte de la guerra de acuerdo con las técnicas griegas (331 a.C).

Además, ordenó que los soldados y los oficiales macedonios contrajesen matrimonio con mujeres persas (324 a.C.).

Los filósofos, por lo menos a nivel teórico, también pondrán en discusión el prejuicio de la esclavitud. Epicuro no sólo tratará con familiaridad a los esclavos, sino que les hará participar en sus enseñanzas. Los estoicos enseñarán que la verdadera esclavitud es la de la ignorancia y que a la libertad del saber pueden acceder tanto el esclavo como su soberano. La historia del estoicismo concluirá de modo simbólico con las dos grandes figuras de Epicteto y Marco Aurelio, un esclavo liberto y un emperador.

 

  1. La transformación de la cultura helénica en cultura helenística

 

Al propagarse entre los distintos pueblos y las diferentes razas, la cultura helénica se convirtió en helenística. Obligadamente, esta difusión implicó una pérdida de profundidad y de pureza. Al entrar en contacto con tradiciones y creencias diversas, la cultura helénica no pudo menos que asimilar algunos de sus elementos. Se hicieron sentir los influjos de Oriente. Y los nuevos centros de cultura, Pérgamo, Rodas y sobre todo Alejandría —con la fundación de la Biblioteca y del Museo, gracias a los Ptolomeos— acabaron por obscurecer a la propia Atenas. Si ésta logró seguir siendo la capital del pensamiento filosófico, Alejandría se convirtió primero en centro del florecimiento de las ciencias particulares, y a finales de la época helenística y en especial durante la época imperial, se transformó también en el centro de la filosofía.

Incluso de Roma, militar y políticamente vencedora —a la cual sin embargo la Hélade había conquistado para sí desde el punto de vista cultural— llegaron nuevos estímulos con el sello del realismo latino, que contribuyeron a crear y a difundir el fenómeno del eclecticismo. Los más eclécticos de los filósofos fueron aquellos que estuvieron en un contacto más intenso con los romanos, y el más ecléctico de todos fue el romanó Cicerón.

Es comprensible, pues, que el pensamiento helenístico se haya interesado sobre todo por los problemas morales, que afectan a todos los hombres.

Al plantear los grandes problemas de la vida y al proponer algunas soluciones al respecto, los filósofos de esta época crearon algo verdaderamente grandioso y excepcional. El cinismo, el epicureísmo, el estoicismo, el escepticismo propusieron modelos de vida en los que los hombres continuaron inspirándose durante más de medio milenio y que se convirtieron en paradigmas espirituales, conquistas definitivas en sentido estricto.

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