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Antropología Periodo Presocrático

Cómo concibieron al hombre los presocráticos

Cómo concibieron al hombre los presocráticos

El hombre según los Presocráticos:

el hombre

Para abarcar la problemática de cómo vieron al hombre los presocráticos, debemos tener en cuenta; antes que nada, aunque sabemos que es una verdad archiconocida; de despojarnos de toda conceptualización posterior de los términos que aquí trataremos, y es en verdad una empresa exigente el ubicarnos pragmáticamente (*) en el lenguaje de la época, en el étimon terminológico, pero es sumamente necesario.
(*) entendemos en este caso a la pragmática en cuanto a la dimensión que ocupa en cuanto a la relación del “signo” (sintaxis) y su “significado” (semántica).

Pitágoras y las partículas del pneuma.

En esta etapa de la evolución del pensamiento el hombre es comprendido como parte de la materia, llámese cuerpo o alma; la única referencia que he encontrado que no explicite materialmente al alma es en García Venturini sería una emanación de lo divino que para retornar debe pasar por sucesivas reencarnaciones, pero no queda claro si es en definitivo material o no; creo que deberíamos comprender en el mismo sentido a todos.


“(…) pero parece probable que el alma (y algún texto llega a decir que el alma es un número) fuera concebida como una emanación de lo divino y que antes de retornar purificada a su origen debiera purgar sus culpas en sucesivas encarnaciones, a la manera del samsaya brahamánico y budista”. García Venturini, Historia General de la Filosofía, págs.. 35-36.
Según Pitágoras el hombre consta de dos partes distintas, uno, compuesto de elementos materiales y el otro de procedencia celeste, el cuerpo, el primero y el alma el segundo.

El alma, número y partícula refrigerante.

el alma

Aristóteles afirma que para los pitagóricos el alma son las partículas de polvo que vemos flotar en el ambiente, las que percibimos en los rayos de sol que se filtran a través de alguna ventano o hendija; justamente los pitagóricos afirman que las almas son partículas desprendidas del pneuma infinito que andan vagando por la atmósfera hasta que se encarnan en los cuerpos a través de la respiración.
El alma era un principio motor de función refrigerante, relacionada con la respiración cósmica.
Para Pitágoras el alma era también un número (**) como todas las cosas, para él tenía forma de cuadrilátero, para Arquitas, por ejemplo, de esfera.
(**) Está muy claro, sin embargo, el proceso a través del cual los pitagóricos llegaron a plantear el número como principio de todas las cosas. No obstante, al hombre de hoy quizás le resulte bastante difícil comprender el sentido profundo de esta doctrina, si no recupera el sentido arcaico del número. Para nosotros el número es una abstracción mental y por lo tanto un ente de razón; en cambio, para la forma antigua de pensar (hasta Aristóteles), el número es una cosa real. No sólo eso: es la más real de las cosas, y precisamente en cuanto tal se la considera el principio constitutivo de las cosas. Por lo tanto, el número no es un aspecto que nosotros abstraemos mentalmente de las cosas, sino la realidad, la physis de las cosas mismas. (…) En efecto, los números eran concebidos como puntos, es decir como masas, y por consiguiente concebidos como sólidos, con lo cual era evidente el paso desde el número a las cosas físicas. Giovanni Reale y Darío Antiseri. Historia del Pensamiento Científico y Filosófico, pág. 45-52.

El alma, purificación y transmigración.

Para definir el carácter ético, el pitagorismo primitivo, creía en común con el orfismo, la transmigración de las almas, las cuales, de procedencia celeste, si viven bien y alcanzan la purificación se reintegran después de la muerte a su estado primitivo, de lo contrario continúan reencarnándose indefinidamente en animales o plantas hasta alcanzar su purificación.
Según Julián Marías, para los pitagóricos, el cuerpo es una tumba, que hay que superarlo, pero sin perderlo, para ello se necesita que previamente el alma sea entusiasta es decir haya en él un endiosamiento; así se llega a una vida suficiente, teorética, no ligada a las necesidades del cuerpo, un modo de vivir divino; el hombre que llega a esto es el sabio “sofós”.
“El perfecto sophós es al mismo tiempo el perfecto ciudadano; por esto el pitagorismo crea una aristocracia y acaba por intervenir en política.” Julián Marías. Historia de la Filosofía pág. 18
A diferencia de los órficos, los pitagóricos perseguían la purificación por el cultivo de la ciencia, la ciencia se convirtió en el más alto de los misterios que hacía posible el fin último que consistía en volver a vivir entre los dioses.
Gracias a la ciencia el hombre actúa rectamente, se hace un seguidor de dios, como un vivir en comunión con la divinidad (vida contemplativa: vida dedicada a la búsqueda de la verdad y del bien a través del conocimiento).
Según Reale y Antiseri, lo divino para los pitagóricos está identificado con el siete “es regente y señor de todas las cosas, dios eternamente uno, sólido, inmóvil, igual a sí mismo, distinto de los demás números”.
El siete no es engendrado, porque es un número primo y tampoco engendra (dentro de la decena), por lo tanto, es inmóvil.
El siete es también el kairos, el momento apropiado, oportuno y se confirma con la frecuencia de los ritmos septenales en los ciclos biológicos (esta identificación resulta artificiosa).
Ahora, las almas al ser individuales no podían poseer un número idéntico, para tratar de solucionar esto tomaron dos caminos; uno, agregando una doctrina del alma sensible a la de un alma-demonio o enfrentándose a esta última, con lo que trataron de evitar complicaciones.

Heráclito: el hombre es un compuesto de alma y cuerpo

Para Heráclito el hombre está compuesto de cuerpo y alma. Cómo se produce esto, según Heráclito, los cuerpos se forman en la vía descendente de las exhalaciones oscuras y opaca de la tierra; y las almas en la vía ascendente, de exhalaciones puras y transparentes del aire al desecarse el agua.
El alma con forma de aire se renueva por la respiración. Las almas más secas son las mejores y más sabias, y la necedad es húmeda; es decir las secas están más cercanas al fuego. Para Heráclito los borrachos tienen el alma húmeda.

El alma y su logos inexpugnable.

el hombre

El hombre es incapaz de penetrar las profundidades del alma, por la profundidad de su logos. Heráclito:” Jamás podrás hallar las fronteras del alma, por más que recorras sus sendas; tan profundo es su logos.” Algunos piensan que aquí se presenta un pequeño resquicio a algo no físico.
El creía en castigos y premios después de la muerte, esto igual a los órficos, al igual que ellos, sostiene que la vida del cuerpo es una mortificación del alma y la muerte del cuerpo es vida para el alma.
Julián Marías dice que el hombre, está sujeto al mundo, es una cosa del mundo; pero, tiene ese algo, especialmente si tiene el alma seca y tiende al sophón (lo divino); ahora bien, el hombre no llega a ser sophón (sería dios), sino sólo filósofo.
El hombre en Heráclito, como en Parménides, se vuelve a encontrar en el dilema anterior, en la antinomia de su ser perecedero (todo fluye) y su ser eterno e inmortal (el nous, el sophon).

Empédocles: el hombre, mezcla de los cuatro elementos.

Afirma que el hombre se compone de una mezcla proporcionada de los cuatro elementos. Tenemos las partes sólidas, líquidas y el alma; las sólidas de la tierra; las líquidas del agua y el alma, de fuego y aire.
El hombre nace al mezclarse estos componentes y muere cuando se separan.
La salud para Empédocles depende de la armonía de estos elementos en sangre, entonces prohíbe comer y beber. Como médico practicó la disección anatómica y realizó curiosas observaciones.
Una escuela de médicos sicilianos procede de él. Explica la sensación en virtud del principio de que lo semejante conoce lo semejante y justamente porque estamos compuesto de los cuatro elementos podemos percibir las cosas.
En los órganos de los sentidos entran los cuatro elementos y realiza rudimentarias descripciones anatómicas.
La sangre en la cual están mezclados los cuatro elementos, es la sede de la sensación; si se le saca la sangre a un animal, muere.
La sangre que rodea el corazón es el centro de la vida, del alma y del pensamiento.
Distinguió el alma orgánica, mortal del demonio divino, que es inmortal y unas veces andan vagando por los espacios y otras se encarnan en cuerpos materiales (pitagorismo).

 

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