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Aristóteles

La Política en Aristóteles.

La Política en Aristóteles

La Política en Aristóteles
La Política en Aristóteles

La Política en época griega antigua fue verdaderamente intensa, aunque la serenidad con que se desenvuelve el dialogo en la Republica de Platón y la fría tranquilidad de la prosa aristotélica en la Política apenas nos dejan vislumbrar el profundo sentimiento que se agita en el fondo de esos tratados. Casi nos parecen pensados y escritos en la paz más absoluta por teorizantes desocupados entregados al deporte de planear ciudades ideales, sin el más leve contacto con la realidad.

Pero la verdad es completamente distinta. Grecia vivió en pocos años una experiencia política sumamente intensa. Con celeridad de vértigo se fueron sucediendo en su breve territorio las tentativas y formas más variadas de régimen y de comunidad política. En poco más de un siglo los griegos tuvieron ocasión de experimentar los regímenes políticos más diversos: monarquía, aristocracia, democracia, con todos sus intermedios y formas degeneradas correspondientes: tiranía, oligarquía, demagogia.

Por otra parte, la relativa independencia con que se desenvolvió la vida de las ciudades griegas fue también causa de una gran variedad de Constituciones, que son otros tantos ensayos de formas políticas intentadas y experimentadas.

Dentro de su pequeñez, el pueblo griego viene a ser una especie de maqueta, en que se probaron las teorías filosóficas y políticas más diversas, que después ha vivido el resto del mundo durante muchos siglos.

Estas sencillas observaciones sirven para hacernos apreciar el intenso valor humano que late bajo de esos tratados políticos, cuyo acento de madurez aun hoy nos impresiona profundamente y que son fruto de la gran cantidad de experiencia que sus autores fueron capaces de acumular en el reducido espacio de aquel pequeño mundo, tan movido y variado, de la Grecia del siglo IV.

Tampoco debemos olvidar que tanto la Republica de Platón como la Política de Aristóteles son obra de dos grandes genios sistemáticos que, siguiendo la tradición griega, aspiran a encuadrar los fenómenos particulares dentro de una visión cósmica de toda la realidad. En todos los pensadores griegos, sin exceptuar a Aristóteles, con el concepto cosmológico están íntimamente trabadas la Ontología, la Biología, la Antropología, la Teología, como también la Ética y la Política.

En todos ellos su preocupación por hallar un principio para comprender el orden cósmico se refleja en buscar un principio semejante para fundamentar el orden moral y político. Así vemos que la Republica de Platón no es un simple tratado político, sino una enciclopedia, en que entra toda su concepción filosófica: su teoría de las Ideas, su Teología y su Antropología, que son en realidad las bases sobre las cuales apoya todo el edificio de sus teorías morales y políticas.

En Aristóteles, la diferenciación de las partes de la Filosofía alcanza un grado mucho mayor de madurez, dedicando a cada materia tratados especiales. Mas no por eso pierde la visión del conjunto. Cada uno de esos tratados hay que entenderlo no aislado, sino encuadrado dentro de su amplia visión completa de la realidad. Solamente así es posible comprender el sentido y el alcance de sus teorías de orden práctico. No es posible comprender su Ética desligada de su Ontología y de su Biología: como tampoco es posible comprender su Política si la estudiamos aisladamente, sin tener en cuenta el conjunto de toda su Filosofía.

 

  1. La política en la escala de las ciencias.

 

Aristóteles, además de las ciencias teóricas, distingue otras dos clases, que denomina prácticas y productivas (poéticas). A las practicas pertenecen la Política, cuyo objeto es el bien común y el buen gobierno de la ciudad (πόλις); la Economía, que versa sobre el bien de la familia y el buen régimen de la casa (oikos); y, finalmente, la Ética, que trata sobre el bien particular del individuo y la orientación de su conducta para conseguir su perfección y su felicidad.

Esto basta para comprender su afirmación de que la Ética está subordinada a la Política. Los griegos no acertaban a comprender al hombre en estado de aislamiento, sino como ente social, encuadrado dentro de la familia y de la sociedad civil, fuera de las cuales pensaban que no podía conseguir su propia perfección individual. De aquí que Aristóteles, procediendo de más a menos, considere el bien individual y particular como subordinado al bien familiar y al común, y, por consiguiente, la Política como ciencia arquitectónica y subalternante respecto de la Economía y de la Ética, en cuanto que su bien especifico, que es el bien o la utilidad común, incluye dentro de si los bienes familiares e individuales.

La Política de Aristóteles

  1. El ser de la comunidad política.

 

La moral individual tiene un sujeto concreto y determinado, que es el hombre. Pero el hombre no es un existente único ni aislado, sino que es un individuo de una especie multiplicada en multitud de seres particulares, distintos y a la vez semejantes, los cuales se asocian en agrupaciones de diversos tipos. Por lo tanto, la relación teológica del hombre para con Dios se complica con otro orden de relaciones humanas, que brotan de su coexistencia con una multitud de seres humanos semejantes. En el conjunto de las realidades humanas encontramos la comunidad política, que también es un ser, una entidad. Y en cuanto ser, le corresponde también un bien propio, que consistirá en el perfecto desarrollo de su naturaleza.

Pero, ¿qué clase de entidad es la de la comunidad política? ¿Es una entidad natural o artificial? A primera vista, la respuesta más sencilla seria decir que la comunidad política es una entidad artificial, establecida mediante un pacto o una convención voluntaria (νόμος) entre un conjunto de individuos humanos que se agrupan y se asocian con la finalidad extrínseca de conseguir un bien común para todos, que complete y facilite la consecución de sus posibilidades naturales.

Es la solución que habían dado ya los sofistas, como Licofron, anticipándose a las teorías de Hobbes y Rousseau sobre el origen de la sociedad. Sin embargo, Aristóteles no piensa así. Para él la comunidad política no es algo artificial, sino natural. Claro que no natural en el sentido de que nazca ya constituida a la manera de un árbol o de un animal, sino en cuanto que brota necesariamente de una inclinación de la misma naturaleza.

Aristóteles dice que el hombre es por naturaleza un ≪animal Político”. Para comprender esta afirmación es necesario tener en cuenta su sentido finalista. En la misma naturaleza individual de cada hombre hay una tendencia innata a lograr su propia perfección, en la cual consisten su bien y su felicidad.

Pero esa perfección no puede lograrla el individuo en su estado de aislamiento y de soledad. El individuo aislado es insuficiente para bastarse a sí mismo. Por esto necesita de la agrupación con sus semejantes, la cual tiene diversas formas:

1.a La familia, que es la unidad social básica (οΐκός), que comprende el marido, la mujer, los hijos, los esclavos… y el buey arador. Es una asociación netamente natural, en que el varón tiene autoridad real sobre los hijos y los esclavos, y democrática sobre la mujer.

2.a La aldea (κώμη), que resulta de la agrupación de varias familias.

3.a La ciudad (πόλις), o comunidad política, que resulta de la agrupación de varias aldeas o de un número mayor de familias, con las condiciones que más adelante señalaremos.

Como prueba de la sociabilidad natural del hombre señala Aristóteles el hecho de que la naturaleza le ha dotado del don de la palabra. Los demás animales solo emiten sonidos (φωνή). Pero el hombre tiene razón, discurre y habla.

Y la palabra es no solo logos, sino también dialogo, que implica comunicación con otros seres semejantes. Además, el hombre es el único animal que sabe distinguir no solo entre el dolor y el placer, sino también entre lo bueno y lo malo, lo justo y lo injusto. ≪Por esto, aun aquellos que no tienen necesidad de ayuda recíproca, no tienen, sin embargo, menor deseo de vivir en sociedad≫. Por lo tanto, la naturaleza, que no hace nada en vano, ha formado al hombre para vivir no aislado, sino en sociedad. El hombre solitario, ≪como un águila en un picacho≫, es antinatural. O es un dios o es una bestia (contra la autarquía de los cínicos).

Entre las varias formas de asociación que distingue Aristóteles (κοινωνία): la familia, la casa, la aldea, el patriarcado, la tribu, la suprema de todas es la ciudad (ττόλις), que es la cumbre y el fin a que tienden todas las demás. La ciudad es posterior, genética e históricamente, a todas las demás formas, de asociación. De la agrupación de las familias resultan las aldeas, y de la agrupación de las aldeas, la ciudad, cuyas características son las de ser una sociedad perfecta, independiente y que se basta a si misma (αύταρκής).

Pero, en virtud de ser la ciudad el fin a que tienden todas las formas anteriores de sociedad, esta implícita en ellas y goza, por lo tanto, de una prioridad de naturaleza, de perfección y dignidad sobre todas ellas. Es la obra más excelente que el hombre puede realizar sobre la tierra. Es el lugar por excelencia para llevar una vida humana digna. Podemos interpretar el pensamiento de Aristóteles en el sentido de que, así como el individuo nace en el seno de una familia, las familias y los individuos, a su vez, nacen en el seno de una ciudad. Y así la ciudad es anterior, por orden jerárquico, a la familia y a los individuos.

 

  1. Estructura de la comunidad política.

 

La comunidad política es un todo, integrado por partes no homogéneas, sino heterogéneas. El todo se descompone en parles; y el compuesto, en sus elementos atómicos, es decir, indivisibles. Los elementos atómicos de la polis son las familias y los individuos.

Pero, siendo la ciudad un todo por relación a esas partes, la ciudad tiene prioridad jerárquica sobre las familias y sobre los individuos, pues el todo es necesariamente antes que las partes. ≪Por ejemplo, cuando el todo que es un cuerpo se destruye, ya no hay manos ni pies, a no ser en sentido equivoco, como podría hablarse una mano de piedra, porque a eso queda reducida la mano cuando es amputada.

Las cosas se definen por su actividad y por su potencia, y cuando ellas no son en realidad las mismas, no se puede decir que sean las mismas, sino más bien que tienen el mismo nombre≫. Es decir, que son cosas equivocas.

Este texto de Aristóteles ha sido sometido a las exegesis más pintorescas, queriendo encontrar en él una expresión del totalitarismo, a la manera de ciertos Estados modernos. La ciudad seria a la manera de un todo sustancial, en el cual

las partes pierden sus propias formas individuales y adquieren la forma única del todo. De esta manera las familias y los individuos quedarían absorbidos dentro de la ciudad, perdiendo sus derechos, sus funciones y su libertad.

Nada más contrario al pensamiento de Aristóteles. Su polis no es un todo homogéneo, dotado de una unidad sustancial, como el individuo; ni tampoco una unidad resultante de relaciones fundadas en la generación, como la familia, sino un compuesto heterogéneo, en el cual permanecen sus partes integrantes, distintas, con sus funciones propias y diferentes.

Por esto rechaza Aristóteles el principio de Platón: ≪Cuanto más perfecta es la unidad, tanto mejor es el Estado≫.

La unidad que propone Aristóteles es tan solo una unidad de tipo orgánico, de orden, que es la única posible cuando se trata de una multitud integrada por partes heterogéneas, las cuales quedan unificadas extrínsecamente en virtud de su tendencia y de su orientación activa hacia un fin común.

 

  1. El bien de la comunidad política.

 

El hombre es, pues, un animal social, y la forma más perfecta de sociedad es la ciudad (ττόλΐξ). Aristóteles no rebaso la estrechez del concepto arcaico de la polis griega tradicional, cosa tanto más extraña cuanto que vive en un momento de crisis en que desemboca el largo proceso de disolución que arranca de las guerras médicas, se continua en la del Peloponeso y culmina con las fulgurantes campañas de su discípulo Alejandro —cuyo ideal político nunca compartió Aristóteles—, y que abren el camino al cosmopolitismo. La ciudad perfecta que Aristóteles describe responde mejor al concepto griego arcaico que al que se inicia precisamente en sus mismos días.

Para obtener una definición de la polis necesitamos aprisionar su noción entre el género próximo y la última diferencia.

El género próximo es fácil hallarlo. Aristóteles nos dice que la ciudad es una comunidad política.

Es decir, una agrupación, una asociación, una comunidad compuesta por hombres.

Pero no toda asociación es ≪ciudad≫. No basta la simple convivencia. Ni tampoco la comunidad de lugar. Pueden unirse bajo los mismos muros Megara y Corinto, y, sin embargo, no constituirían una sola ciudad. Tampoco basta la simple asociación. Los esclavos pueden agruparse, y, sin embargo, no constituyen ≪ciudad≫, que es cosa propia de hombres libres.

Para hallar la nota que da a la asociación humana su diferencia específica y la constituye en ≪ciudad≫, distinguiéndola de los demás géneros de asociación, hay que tener en cuenta que la ≪ciudad≫ es una organización social humana, y que en cuanto tal no es una entidad estática, sino dinámica, que tiende a conseguir un fin determinado. Tenemos, por tanto, que averiguar cuál es el fin, que es lo que especifica el movimiento. ≪Tendremos que determinar primeramente con qué fin se constituye la ciudad≫.

Aristóteles expresa el fin de la sociedad política en numerosos pasajes, aparentemente claros, pero que encierran no pocas dificultades. En primer lugar, nos dice que el fin de la comunidad política es un bien: ≪Vemos que toda ciudad es una comunidad, y que toda comunidad está constituida en vista de algún bien, porque los hombres siempre actúan mirando a lo que les parece bueno; y si todas tienden a algún bien, es evidente que más que ninguna y al bien más principal debe tender la principal entre todas y que comprende todas las demás, a saber, la llamada ciudad y comunidad política≫. ≪Puesto que todo conocimiento y toda elección desean algún bien, di gamos cual es aquel a que aspira la política y cuál es el supremo entre todos los bienes que pueden realizarse. Casi todo el mundo está de acuerdo en cuanto a su nombre, pues tanto la multitud como los refinados dicen que es la felicidad y admiten que vivir bien y obrar bien es lo mismo que ser feliz.

Pero al preguntarse qué es la felicidad, dudan, y no lo explica lo mismo el vulgo que los sabios≫. ≪El bien se deriva de la ciencia suprema, y esta es precisamente la ciencia política…, su fin abraza los fines diversos de todas las demás ciencias,

y, por consiguiente, el de la política será el verdadero bien, el bien supremo del hombre≫. ≪El fin de la comunidad política son las buenas acciones≫. ≪La ciudad mejor es a la vez feliz y prospera. Ahora bien, es imposible que les vaya bien a los que no obran bien, y no hay obra buena, ni del individuo ni de la ciudad, fuera de la virtud y de la prudencia≫. ≪El bien supremo de la vida es necesariamente el mismo para el individuo que para los hombres reunidos y para la ciudad en general≫.

Aristóteles hace notar que la tendencia natural intrínseca del hombre a la sociedad le lleva a agruparse con otros hombres aun sin ninguna necesidad de auxilio mutuo: ≪El hombre es por naturaleza un animal político, y, por lo tanto, aun sin ninguna necesidad de auxilio mutuo, los hombres tienden a la convivencia. Si bien es verdad que también los une la utilidad común, en la medida en que a cada uno corresponde una parte del bienestar. Este es, efectivamente, el fin principal, tanto de todos en común como aisladamente; pero también se reúnen simplemente para vivir y constituyen la comunidad política, pues quizá en el mero vivir existe una cierta dosis de bondad, si no hay en la vida un predominio excesivo de penalidades≫.

Pero Aristóteles no se da por satisfecho con que la agrupación de los hombres en sociedad se limite a satisfacer las necesidades primarias y materiales, aun cuando esta haya sido una de las causas de la asociación. Vivir, simplemente, es un bien. Pero le parece demasiado poco.

Es más, rechaza por insuficientes otras finalidades que pueden mover a los hombres a constituir la asociación política; mi ejemplo, el conseguir riquezas, el intercambio comercial, los contratos y la ayuda mutua, las alianzas militares con el fin de defenderse contra la injusticia de los enemigos, pues ≪entonces los tirrenos y los cartagineses y todos los que tienen contratos entre si serian ciudadanos de una sola ciudad≫.

Todas esas cosas son necesarias y de hecho se dan en la ciudad perfecta. Pero no basta. Solamente son medios para conseguir el fin principal.

La comunidad política tiene por fin no solo vivir (ζην), sino vivir bien (εύ ζην). ≪No solo se han asociado los hombres para vivir, sino para vivir bien≫. Por ≪vivir bien≫ no hay que entender la abundancia de bienes materiales para llevar lo que vulgarmente se llama una ≪buena vida≫, sino la vida conforme a la virtud, es decir, la vida ordenada conforme a las exigencias de la virtud, principalmente de la justicia, que es la fundamental y propia de la comunidad política. En lo cual aparece una interferencia de la Ética en la Política cuyo alcance veremos en seguida.

De esta forma de vida se deriva la felicidad, que es cosa propia de hombres libres. ≪De otra suerte, podría haber ciudades de esclavos y de los demás animales; pero no las hay, porque no participan de la felicidad ni pueden elegir su vida≫.

≪Así resulta también manifiesto que la ciudad que verdaderamente lo es, y no solo de nombre, debe preocuparse de la virtud; porque, si no, la comunidad se convierte en una alianza que solo se diferencia localmente de aquellas en que los aliados son lejanos; y la ley en un convenio, y, como dice Licofron el sofista, en una garantía de los derechos de unos y de otros, pero deja de ser capaz de hacer a los ciudadanos buenos y justos…≫ ≪El fin de la ciudad es, pues, el vivir bien, y esas cosas son medios para este fin. La ciudad es una comunidad de familias y de aldeas en una vida perfecta y suficiente, y esta es, a nuestro juicio, la vida feliz y buena. Hay que concluir, por tanto, que el fin de la comunidad política son las buenas acciones y no la convivencia≫.

Notemos de paso que, lejos de absorber la Ética en la Política, como podían hacer temer los textos en que Aristóteles subordina la primera a la segunda, por el contrario, el Filósofo da a la Política un neto contenido ético, poniéndola bajo la salvaguardia de la virtud, que se convierte en el fin y en el ideal a que debe aspirar la ciudad.

Con esto tenemos ya los elementos suficientes para dar una definición de la ciudad. Su género próximo: Comunidad de hombres libres, y su diferencia especifica: orientada a la finalidad de vivir bien, es decir, de vivir conforme a la virtud.

Aristóteles señala además otro conjunto de condiciones para constituir la sociedad perfecta. Debe tener un número suficiente de ciudadanos, ni demasiado grande ni demasiado pequeño. Debe tener un territorio, ni muy grande ni muy pequeño, pero con recursos suficientes para bastarse a sí mismo. Debe estar bien orientada, hacia los vientos del este, y bien emplazada, en la proximidad del mar. Debe tener fácil salida para los ciudadanos y difícil acceso para los enemigos. Debe tener murallas y fuerza naval suficiente para su defensa y para garantizar su comercio. Debe estar bien provista de aguas, etc. Todo esto, dice Aristóteles, aproximadamente, ≪pues no se ha de buscar la misma exactitud en las cosas teóricas que en las perceptibles por los sentidos≫.

El mismo Aristóteles nos da las siguientes definiciones: ≪La ciudad es la comunidad de familias y de aldeas en una vida perfecta y suficiente, y esta es, a nuestro juicio, la vida feliz y buena≫. ≪La ciudad es una comunidad de individuos semejantes, para vivir lo mejor posible, y como la felicidad es lo mejor, y consiste en un ejercicio y uso perfecto de la virtud, de la cual unos pueden participar y otros poco o nada, esto es causa evidentemente de que haya varias formas distintas de ciudad y de régimen político, pues al perseguir ese fin de distintas maneras y con distintos medios, se producen diferentes géneros de vida y de régimen político≫. ≪La ciudad es una comunidad de casa y de familias con el fin de vivir bien, de conseguir una vida perfecta y suficiente≫.

 

  1. El bien común y el fin de la comunidad política.

 

Mientras nos mantenemos en estas expresiones generales, un poco retoricas y, por lo mismo, envueltas también en una leve atmósfera de vaguedad, ciertamente que las frases de Aristóteles suenan con un acento de grandeza. Pero si penetramos un poco más, y queremos saber en concreto que hay que entender por ese bien propio de la ciudad, nos lo recortan por todas partes las mismas restricciones temporalistas que cercenaban las alas al bien que en la Ética a Nicómaco propone Aristóteles como ideal del individuo humano.

Por una parte, su Ontología no da cabida a un destino trascendente del hombre. Su felicidad y su perfección posible quedan recluidas en los límites de la presente vida, en la cual solo puede aspirar, y no siempre conseguir, al bien posible al hombre en este mundo.

Por otra parte, su vasta experiencia de las constituciones y de las alteraciones políticas de las ciudades griegas le preserva de incurrir en los optimismos de su maestro. Aunque en los libros VII y VIII intenta trazar un esquema de la ≪ciudad perfecta≫ (άρίστη ττολιτεία), en el que todavía se refleja el influjo del platonismo, no obstante, Aristóteles no suena en repúblicas ideales, sino en las que es posible constituir, contando con los múltiples obstáculos que acompañan siempre a toda obra humana.

En cuanto al bien común, a primera vista parece que Aristóteles tiene de él un concepto exacto, cuando, en expresiones como la siguiente, lo señala como norma para apreciar la legitimidad o ilegitimidad del régimen político: ≪Todos los regímenes que se proponen la utilidad común (κοινόν συμφέρον) son rectos desde el punto de vista de la justicia absoluta; y los que solo tienen en cuenta el bien de los gobernantes son defectuosos, y todos ellos desviaciones de los regímenes rectos, pues son despóticos, y la ciudad es una comunidad de hombres libres≫.

Sin embargo, al definir la virtud de la justicia, que es la propia de la comunidad política, pues es la que establece el orden y la armonía entre las distintas partes del conjunto social y la que expresa por excelencia el bien común, Aristóteles limita su alcance diciendo: ≪La justicia consiste en la igualdad, y así es, pero no para todos, sino para los iguales, y la desigualdad parece justa, y lo es en efecto, pero no para todos, sino para los desiguales≫.

 

  1. Interferencias entre el ideal ético individual y el ideal político.

 

En Aristóteles no existe una distinción clara entre el bien individual, que propone como fin de la Ética, y el bien común, que constituye el de la Política. Aunque en su división tripartita de las ciencias practicas aparezcan como distintas la Política (bien común), la Economía (bien familiar) y la Ética (bien individual), sin embargo, al detallar en concreto la finalidad de la Política, su concepto sufre una interferencia con la Ética, y la finalidad propia del individuo viene a confundirse con la de la asociación política. Así aparece en los siguientes pasajes: ≪El fin (de la Política) debe identificarse con el mismo bien del hombre. Aunque este bien sea el mismo para el individuo y para la ciudad, el bien de la ciudad es seguramente una cosa más elevada y más perfecta de alcanzar y de salvaguardar; pues, en efecto, si es deseable para un individuo el alcanzarlo, ¡cuanto más hermoso y más divino será alcanzarlo los pueblos y las ciudades! ≫ ≪Es evidente que el fin de la comunidad y el del individuo es el mismo, y que necesariamente ha de ser también el mismo el fin del hombre mejor y el del mejor régimen≫. ≪Falta por decir si debe afirmarse que la felicidad de cada uno de los hombres es la misma que la de la ciudad o que no es la misma. También esto es claro: todos estamos de acuerdo en que es la misma.

En efecto, todos los que hacen consistir en la riqueza la vida dichosa del individuo consideran también feliz a la ciudad entera cuando es rica; los que aprecian más que ninguna cosa la vida de un tirano declararan que la ciudad más feliz es la que gobierna sobre mayor numero, y el que considera feliz al individuo por su virtud dirá que es más feliz la ciudad más virtuosa≫.

Así, pues, aunque en unos pasajes subordine Aristóteles la Ética a la Política, como lo particular a lo común o como la parte al todo, en otros viene a subordinar la Política a la Ética, convirtiéndola en medio para lograr un fin que coincide con el de la Moral, es decir, la vida buena y virtuosa. Así, en el capítulo final de la Ética a Nicómaco, en que se refiere a la Política y a sus relaciones con la Ética, viene a presentar a la primera como una continuación de la segunda. Aparentemente Aristóteles coincide con la tesis que hace de la Política una parte subordinada a la Moral y a sus principios generales. Pero no es así, y la actitud de Aristóteles tiene por consecuencia el no haber llegado a precisar exactamente en qué consiste el bien común y, por lo tanto, el fin de la comunidad política.

 

  1. Particularismo del bien común aristotélico.

 

Aristóteles no llego a comprender la visión cosmopolita de su discípulo Alejandro, el cual soñó con fundir a griegos y barbaros en una sola entidad política universalista, aspiración que su maestro consideró siempre como absurda. Si bien, por otra parte, reconoce los inconvenientes de la atomización de los pequeños Estados griegos, y, con un poco de melancolía, expresa su convicción de que, si la raza helena formara un solo Estado, sería capaz de conquistar el Universo.

Aristóteles, con el bien común, nos veremos precisados a recortar por todas partes el alcance de la palabra “común”, para dejarlo reducido al bien de una clase particular. La subordinación de la Política a la ética, entendidas ambas en el sentido aristotélico, viene casi a convertirse en un medio para que en la ciudad un grupo electo de ciudadanos privilegiados pueda lograr su perfección mediante la práctica de la virtud y de la contemplación científica, a costa de una especie de esclavitud colectiva de la mayor parte de los restantes elementos.

Aristóteles conserva el concepto organicista de la ciudad heredado de su maestro. La ciudad, como entidad perfecta y autárquica, necesita diversos elementos para poder desempeñar toda la variedad de sus funciones. En ella debe haber:

1º. Labradores que le proporcionen alimentos;

2º. Artesanos que practiquen los oficios manuales;

3º. Braceros y mercaderes que procuren en abundancia los recursos necesarios para la vida de la ciudad y que la aprovisionen en caso de guerra;

4º. Defensores o soldados que tengan a cargo su defensa,

5º. Sacerdotes que ejerzan las funciones de culto a los dioses;

6º. Jueces y magistrados que la gobiernen y administren justicia.

Pero esa vida perfecta y feliz, conforme a la virtud, que Aristóteles señala como fin de la comunidad política, no la entiende más que para los ciudadanos libres. Y Aristóteles no concede el derecho de ciudadanía a todos los elementos que componen la ciudad. No sólo excluye a los esclavos, a los periecos, a los metecos y a las mujeres, sino también a los artesanos, a los mercaderes y a los labradores, que, según él, es preferible que sean esclavos. En la categoría de ciudadanos libres entran solamente las tres clases superiores: los guerreros, los sacerdotes y los magistrados. “Ellos son los ciudadanos, ya que los obreros no participan de la ciudad ni ninguna otra clase que no sea “productora” de virtud”. Contrariamente a la prescripción platónica, a éstos corresponderá tener la propiedad, que no deberá ser común, aunque en la práctica deberá hacerse de ella, amistosamente, un uso común.

Esta interferencia del bien ético con el bien político lleva a Aristóteles a establecer en el orden político una escala jerárquica de bienes paralela a la que establece en el orden ético:

1º. Los bienes materiales y las artes prácticas, que están subordinados a

2º. Los bienes morales producidos por las virtudes prácticas. Y éstos, a su vez, a

3º. Los bienes intelectuales, que se alcanzan mediante el ejercicio de la especulación y de la sabiduría.

La vida perfecta y feliz conforme a la virtud requiere en Aristóteles una base económica suficiente para verse libre de la preocupación del trabajo cotidiano. “la vida mejor, tanto para el individuo aislado como en común para las ciudades, es la que va acompañada de una virtud suficientemente dotada de recursos para participar en acciones virtuosas”. Los esclavos son quienes deben trabajar, para que huelguen los ciudadanos libres y puedan dedicarse a la Filosofía. Requiere además ocio o tiempo libre para poderlo consagrar al estudio y a la investigación de las ciencias teóricas, especialmente de las más altas.

En su ética a Nicómaco donde indica las cualidades para lograr la felicidad, según él, esas condiciones, en las mujeres, en los esclavos (de quienes tiene conceptos peyorativos), ni en artesanos, ni labradores. El vivir bien, la perfección y la felicidad que el hombre aspira a conseguir mediante su agrupación en la comunidad política no son para todos ni están al alcance de todos. Del Bien común, que Aristóteles señala como fin propio y específico de la comunidad política, queda excluida la mayor parte de los elementos que integran la ciudad, pues en realidad sólo pueden aspirar a él los ciudadanos libres, es decir, los que poseen suficientes bienes de fortuna para no tener que sujetarse a un trabajo necesario y disponen de medios, de tiempo y de ocio para consagrarse a las actividades superiores de la virtud, que son las que corresponden al ejercicio de la contemplación intelectual.

Con lo cual tendríamos el bien de la ciudad, en realidad, se convierte en el bien de una clase particular, pues beneficia principal, si no exclusivamente, a una exigua minoría de ciudadanos; y que la última finalidad de la asociación política tendería a hacer posible la contemplación científica de unos cuantos privilegiados, que serían los únicos capaces de alcanzar ese ideal de virtud y de felicidad. A la gran mayoría de los miembros de la polis solamente le tocarían, como de rechazo, algunos relieves dispersos de ese bien que se propone como propio de la ciudad y como ≪común≫ para todos. Es, por lo tanto, un ideal político aristocrático y limitado, muy semejante al que aparece en la Republica de Platón.

 

  1. La ley.

 

De la misma naturaleza que impulsa a los hombres a agruparse en sociedad brotan las normas fundamentales que deben regir la comunidad política. La vida social tiene un fundamento natural, anterior a las costumbres y a las leyes positivas.

La ley positiva tiene su fundamento en la costumbre. Por esto, aunque algunas veces llegue a ser necesario cambiarlas, sin embargo, ≪es malo acostumbrar a los ciudadanos a mudar las leyes≫, porque ≪la ley no tiene ninguna fuerza para ser obedecida, a no ser por la costumbre, y esta no se forma sino con el transcurso de largo tiempo, por lo cual la facilidad para cambiar las leyes existentes por otras nuevas es debilitar el poder de la ley≫.

El alcance de las leyes civiles es más bien negativo que positivo. Son una garantía contra la injusticia, pero de suyo carecen de poder efectivo para hacer justos y buenos a los ciudadanos. Todas las leyes deben ordenarse al mayor bien de la ciudad: ≪La justicia de la ley debe entenderse en el sentido de igualdad. Y lo que es igualmente justo es lo que beneficia a toda la ciudad y a la comunidad de ciudadanos≫.

Es mejor ser gobernados por leyes que por excelentes gobernantes, porque las leyes no están sujetas a las pasiones, mientras que los hombres, por muy excelentes que sean, pueden incurrir en ellas.

 

  1. La justicia.

 

Es la virtud fundamental que debe presidir y regular las relaciones de la ciudad con sus miembros, y de estos entre sí, así como la garantía del orden que debe reinar en la comunidad política.

 

  1. Ciudadanos y esclavos.

 

Para Aristóteles la ciudad es ≪una asociación de hombres libres≫. Ciudadano es el que ≪goza del poder de participar en el gobierno de la ciudad, en la administración de justicia y en la deliberación≫. De esta noción se deriva una limitación de los derechos de ciudadanía a una pequeña minoría de los miembros de la ciudad, quedando excluidos de ella en bloque las clases de los agricultores, artesanos y mercaderes. A estos corresponderán solamente las funciones inferiores, quedando reservadas las superiores para la clase de los que deberán ser guerreros en su juventud, magistrados y gobernantes en su edad madura, y sacerdotes en la ancianidad.

Además, Aristóteles vuelve a restablecer el concepto arcaico de esclavitud, que el mismo Platón había ya atenuado mucho, si no rechazado, en las Leyes. ≪Es evidente que unos hombres son libres por naturaleza y otros esclavos, y que para estos la esclavitud es una cosa justa y conveniente≫. ≪Desde su nacimiento, unos están destinados a mandar y otros están hechos para ser mandados≫. Los esclavos son ≪instrumentos vivientes≫, y lo son, no por ley civil ni por derecho de conquista en la guerra, sino por su propia naturaleza. El esclavo es propiedad del señor. Está dotado de razón, pero esta solo debe servirle para conocer la razón de su amo. No obstante, aunque al amo le corresponde mandar y al esclavo obedecer, los señores no deben abusar de su autoridad ni tratarlos con crueldad. El mismo Aristóteles en su testamento concedió la libertad a los esclavos que había tenido a su servicio.

 

  1. La guerra.

 

Es un medio violento para defender y obtener el derecho de una ciudad. Solamente puede justificarse por su finalidad. ≪El fin de la guerra es la paz≫. Pero no puede ser el ideal de ningún Estado, y de ninguna manera puede emplearse como medio para abusar de la propia fuerza oprimiendo a los demás y arrebatándoles sus bienes.

 

  1. Comunismo.

 

Aristóteles critica severamente y rechaza con energía el comunismo de la Republica de Platón. Ni los bienes materiales, ni mucho menos las mujeres, pueden ser comunes a todos. Si bien el Estado debe regular cuidadosamente la excesiva acumulación de la riqueza en manos de unos pocos privilegiados.

Aristóteles no absorbe la familia ni los individuos en el Estado, sino que reconoce a ambos derechos naturales intangibles, que no quedan anulados por su subordinación dentro del fin general que corresponde a la ciudad.

 

  1. Formas de gobierno.

 

Aristóteles revela una profunda experiencia política y un amplio conocimiento de las constituciones (Πολιτείαι) de muchas ciudades. En el Liceo se reunió una colección de constituciones de 158 ciudades, y es evidente que un material tan rico se refleja en el tono de moderación, de madurez y sensatez que domina en la Política.

La Política de Aristóteles
forma de gobierno

La mejor forma de gobierno es aquella ≪en que gobiernan los mejores≫ y ≪la que más eficazmente contribuya al bien de la ciudad≫. ≪Cuando hay igualdad musical entre varios flautistas, no hay razón para que aquellos que nacieron en mejores cunas reciban las mejores flautas, porque no por eso tocaran mejor≫. ≪Las buenas formas de gobierno son aquellas en las que uno, unos cuantos o muchos administran con la vista puesta en el interés común. Mientras que los gobiernos con miras a los intereses particulares son viciosos, ya sean una persona, varias o muchas las que rijan los destinos públicos.

Pueden reducirse a tres tipos fundamentales:

1.° Monarquía, o gobierno de uno solo, en la cual distingue cinco clases:

una, la de: los tiempos heroicos, en que el rey era a la vez general, juez y sacerdote; otra, la de los pueblos barbaros, que es un poder hereditario, despótico y tiránico; otra, la aesymnetía, tiranía electiva de los antiguos griegos; otra, la monarquía espartana, que era una especie de generalato vitalicio, vinculado a una familia; y otra, la monarquía absoluta, en que el rey viene a representar en la ciudad unas funciones semejantes a las del padre de familia. 2.° Aristocracia (oligocracia), o gobierno de unos pocos.

3.º Democracia (policracia), o gobierno de muchos. El abuso del poder monárquico degenera en tiranía, que es el peor de todos. ≪Los unos tienen una

guardia de ciudadanos. Los otros, una guardia contra los ciudadanos≫. El del poder aristocrático, en oligarquía; y el del democrático, en demagogia. Es lo que sucede cuando los gobernantes anteponen sus bienes particulares al bien común de la ciudad.

Aristóteles, por su parte, manifiesta su preferencia hacia un régimen intermedio, ≪entre hombres libres e iguales≫, apoyado en la clase media, en la cual se equilibran los extremos entre los muy ricos y los muy pobres. ≪El justo medio es lo mejor en muchas cosas≫.

 

  1. Conclusión.

 

La identificación que hace Aristóteles del bien de la comunidad política con el bien ético que corresponde a cada individuo en particular, y sobre todo el predominio que tienen en su polis las clases superiores (resto de platonismo), le impiden llegar a una noción clara y precisa del bien común.

Esto es tanto más extraño cuanto que en su Política hallamos mencionados expresamente todos los elementos constitutivos del complejo concepto de bien común, y algunos de ellos maravillosamente definidos y desarrollados.

Encontramos el concepto de la unidad de la multitud en un orden orgánico regulado por la virtud de la justicia, que es la garantía y el fundamento de la armonía entre la diversidad de elementos integrantes de la comunidad política.

Encontramos el concepto de paz, estabilidad y seguridad como consecuencia del orden, y condición indispensable para la vida tranquila y feliz de los moradores de la ciudad.

El concepto de comunidad política, con vistas no solo a vivir ni a disfrutar de la convivencia de los semejantes, sino a vivir bien, con una vida holgada y suficientemente provista de los bienes necesarios (αύτάρκεια).

El concepto de lo que es propio del individuo, de la familia y de la comunidad, que le sirve precisamente de base para distinguir específicamente la Ética, la Economía y la Política como ciencias distintas.

La afirmación de que el bien común de la ciudad y el bien propio de cada persona singular no solo difieren entre si cuantitativamente, como lo poco y lo mucho, sino que se distinguen específicamente.

La afirmación de que la legitimidad de los diversos regímenes políticos se apoya en su interés por el bien común; mientras que la ilegitimidad de las formas degeneradas de gobierno proviene fundamentalmente de anteponer el interés propio al común.

El concepto de que los distintos elementos de la comunidad política deben armonizarse y reducirse a la unidad de una orientación común mediante la dirección rectora de un gobernante, cuyas virtudes fundamentales deben ser la prudencia (virtud intelectual), con sus tres modalidades: legislativa, deliberativa y ejecutiva, y con su coro de virtudes menores: la gnome, la synesis y la eubulia; y además de la justicia, virtud general, completada con la equidad, en cuya descripción brilla admirablemente el buen sentido de Aristóteles.

El concepto de una multitud, unida en el orden y en la paz, orientada a obrar bien y virtuosamente. El concepto de que, junto con el orden y la paz, la ciudad debe procurar proveer a sus miembros de la suficiente satisfacción de sus necesidades de orden material.

El concepto de ley, apoyada, por una parte, en la naturaleza y, por otra, en las costumbres tradicionales, como garantía de la conservación del orden y como orientación racional de los miembros de la comunidad a su perfección y su felicidad.

De todos estos elementos, que se hallan expresamente en Aristóteles, puede deducirse un concepto de bien común como fin y objeto de la comunidad política, en el cual entrarían: el orden estable y seguro, salvaguardado por la justicia, fundamento de la paz interna y externa, que hace posible la vida autárquica y virtuosa, y con ello la felicidad en este mundo para todos los miembros de la comunidad política.

Pero el desarrollo y la coordinación armónica de todos esos elementos, y con ello una noción clara del bien común como objeto de la comunidad, creemos que es vano buscarlo en la Política de Aristóteles. Hay que esperar varios siglos a que otros pensadores desentrañen la virtualidad de esos principios a la luz de la revelación cristiana.

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