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escuelas socráticas menores

Escuelas socráticas menores

Escuelas socráticas menores

Escuelas socráticas menores.
Escuelas socráticas menores.

Las escuelas socráticas menores podemos afirmar que Sócrates, sin pretenderlo, y quizá contra su voluntad, fue el iniciador del gran periodo de la Filosofía griega. El ejemplo de su vida y los gérmenes contenidos en sus enseñanzas fueron recogidos por sus discípulos, que se orientaron en varias direcciones distintas y hasta antagónicas. Esta misma diversidad es una prueba más de la complejidad de la persona del maestro y a la vez de la imprecisión de su doctrina.

Al círculo socrático pertenecieron Critias, Alcibludes, Inquines, Simmias, Cebes, Simón el Zapatero, Antístenes, Euclides, Arístipo, Fedón y Platón. Los cinco últimos fueron fundadores de escuelas que, cada una a su manera, pretenden continuar la dirección iniciada por el maestro común, No es fácil decir cual, entre todos sus sucesores, representa más genuinamente su espíritu y refleja sus enseñanzas con más fidelidad. Ya hemos visto que en la complicada cuestión socrática ninguno de los monumentos literarios que poseemos nos ha transmitido exactamente su verdadero retrato ni su pensamiento. Tenemos el Sócrates ≪visto≫ por los cómicos, por Jenofonte y por Platón, pero ninguno de ellos lo refleja tal como fue en la realidad. En todos hay un fondo de verdad y en todos también entra mucho de artificio literario. El Sócrates tal vez más conforme a la realidad resultaría combinando el que aparece en los primeros Diálogos de Platón con los rasgos del que nos describe Jenofonte, sin olvidar añadirle algunos retoques de la caricatura de Aristófanes.

Algo semejante ocurre con las escuelas que nacen bajo el influjo de su rica personalidad. Ninguna puede ser considerada como la continuación genuina de su pensamiento. Platón rebasa en todos los sentidos la modesta aportación filosófica de su maestro. Ni siquiera es exacto decir que su colosal construcción mental se contenía en germen en la estrechez del pensamiento socrático. Por mucho que se quiera extremar la influencia inicial de Sócrates, siempre queda muy por debajo de la magnitud de la obra realizada por el genio de su discípulo.

Por contraposición a la gran escuela platónica, se denominan ≪menores≫ las restantes que brotan de la fuente socrática, cuya importancia es muy inferior. Escaso interés ofrece la escuela de Elis, fundada por Fedón y continuada por Menedemo. Más importantes son la megárica, fundada por Euclides, y la hedonista de Aristipo, aunque duran poco tiempo. La de Antístenes, continuada por los cínicos, se prolonga, más o menos fusionada con el estoicismo, hasta muy entrada la era cristiana.

No debieron de ser muy cordiales las relaciones entre los discípulos de Sócrates después de la muerte del maestro. La doxografía nos ha conservado varias anécdotas en que aparece la hostilidad de Antistenes contra Platón. En varios diálogos platónicos se ha querido ver una réplica, o por lo menos alusiones, a sus condiscípulos: por ejemplo, en el Protágoras y en el Sofista, a Euclides; en el Filebo, a Aristipo; en el Eutidemo, el Cratilo y el Teeteto, a Antistenes, Pero las referencias no siempre son lo suficientemente claras para excluir toda duda. Las escuelas más opuestas entre sí son las de Antistenes y Aristipo. Pero tanto en la una como en la otra podemos apreciar rasgos auténticos de la personalidad socrática. En la de Aristipo podemos ver la tendencia de Sócrates al hedonismo y su procedimiento utilitarista, que aparecen claramente en los testimonios de Jenofonte y en los primeros Diálogos de Platón; y en la de Antistenes— que, dentro de sus excentricidades, es quizá la que más se aproximó al ejemplar de vida socrática, su austeridad de vida y su alta estima de la virtud, considerada como la cosa más preciosa del mundo.

En sus métodos de enseñanza y hasta en sus doctrinas los socráticos ≪menores≫ están más cerca de los sofistas que de Sócrates y de Platón. Adoptan una actitud sensista y empirista, rechazando no solo las ideas de Platón, sino toda clase de conceptos universales, en contra de la típica preocupación socrática. Desdeñan las ciencias teóricas y cultivan preferentemente el tema practico del bien, de la virtud y de la felicidad. En Política, los cínicos, con su cosmopolitismo, reflejan mejor que Platón y Aristóteles la profunda transformación que se produce en el mundo helénico después de las conquistas de Alejandro, rebasando el estrecho concepto de la polis tradicional, que aquellos continúan todavía manteniendo.

No es posible apreciar bien su valor, pues apenas queda nada de sus escritos y porque sus escuelas quedaron eclipsadas muy pronto ante el vigor de la Academia y del Liceo, y después por el estoicismo y el epicureísmo.

 

 

  1. Escuelas de Elis y Eretria

 

 

La primera fue fundada por Fedon, noble ciudadano de Elis, que fue hecho prisionero al ser tomada su ciudad por los atenienses y comprado y libertado por Criton. Fue muy estimado de Sócrates, después de cuya muerte se retiró a su

ciudad natal. Se han perdido sus dos diálogos Zopyro y Simon.

En sus doctrinas parece que daba gran importancia al poder reformador de la educación y de la virtud, poniendo a Sócrates, por ejemplo. Tuvo por discípulos a Pleistanos, Moschos y Archipylos.

Menedemo de Eretria (h.339/7-265-278) conoció en Megara a Asclepiades de Fliunte, discípulo de Estilpon, y en Elis a Moschos y Archipylos, a quienes sucedió en la dirección de la escuela, que traslado a su patria a fines del siglo IV.

No se conserva ningún escrito. Fue muy hábil en la Dialéctica, a la manera de los megáricos. Enseñaba una moral muy severa. Identificaba el Ser y el Bien, la Virtud y la Ciencia, y defendía la unidad de la virtud. Solamente existe una virtud

intelectual, que es la Sabiduría, de la cual las demás no son sino diferentes nombres.

 

 

  1. Escuela megárica

 

 

Fundada por Euclides (h.450-340), natural de Mégara. Después de la muerte de Sócrates retorno a su patria acompañado de un grupo de socráticos, entre los que iba Platón. Solamente se conserva un fragmento de una carta a un hermano suyo, en que le aconseja dominar la cólera.

Combinaba las doctrinas socráticas con las eleáticas, fusionando el Bien de Sócrates con el Ser uno e inmutable de Parménides quizá con el propósito de, buscar una base ontológica a la moral de su maestro. Con ese Ser-Uno-Bien identificaba asimismo la verdad, la sabiduría, la inteligencia y Dios, considerando

todas estas cosas nada más que como distintos nombres de una misma realidad. Negaba la pluralidad de las cosas y el movimiento. Lo que se mueve y cambia no existe. El movimiento es lo contrario al Bien, que es inmutable. La verdad no puede conocerse por los sentidos, sino solamente por la razón. No hay más que una sola virtud, aunque se designe con distintos nombres.

Combatió las Ideas de Platón, quien, al parecer, le contesto en el Sofista, refutando el eleatismo. Sustituyo el procedimiento socrático de disputa por analogías, adoptando el eleático de reducción al absurdo, sacando consecuencias de las afirmaciones del contrario.

Los megaricos fueron muy aficionados a las disputas, abusando de la erística hasta convertir la Filosofía en un formalismo ridículo.

Nada sabemos de Ichtyas, su discípulo y sucesor, como tampoco de Pasicles, Dioclides y Brysson. La figura más destacada de la escuela fue su tercer jefe, Es tilpon (h.380/370-300/290), natural de Megara y oyente de Antistenes en Atenas, donde enseno con gran éxito (h.320), atrayendo numerosos discípulos de otras escuelas. Expulsado por sus irreverencias hacia los dioses, volvió a su patria, donde fue estimado. Tuvo por. oyentes al estoico Zenón y al escéptico Pirron. Fue un gran disputador. Concebía el ser a la manera de los eleatas, como uno, eterno, material, indivisible e inmutable. Los sentidos y la imaginación nos engañan. Solamente podemos confiar en la razón. Combatió las Ideas de Platón. No existen géneros ni especies universales. Solamente existe lo singular actual. ≪Quien dice hombre dice ninguno, porque no dice este ni aquel≫. Negaba la predicabilidad de los conceptos, porque si los predicados se identifican con un sujeto, no pueden separarse de él ni aplicarse a otros; y si son distintos, no pueden aplicarse a ese sujeto. Puede decirse: el hombre es hombre, lo bueno es bueno; pero no el hombre es bueno.

En Moral sufrió la influencia de los cínicos, aunque sin incurrir en sus extravagancias y humanizando sus doctrinas. Enseñó la indiferencia hacia los bienes exteriores, la apatía, la insensibilidad y la supresión de todos los deseos como medios para lograr la paz interior a costa de la victoria del sabio sobre sí mismo. Cuando Demetrio Poliorcetes tomo Megara (308) y quiso restituirle lo que hubiera perdido en el saqueo de la ciudad, Estilpon contestó que no había perdido nada porque nadie le había robado su ciencia ni su elocuencia. Bastan la sabiduría y la virtud para proporcionar la felicidad. Desdeñaba el patriotismo y la piedad hacia los difuntos y despreciaba los convencionalismos sociales. Sutilizó mucho en la definición y clasificación de los pecados.

Los discípulos y sucesores de Estilpon exageraron la erística hasta convertir la Filosofía en un puro arte sofistico.

Diodoro (f 307). Natural de Jaso. Apodado Cronos por Tolomeo Soter. Murió de pesar por no haber sabido responder a unos argumentos de Estilpon. No admitía la posibilidad ni la potencia. Solo existe lo actual y presente. De dos cosas contradictorias solo es posible la que existe actualmente o la que llegara a existir necesariamente. Para demostrar que no existían los posibles empleaba el Discurso dominador. De la negación de la potencia deducía, lo mismo que los eleatas, la unidad del ser y la imposibilidad del movimiento.

Eubúlides de Mileto (s. IV). Adversario implacable de Aristóteles. Defendió la unidad y la inmutabilidad del ser, a la manera de los eleatas. Se le atribuyen varios argumentos, con los que trata de demostrar que no existe pluralidad ni movimiento, pues no es posible señalar el tránsito de una cosa a otra ni distinguir lo poco de lo mucho. Quitando o añadiendo unidades, con cada una de las cuales no se forma ni se deshace el todo, sin embargo, de su suma o sustracción se forma o se deshace el todo.

 

 

  • Escuela cínica

 

 

Antistenes (h.444-365 /370). Los cínicos atribuyeron a Antistenes la fundación de su escuela, con el propósito de hacerlo aparecer como eslabón para legitimar su ascendencia socrática. Aunque como verdadero fundador del cinismo debe considerarse a su oyente Diógenes de Sinope.

Antistenes fue natural de Atenas. Hijo de padre ateniense y de una esclava tracia. Fue discípulo de Gorgias (después de 427) y ejerció la profesión de rétor, a la manera de los sofistas. Conoció a Sócrates, cuyas lecciones iba a escuchar diariamente desde El Pireo. Asistió a su muerte y exagero su imitación hasta el ridículo, mereciendo el apodo de Sócrates demente. Solo quedan escasos fragmentos de sus obras.

Enseñaba en el gimnasio Kynosarges (sepulcro del perro), donde, bajo la advocación de Heracles, se reunían los proletarios atenienses y los extranjeros de baja condición. De aquí podría derivarse el calificativo de cínicos (perros = κύυες) con que más tarde fueron designados los continuadores de la tendencia iniciada por Antistenes. Es de notar que Aristóteles, que trata a Antistenes con mucha dureza, no emplea todavía esa denominación.

Dio a su enseñanza un tono agresivo, irónico e insolente. Se burlaba de la democracia ateniense y de las costumbres de sus contemporáneos. Despreciaba las artes, la Dialéctica y toda ciencia que no tuviera una utilidad práctica para conseguir la virtud y la felicidad. Escribió contra Platón un dialogo rechazando la teoría de las Ideas. Platón, a su vez, le acusa de haber traicionado la doctrina de Sócrates.

 

 

  1. Ontología.

 

Negaba los conceptos universales y solamente admitía la realidad de lo particular y concreto. No existe más que lo que puede ser percibido por los sentidos. El pensamiento se reduce a palabras. De las cosas solamente puede decirse su nombre propio, que es único para cada una. Tampoco se les puede aplicar ningún predicado. Puede decirse que ≪el hombre es hombre≫, pero no que ≪el hombre es bueno, malo≫, etc. Tampoco pueden definirse las esencias de las cosas ni sus primeros elementos, pues la definición es un discurso largo. Solamente puede decirse a que son semejantes, v.gr.: la plata es semejante al estaño. Los compuestos pueden definirse, pero solo enumerando los elementos que entran en su composición.

El pensamiento se reduce a palabras, que son materiales. El juicio y el raciocinio son imposibles, pues no se puede pasar de unos atributos a otros, ya que los atributos de cada cosa se identifican con su nombre propio. Guando se habla no es posible el error, la falsedad ni la contradicción, pues cada palabra no expresa más que una cosa, y esa cosa siempre es verdadera. Tampoco cabe la discusión, porque cuando dos discuten, o piensan la misma cosa, y entonces están de acuerdo, o piensan cosas distintas, y en ese caso tampoco es posible la discusión.

 

 

  1. Ética.

 

La Moral de Antistenes es una exageración del aspecto negativo de la doctrina de Sócrates. Se proponía el fin practico de conseguir la felicidad, y la hacía consistir en una vida tranquila, lograda mediante el ejercicio de la virtud, que es el único bien.

Es difícil distinguir la doctrina propia de Antistenes de la de los cínicos, que tomaron su nombre por bandera. Pero si parece cierto que estos exageraron hasta la grosería algunos rasgos de su predecesor. Y tanto en uno como en los otros perdura la misma imprecisión acerca del concepto de virtud, que, como Sócrates, nunca llegaron a definir con claridad.

La virtud basta por sí misma para proporcionar la felicidad. Puede enseñarse y aprenderse. Pero más que con teorías se alcanza con el ejercicio, con el esfuerzo y sobre todo con la imitación de los sabios. Para Antistenes el modelo perfecto era Sócrates, cuya fortaleza de ánimo consideraba suficiente para la virtud.

El ideal del sabio es la autosuficiencia, la independencia, que se logra con el dominio de sí mismo. El sabio no debe dejarse dominar por el atractivo de las riquezas ni de los placeres. El que se deja dominar por sus pasiones es como el que monta en un caballo desbocado, que no va a donde él quiere, sino a donde este le arrastra. ≪Los hombres tienen su riqueza y su pobreza, no en las cosas, sino en el alma≫. Combatió duramente a Aristipo, que ponía la felicidad en el placer: ≪Preferiría volverme loco antes que ser presa del placer≫. ≪Si tuviera a Afrodita en mi poder, la acribillaría a saetazos≫.

Condenaba la guerra, la política, las ambiciones y luchas entre los ciudadanos. Su ideal era la vida ≪natural≫, sin Estado, ni instituciones sociales, sin familia, con amor libre y comunismo de mujeres y sin el cuidado de la educación de los hijos. Para el sabio no hay patria, ni leyes, ni familia, ni diferencia de clases. Sus hermanos y parientes son todos los hombres.

Rechazaba los dioses nacionales de la religión oficial. ≪Los dioses son muchos según la ley, pero uno según la naturaleza≫. El mejor culto de ese Dios no son los templos, ni las oraciones, ni los sacrificios, sino la virtud>.

El verdadero padre del cinismo es Diógenes (413-324). Natural de Sinope, en las costas del mar Negro. Hijo de un falsificador de moneda. Huyó de su patria y se refugió en Atenas. Por sus extravagancias, con las que dio a la Filosofía un tono desgarrado y populachero, llevado hasta extremos repulsivos, mereció el calificativo de ≪can≫. Acentuó la indiferencia de Antistenes, convirtiéndola en desprecio de todas las cosas convencionales y artificiales. Hacía gala de practicar una vida rigurosamente ≪natural≫, imitando a los animales, contraponiendo la vida de estos y la de los bárbaros a la de los griegos. Andaba sucio y desgreñado, sin lavarse ni afeitarse. No usaba túnica, y por todo vestido llevaba un manto doble (tribón), un palo y un zurrón de mendigo, indumentaria que llego a ser una especie de uniforme de los filósofos. Comía carne cruda. Bebía en un pequeño cubilete, hasta que viendo a un niño beber en la palma de la mano arrojo su vaso como cosa innecesaria. Tenía un tonel por habitación. Despreciaba todo pudor y satisfacía sus necesidades en cualquier lugar. De esta manera pretendía endurecer su cuerpo por medio de las privaciones y la fatiga, para lograr la libertad completa del espíritu con la indiferencia hacia todas las cosas, en lo cual ponía la virtud y la felicidad. Tomo por modelo a Heracles, ≪a cuya semejanza he domado fortísimos atletas y bestias ferocísimas: la ignominia, la ira, el temor, el deseo, el placer, que es el más cruel y engañoso de todos≫.

Para demostrar su desprecio hacia sus conciudadanos, salió en pleno día por las calles de Atenas con una linterna en la mano ≪buscando un hombre≫, Frecuentaba la compañía de malvados y prostitutas, diciendo que ≪los médicos están en compañía de los enfermos y no se contagian≫. Se mofaba de las ciencias, de las artes, de la religión y de todas las instituciones sociales. Solo admitía la ≪educación≫ cínica, que es ≪para los jóvenes, prudencia; para los viejos, consuelo; para los pobres, riqueza, y para los ricos, ornato≫.

El cinismo no es un sistema filosófico, pues carece de fondo doctrinal positivo. Es más bien un movimiento esencialmente negativo, subversivo y demoledor, de oposición a todos los valores sociales y culturales, a los refinamientos y complicaciones de la vida ciudadana, que trata de sustituir por la pretendida sencillez de la vida ≪natural≫. Los cínicos, basándose en la contraposición de los sofistas entre lo ≪natural≫ y lo ≪civil≫, se anticiparon a las apologías roussonianas de la vida salvaje, pero sin su carácter sentimentaloide. Para ellos, el ≪sabio≫ debe ser insensible a todo, menospreciar los respetos humanos y las opiniones comunes, libertarse de todos los deseos y de todas las necesidades. Debe ser absolutamente libre, y para ello debe retornar a la vida natural, prescindiendo de todas las leyes civiles y de todos los artificios sociales, que no son más que convencionalismos, de donde provienen las luchas políticas, las ambiciones y las guerras.

Todos los hombres son hermanos, y no debe haber distinción de clases sociales, ni menos aún esclavos. El sabio no debe tener familia ni preocuparse del cuidado de la mujer y de los hijos, que deben ser comunes. El sabio no tiene más patria que el mundo. Diógenes se calificaba a si mismo de cosmopolita.

Los cínicos, más que filósofos, fueron agitadores populares, que no combatían con argumentos racionales ni oponiendo su doctrina a otras escuelas, sino con las armas de la ironía, del ingenio mordaz, de la burla muchas veces soez, de las gracias salpicadas de sal gorda. Unían su ostentosa austeridad de vida conforme a la ≪naturaleza≫ con la impudencia más desvergonzada, y con un descarado hedonismo.

Combinaban su desprecio hacia el vulgo con un orgulloso sentimiento de la autarquía del sabio. Pero el cinismo no tuvo tampoco el carácter de una revolución social proletaria. Sus representantes fueron considerados más bien como tipos pintorescos, cuyas extravagancias y ridiculeces no fueron tomadas demasiado en serio.

 

 

  1. Escuela cirenaica

 

 

Fue fundada por Aristipo (h.435-360), natural de Cirene, colonia dórica en Libia. Llego a Atenas hacia 416. Asistió a las lecciones de Protágoras y ejerció la enseñanza como sofista. Conoció a Sócrates, formando parte de su círculo hasta la muerte del maestro, después de la cual abandono Atenas y abrió escuela en su patria. Viajó por Egina, Siracusa, donde vivió en la corte de Dionisio, muriendo al parecer en Lipari. No se conserva nada de sus obras: Historia de Libia, seis Diatribas y veinticinco diálogos.

Aristipo marca una orientación doctrinal contrapuesta a la de Antistenes, de quien fue enemigo. Tampoco simpatizo con Platón, quien lo llamaba ≪el refinado≫. Su actitud filosófica está inspirada por el desdén -de abolengo socrático- hacia la Lógica, la Física y las Matemáticas, que consideraba inútiles, porque en ellas no se habla de bienes ni de males. Solamente le preocupa la cuestión práctica de hallar la felicidad en la presente vida, tomando como base una orientación esencialmente materialista, sensista, relativista y fenomenista, que más que a las enseñanzas socráticas corresponde a las doctrinas sofisticas de Protágoras y Prodicos.

 

 

  1. Ontología.

 

Según Aristipo no hay nada absoluto. Todo es relativo. No existe ningún criterio universal de verdad valido para todos los hombres. Solamente existen criterios individuales para cada uno, que consisten en la sensación, la cual se reduce a puro movimiento mecánico. Solamente percibimos apariencias, pero no sabemos lo que hay debajo de ellas. Los objetos, para nosotros, no son más que agrupaciones de sensaciones. No nos engañamos respecto a las sensaciones que experimentamos. Pero si cuando por ellas pretendemos juzgar de lo que son en sí mismas las cosas exteriores. Los nombres comunes que utilizamos no tienen más que un valor convencional.

 

 

  1. Ética.

 

A esta ontología sensista y relativista corresponde su doctrina del Bien, en la que defiende un hedonismo mucho más grosero y radical que el de Epicuro. La vida practica debe regularse por las sensaciones. Pero hay que saber distinguir y elegir entre ellas. Las sensaciones se dividen en agradables, dolorosas e intermedias. Las primeras son buenas, las segundas malas y las terceras indiferentes≫ porque no causan placer ni dolor.

El sumo Bien de la vida consiste en el placer sensible y actual, que es un movimiento dulce, suave y ligero, a diferencia del dolor, que es un movimiento violento. El placer no debe ser simplemente imaginado como futuro, ni tampoco basta el placer pasado, recordado por la memoria, sino que debe ser actual, experimentado en el momento presente.

Como los placeres corporales son los más intensos, son, por lo tanto, los más deseables, y deben preferirse a todos los demás. No importa la causa de donde pueda provenir el placer, pues es un bien natural que no debe sujetarse a las leyes establecidas convencionalmente por los hombres.

La sabiduría y la virtud consisten en buscar los medios para procurarse la mayor cantidad posible de placer. No existe más que la vida presente, y el ≪sabio≫ debe aprovecharla para disfrutar de ella lo más posible mientras dure.

Uno de los pocos vestigios socráticos que quedan en Aristipo es el concepto de la razón reguladora de la vida. La vida practica debe ser regida por la prudencia. Pero le da un sentido puramente utilitarista, de cálculo, para discernir en cada momento los placeres que pueden proporcionar un goce más intenso, sin mezcla de dolor, y para prever las posibles consecuencias desagradables.

Como todo es relativo y contingente, el sabio debe acomodarse a las circunstancias. Pero manteniendo siempre su libertad interior y su tranquilidad. Debe dominar los placeres y no dejarse dominar por ellos.

Lo mismo que los sofistas, contraponía la naturaleza (φύσις) a las leyes establecidas por los hombres. Nada es por naturaleza justo ni injusto, honesto ni torpe. Esas son distinciones convencionales que provienen de las leyes positivas de cada ciudad. No obstante, la prudencia aconseja que el sabio acomode su conducta a las costumbres establecidas, especialmente a las leyes penales. Patria, matrimonio y familia son también convencionalismos de los cuales el sabio no se debe preocupar.

Aristipo adoptaba la misma actitud de indiferentismo religioso que hemos visto en Protágoras, y que acentuaran todavía más sus sucesores Evemero y Teodoro el Ateo. Los dioses no intervienen en los asuntos humanos. La religión es cosa que les atañe a ellos y no a los hombres.

Teodoro (s. IV – III). Hijo de Aristipo el Joven y maestro de Bion de Boristenes. Parece que fue expulsado de Atenas por haber negado no solo la existencia de los dioses de la mitología, sino de toda divinidad, Fue apodado el ateo. Consideraba los dioses como convencionalismos humanos o invenciones para atemorizar a los hombres que no son capaces de regir su vida por la razón. En su doctrina moral tiene muchas coincidencias con los cínicos. El placer no es el sumo bien, sino cuando va acompañado de la ciencia y de la prudencia que deben regularlo. La ciencia es lo más agradable, y es deseable por sí misma. El sumo mal es la estulticia. Nada hay torpe ni honesto por naturaleza. El sabio, si llega la ocasión, puede cometer hurtos, adulterios y sacrilegios, que solo son cosas malas en la opinión de los ignorantes.

El sabio no necesita amigos. Es independiente y se basta a sí mismo. Para ser feliz es preciso libertarse de la patria. La única patria del sabio es el Universo. Lo mismo da pudrirse encima que debajo de la tierra.

Aunque no sea del todo cierto que Evemero de Messenia (h.317-297) haya pertenecido a la escuela cirenaica, sin embargo, su escrito ιερά αναγραφή significa también una actitud negativa frente a la religión. Evemero no negaba la existencia de toda divinidad. Pero explicaba el origen de los dioses de la mitología atribuyéndolo al hecho de que algunos hombres antiguos, ilustres por su sabiduría, por su poder o por sus hazañas, habían llegado a ser considerados como divinidades.

Hegesias (s. IV – III) se caracterizó por su actitud negativa y pesimista ante el problema del bien. Consideraba imposible la felicidad, por los muchos males que afligen tanto al cuerpo como al alma. El placer no es más que ausencia de dolor. El sabio, más que en buscar bienes, debe esforzarse por evitar los males. Debe permanecer indiferente ante todas las cosas, incluso ante la misma vida. Enseñaba la inmortalidad del alma, encontrar la verdadera tranquilidad. De aquí provino su apodo de ≪aconsejador de la muerte≫.

Aconsejaba la benevolencia hacia los demás, pues el que peca no lo hace voluntariamente, sino arrastrado por la pasión. No se debe odiar al pecador, sino educarlo. No obstante, el sabio no debe hacer nada por los demás, sino solo por sí mismo, pues debe estimarse a si por encima de todas las cosas.

Sus discursos aconsejando la muerte parece que fueron causa de tal cantidad de suicidios en Alejandría, que Tolomeo Lago tuvo que expulsarlo de la ciudad. Parece que el mismo puso en práctica sus propias teorías.

Anniceris (h.300-280), que no debe confundirse con su homónimo que rescato a Platón, representa una actitud contraria a la de Hegesias. Revaloriza el aspecto positivo del bien. El placer no consiste solamente en la ausencia del dolor, sino en algo real. El placer proviene de la acción. No hay un fin general para toda la vida, sino tantos fines particulares cuantas sean las acciones, a cada una de las cuales le corresponde su propio placer. Pero este no hay que buscarlo solamente en las acciones propias de los sentidos, sino principalmente en cosas superiores, como son el amor, la amistad y el trato social. La amistad debe cultivarse, no solo por el interés, sino incluso cuando exija sacrificios, que deben sufrirse de buena gana por los amigos. Deben fomentarse los sentimientos de gratitud, de piedad y de reverencia hacia los padres y el servicio de la patria, en todo lo cual se hallan placeres preferibles a los que provienen de los sentidos.

 

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