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Platón

La Teoría de las Ideas.

La Teoría de las Ideas.

El Ser.

La Teoría de las Ideas.
La Teoría de las Ideas.

Desarrollo del pensamiento platónico sobre las Ideas a través de los «Diálogos».

La Teoría de las Ideas: eje central del Pensamiento Platónico.

La teoría de las Ideas constituye el eje central del desarrollo del pensamiento platónico. Aunque a lo largo de su vida la reviste de diversas modalidades, Platón no la abandonó jamás. En ella van implícitos todos los problemas planteados por el pluralismo de los pitagóricos, el movilismo de Heráclito y el monismo estático de los eléatas. Platón trata de superar las antítesis entre lo uno y lo múltiple, lo móvil y lo inmóvil, lo contingente y lo necesario, lo relativo y lo absoluto, el ser y el no-ser. Con esa teoría pretende dar una respuesta a los grandes problemas del ser, de la ciencia y de la verdad, salvando por una parte la multiplicidad real de las cosas y la realidad del movimiento, pero buscando a la vez el fundamento del ser, de la verdad y de la ciencia en objetos fijos, estables y absolutos por encima de la movilidad, la impermanencia y la contingencia de las cosas del mundo que perciben los sentidos.

 

La Influencia de Heráclito.

La influencia de Heráclito, a través de Cratilo, dejó para siempre en Platón un profundo sentimiento de la movilidad, la impermanencia, la contingencia y la no-realidad de las entidades del mundo físico. No es posible tener un conocimiento científico y cierto de semejantes entidades, porque la ciencia requiere objetos fijos, estables y permanentes por encima de toda mutación, Por esto los objetos de la ciencia no pueden ser conocidos por los sentidos, sino solamente por el entendimiento.

Sócrates había hallado el verdadero camino para la solución del problema de la ciencia con su método inductivo, mediante el cual la inteligencia se eleva por encima de lo móvil, de lo particular y contingente, llegando a la formación de conceptos universales, los cuales, en el orden lógico, tienen la suficiente fijeza, firmeza, estabilidad y necesidad para constituir objetos de conocimiento verdaderamente científico. Existen, muchas cosas bellas. Pero del conocimiento de una pluralidad de seres dotados de esa misma cualidad, la inteligencia forma, por abstracción, un concepto universal, la belleza, que se aplica y se realiza en todos ellos. Es el método que Platón emplea en sus primeros Diálogos, aplicándolo, como su maestro, especialmente a objetos de orden moral. En el Eutifrón deduce el concepto de «santidad»; en el Lisis, el de «bien»; en el Gorgias, el de «justicia”, etc.

De los «conceptos» socráticos a las Ideas subsistentes.

Pero Platón hace sufrir muy pronto una profunda transformación a los conceptos socráticos. Vio claramente que la existencia de seres múltiples, contingentes, mudables y relativos postula necesariamente la de una realidad fija, estable y absoluta. Y cree hallar la solución del problema atribuyendo a esos conceptos no sólo valor mental, lógico y abstracto, basado en la realidad, sino también valor ontológico, considerándolos como entidades reales subsistentes, situadas en un mundo superior al físico que perciben los sentidos. De esta manera la realidad quedará dividida en dos mundos distintos y contrapuestos; por una parte, el mundo superior, invisible, eterno e inmutable de las Ideas subsistentes, y por otra, el universo físico, visible, material, sujeto al cambio y a la mutación. Esos dos mundos se contraponen, no como lo abstracto a lo concreto, sino como lo perfecto a lo imperfecto en el orden ontológico. El mundo «ideal” es el reino de lo concreto, de lo definido, de lo medido, de la realidad fija y estable, mientras que el mundo físico es el de lo indefinido, de lo no medido, de la génesis y de la mutación. Por esto la palabra «idea” implica un equívoco, porque entre ambos mundos, sensible e inteligible, hay una separación total y una discontinuidad no sólo mental, sino ontológica. Las «Ideas» de Animal y de Hombre, por ejemplo, son más reales que los individuos que de ellas participan.

La Teoría de las Ideas.
La Teoría de las Ideas.

El Mundo Ideal.

  1. a) Hippias mayor. los primeros indicios de esta modalidad del pensamiento platónico aparecen en el Hippias mayor. Sócrates comienza preguntando: qué es lo bello, y ante la respuesta del sofista: «lo bello es una joven hermosa, prosigue inquiriendo si existe la belleza en misma «Si existe una joven hermosa, es que existe la belleza por la cual las cosas son bellas». Esta afirmación, aunque todavía no desprendida completamente del conceptualismo socrático, equivale ya a establecer una gradación de bellezas particulares, escalonadas jerárquicamente hasta llegar a una realidad que sea la belleza en sí misma. Con esto el concepto lógico de belleza comienza a dejar de ser una pura abstracción, mental para empezar a convertirse en una realidad ontológica,
    b) Menón. En el Menón se presenta la «reminiscencia» como una prueba experimental de la preexistencia de las almas y de la realidad de otro mundo en el cual han contemplado las entidades que constituyen el objeto de la ciencia. Es una aplicación de la psicología pitagórica, en la cual trata Platón de buscar un fundamento a su creencia en la existencia de un mundo transcendente.
  2. c) Los prolijos análisis etimológicos del Cratilo tienen por objeto hacer ver que es imposible establecer firmemente una ciencia del lenguaje sobre los principios del heraclitismo, y además que tampoco basta la ciencia del lenguaje para dar razón de las cosas significadas. Como solución del problema sugiere Platón la existencia de realidades permanentes, inmutables y siempre idénticas por encima del fluir de las cosas particulares del mundo físico, las cuales sirvan de fundamento al conocimiento científico. «No puede haber conocimiento si todo se transforma y nada permanece».

Desde el Cratilo el pensamiento platónico comienza a polarizarse en dos extremos: arriba, en una región todavía indefinida, lo estático, lo inmutable, la quietud, las esencias, los modelos; y abajo, en el mundo físico, el movimiento, el cambio, el dinamismo, la pluralidad, las imágenes.

  1. d) Banquete. El Banquete marca un avance muy importante. Platón, aunque todavía no emplea la palabra Idea determina claramente su pensamiento a propósito de la Belleza. El amor (eros) conduce al filósofo hasta la única verdadera ciencia, que consiste en la contemplación de la Belleza en sí, que es una realidad subsistente, objetiva, transcendente, eterna inmutable, que no nace ni perece, autosuficiente, simple, incorpórea, divina y que diviniza al hombre que la posee, vínculo de toda la realidad, modelo del cual participan todas las cosas bellas. En el Banquete no menciona Platón más Ideas, pero los caracteres que asigna a la de Belleza serán los mismos que aplicará a todas las demás. Aparecen también dos nociones importantísimas, que son las de imitación y de participación, cuyas funciones detallará en Diálogos sucesivos.

 

Mundo Visible y Mundo Invisible.

  1. e) Fedón. Hasta ahora solamente tenemos expresamente mencionadas dos entidades subsistentes: el Bien y la Belleza en el Cratilo y la Belleza en el En el Fedón aumenta el número de Ideas y se precisan más sus caracteres. Da por supuesta la teoría como doctrina corriente en su escuela y emplea ya de manera habitual la palabra eidos. Además de la Belleza y del Bien, aparecen las Ideas de Justicia, de Santidad, de Grande y Pequeño, de Igual y Desigual, de Díada y de varios números.

Platón afirma ya con toda claridad la existencia de dos mundos, uno visible y otro invisible, a cada uno de los cuales pertenecen clases distintas de seres con caracteres opuestos:
Las entidades del mundo invisible son eternas, divinas, inmutables, inteligibles, simples, uniformes, indisolubles, inopinables. Son la verdadera causa de todas las demás cosas. Es el mundo del ser purísimo, Las esencias que a él pertenecen tienen toda cuanta realidad es posible tener, son verdaderamente aquello que es. Son las esencias mismas que definimos como existentes. Conociendo esas realidades, el alma conoce verdaderamente el ser.

 

El Mundo visible, pertenece a la Opinión.

Por el contrario, el mundo visible es mudable y pertenece a la opinión. En él andamos como en tinieblas. Todo cuanto tiene de ser lo recibe por participación de las realidades del mundo superior, a las cuales es semejante.

En el Fedón formula Platón varios argumentos para demostrar la existencia del mundo suprasensible. EI principal es de tipo psicológico, invocando el hecho de la reminiscencia. El alma, antes de unirse al cuerpo, contempló en otra vida anterior las realidades del mundo ideal. Pero, aunque al descender
a este mundo olvida su conocimiento, no obstante, queda como latente en ella toda su ciencia anterior, que, despertada por las impresiones de los sentidos, puede volver a reconstruirla mediante el raciocinio, superando las imágenes y desprendiéndose de la cárcel del cuerpo mediante la práctica ascética de la virtud. Otro argumento es la existencia de la ciencia; que reclama objetos fijos, estables, distintos, inmutables; incorruptibles, puros seres, tal como los percibe la inteligencia. La misma conclusión se deduce de la coexistencia de los contrarios en el mundo sensible, que Platón explica asignando a cada uno esencias subsistentes en un mundo suprasensible; las cosas son grandes y pequeñas y se oponen entre sí; pero la grande y lo pequeña son Ideas subsistentes, distintas, pero no contrarias.

 

Mundo Invisible, la Idea de Bien.

En el Fedón tenemos ya claramente definidas la existencia y la naturaleza de las entidades pertenecientes al mundo ideal, con caracteres contrapuestos a las del mundo físico sensible. Pero, aunque aparece ya esbozada la primacía de la Idea de Bien, que suplanta a la Belleza del Banquete, y a la que presenta como único Atlante que tiene fuerza para ligar, abrazar y sostener todos los seres, sin embargo, las Ideas permanecen todavía a manera de mónadas, al mismo nivel y sin coordinación jerárquica entre sí. Son distintas y concomitantes, y la influencia sobre el ser y la finalidad de las cosas se distribuye entre ellas por igual. Tampoco se precisa la naturaleza de sus relaciones con los seres del mundo sensible, aunque ya aparecen las palabras que más adelante servirán para expresarlas.

 

La Dialéctica.

  1. f) República. La doctrina de las Ideas no aparece mencionada en los primeros libros del República ni tampoco figura la Dialéctica en el programa de educación, Pero a partir del libro V se desarrollan aún más los conceptos que hemos visto en el Fedón. Se delimita claramente la contraposición entre los dos mundos. Por una parte, el mundo ideal, que es el mundo. del ser perfecto, al cual pertenecen todas las realidades subsistentes, eternas, inmutables, imperecederas, invisibles y puras, el cual constituye el objeto de la ciencia suprema, que es la Dialéctica. Y por otra, el mundo físico visible, intermedio entre el ser y el no-ser, envuelto en tinieblas, semejante a una caverna, en la cual se encuentran los hombres como desterrados y prisioneros, pudiendo solamente conocer las sombras, las semejanzas, los fantasmas, las imágenes oscuras de las realidades del mundo superior.

En el República aparece un esbozo de ordenación jerárquica a manera de una monarquía, en que, por encima de toda la multitud de Ideas, destacan especialmente dos, que son las de Justicia y de Belleza, y por encima de todas la Idea Suprema, que es la de Bien, en la cual se condensa toda la plenitud del ser y de la perfección.

La primacía del Bien, ya sugerida en el Fedón, se consolida definitivamente en el República. Es la Idea de las Ideas, la causa, el fin y la razón última del ser, de la verdad y la fuente del conocimiento de todas las cosas. Es el más excelente de todos los seres, la cumbre del ser y de la inteligibilidad, el término último de todo proceso intelectivo. La parte más brillante del ser. Lo más dichoso de cuanto existe. No tiene esencia, pues está más allá de la esencia. Es la fuente del ser y de la esencia de las cosas. Aunque estas expresiones no hay que entenderlas en sentido estricto de causalidad eficiente y creadora, sino más bien como un influjo difuso de coordinación entre los distintos seres del universo, o como una propiedad que se encuentra en todos los seres, tanto del mundo sensible como del inteligible, y que los abraza y liga en un vínculo común. Es el objeto más sublime de conocimiento, y asociado a la Justicia y a las demás virtudes las hace útiles y beneficiosas. Es el sol del mundo de las Ideas, que está presente en todos los inteligibles, pero que los transciende a todos, permaneciendo distinto y separado de ellos: «En la región intelectiva es respecto del entendimiento y de los inteligibles, lo mismo que el sol en la región visible respecto de la vista y de las cosas visibles». «Lo que proporciona la verdad a los objetos del conocimiento y la facultad de conocer al cognoscente es la Idea de Bien, a la cual debes concebir como objeto del conocimiento, pero también como causa de la ciencia y de la verdad; y así, por muy hermosas que sean ambas cosas, el conocimiento y la verdad, juzgarás rectamente si consideras esa Idea como otra cosa distinta y más hermosa todavía que ellas».

 

La Idea de Bien da la Esencia y Existencia a todas las cosas.

Platón lleva hasta el término el paralelo entre los «dos reyes» de los dos mundos, el sol del mundo visible, que produce la luz, por la cual podemos ver los colores, y que además da el ser, vivifica, fecunda y da el crecimiento a las cosas, y la Idea de Bien, sol del mundo inteligible, que no sólo produce la verdad y permite al ojo del alma ver las Ideas, sino que da la esencia y la existencia a todas las cosas, aunque él queda por encima y fuera de toda esencia. Es el que hace perfectas a las mismas Ideas, dándoles la plenitud del ser que les corresponde, y en este sentido, en cuanto que da la perfección y la plenitud del ser que corresponde a cada una, está en todas las cosas.

En los últimos confines del mundo inteligible está la Idea de Bien, la cual percibimos trabajosamente, pero una vez percibida, hay que concluir que ella es la causa de todas las cosas ordenadas y bellas, y que habiendo engendrado en el mundo visible la luz y al señor de ella en el mundo inteligible es ella la soberana y la que produce la verdad y el conocimiento».

 

Superación del Heraclitismo y del Eleatismo.

  1. g) El Fedro significa un nuevo esfuerzo de Platón para superar el heraclitismo y el eleatismo. Acentúa todavía más la distinción entre el mundo cósmico del movimiento, del hacerse y el mundo Hiperuranio inmutable de las Ideas.

El Ser no es uno, sino múltiple, y está representado principalmente por las Ideas, que son entidades estables, inmóviles, inmutables, simplicísimas, sin color ni figura, intangibles y puramente inteligibles. Son el ser realísimo, causa y fuente del ser de todas las demás cosas. Están situadas fuera del cielo.

Tampoco aquí determina Platón el número de Ideas. Menciona la Justicia, la Templanza, la Ciencia, el Pensamiento, pero sólo alude en especial a la Belleza, destacando su carácter ontológico, fulgurante, que envuelve en sus resplandores las cosas terrenas, y se hace sensible a la vista humana. Todas estas Ideas aparecen en la «llanura de la Verdad”.

Debajo del mundo de las Ideas, y dentro del mundo cósmico, existen las almas, las cuales son la fuente y el origen del movimiento. Son de varias clases: alma universal, dioses y almas humanas. Platón describe en forma mítica la cabalgata celeste de las almas, en carros tirados por caballos alados, que avanzan vertiginosamente con movimiento circular por las once esferas de los cielos, precedidas por los dioses, a cuyo frente va Zeus. La procesión divina llega hasta el extremo del cielo, y desde allí contempla las esencias supremas, las Ideas, que están situadas fuera, del cielo. Los dioses gozan permanentemente de su visión, pero las almas inferiores, cuyos carros son arrastrados por dos caballos, uno bueno y otro malo, pueden perderla, cuando el segundo prevalece sobre el primero.

La ciencia perfecta consiste en el conocimiento de las realidades del mundo superior. El alma «no cuidando de aquellas cosas que nosotros llamamos seres, se elevó al que es realmente ser”.

La relación entre el mundo de las Ideas y el de las cosas sensibles se expresa en el Fedro en términos de imitación. Las cosas del mundo físico son semejanzas, imágenes, imitaciones de las realidades verdaderas del mundo superior.

 

Si no hay Ideas, no hay Ciencia.

  1. h) El Donde Platón aborda expresamente el problema de la ciencia, ofrece el caso, aparentemente desconcertante, de no mencionar expresamente la Dialéctica ni la teoría de las Ideas. Pero lejos de abandonarlas, ese Diálogo constituye una contraprueba indirecta, negativa, ad absurdum, de su existencia, en cuanto que trata de hacer ver que, en la hipótesis de que exista solamente un mundo fenoménico, sensible, sin otro correspondiente de Ideas, no es posible dar solución al problema de la ciencia.

Ni la sola sensación de Protágoras, cuyo relativismo está inspirado en Heráclito, ni la opinión verdadera de los retóricos, ni el discurso racional de los matemáticos, que para Platón ocupa un lugar intermedio antes de la ciencia perfecta, bastan para constituir ciencia si no existen esencias reales trascendentes, que constituyan objetos estables de conocimiento, La conclusión del Teeteto es negativa, contra el sensismo y el relativismo de los sofistas, derivado de Heráclito. El saber que no trasciende lo sensible no puede llegar a la ciencia. De la doxa, cerrada sobre sí misma, no se puede pasar a la episteme. Tampoco son verdadera ciencia las Matemáticas, que para Platón solamente ocupan un lugar intermedio antes de la ciencia perfecta. De todo ello se deduce una conclusión implícita: Si no hay Ideas, no hay ciencia. De esta manera, el Teeteto constituye una demostración indirecta, pues, aunque no se mencionan expresamente las Ideas, sin embargo, se tienen siempre presentes, y se hace ver su necesidad al poner de manifiesto la insuficiencia de todos los demás procedimientos. Tras su conclusión negativa, es fácil entrever a la Dialéctica como la única ciencia que merece el nombre de tal.

 

¿Existen Ideas para cada cosa sensible?

  1. i) Parménides. La autenticidad del Parménides ha sido negada por algunos críticos, pues en él se da el caso, al parecer desconcertante, de que Platón hace una autocrítica implacable de su propia teoría de las Ideas, tal como aparece en los Diálogos que hasta ahora conocemos. Hay que descartar por completo que esas objeciones puedan provenir del joven Aristóteles, que entra en la Academia a sus diecisiete años, en 367, fecha aproximada en que fue compuesto el Parménides.

La discusión del Diálogo se abre, dando por supuesta la teoría de la realidad dividida en dos mundos distintos: uno el mundo sensible, al que pertenecen los seres corpóreos, móviles, en perpetuo fluir, sujetos al cambio, a la mutación y a la generación, y que más bien no son que son (heraclitismo) y otro, el mundo ideal, compuesto por esencias inteligibles, incorpóreas, estáticas, inmóviles, permanentes en sí mismas, privadas de acción y de pasión. Es el mundo del Ser, de la verdadera realidad (eleatismo).

El número de Ideas deben a ser igual al número de especies de cosas existentes en el mundo sensible. A cada naturaleza debería corresponder una Idea determinada. El joven Sócrates admite sin dificultad la existencia de Ideas de Justicia, de Belleza, de Bien, de Hombre, de Agua, de Fuego. Pero se resiste a conceder que las haya también de los objetos groseros o ridículos, por ejemplo, de los pelos, del cieno y de la suciedad. No obstante, en la respuesta de Parménides aparece clara la intención de Platón de extender el número de Ideas a toda clase de cosas.

Parménides dirige su ataque, en el supuesto de que existan dos mundos de realidades distintas y múltiples, haciendo ver las dificultades que implican las relaciones entre ambos, tanto si se conciben como participación corno si se entienden simplemente como imitación, y formula tres aporías:
1.° La participación es absurda, porque no puede ser ni total ni parcial. Suponiendo que las cosas participan de la Idea, o participan de toda ella entera, o solamente de una parte. Si lo primero, entonces la Idea se encuentra a la vez en muchas cosas distintas de ella. Si lo segundo, la Idea pierde su unidad, y queda dividida en tantas partes cuantas cosas participan de ella. En cualquiera de los dos casos, la Idea queda separada de sí misma y pierde su unidad esencial.

Parménides rechaza la semejanza que el joven Sócrates le opone tímidamente, comparando la Idea a la luz del sol, que está en muchos lugares a la vez, permaneciendo una e idéntica. Un velo extendido sobre muchas cosas no está todo en cada una, sino una parte de él en cada cosa. Asimismo, también en este supuesto, las Ideas se dividirían y perderían su unidad. La unidad participada no puede ser unidad.
2.° Argumento del «tercer hombre”. La Idea resulta de la reducción de la pluralidad a la unidad. Por ejemplo, la Idea de grandeza resulta de muchos objetos en los cuales vemos el carácter común de la magnitud. Ahora bien, tanto en el caso de la participación como en la imitación de la Idea y de las cosas, resulta una pluralidad, en que entra por una parte la Idea participada o imitada y por otra las cosas que resultan de la participación o de la indicación. Por lo tanto, esa pluralidad reclama ser reducida a unidad en una nueva Idea, la cual, a su, vez, dará origen a otra pluralidad y a una nueva unidad, y así hasta el infinito. En el caso de la grandeza, la Idea de grandeza y los objetos particulares constituyen una nueva pluralidad que hay que reducir a unidad en una nueva Idea, y de ésta y los objetos parciales, a su vez, otra, y así hasta el infinito.

Sócrates intenta eludir la dificultad, suprimiendo la realidad ontológica de las Ideas y reduciéndolas a puro pensamiento, a puros conceptos de la mente.
3.° Pero insiste Parménides, aun supuesta la existencia del mundo Ideal, las Ideas serian incognoscibles para los hombres del mundo sensible. El mundo Ideal y el mundo sensible no pueden tener entre sí ninguna relación. Serían paralelos, pero incomunicables. «Todo el que admita que a cada cosa corresponde una esencia en si debe admitir que ninguna de esas esencias existe en nosotros”. Las esencias de las Ideas se hallan en relación recíproca entre ellas mismas. Pero no en relación, ni por participación ni por imitación, con las cosas del mundo sensible. La ciencia en sí corresponde a los objetos en sí. Pero esa ciencia no pueden tenerla los hombres, puesto que no poseen en sí mismos las Formas del mundo ideal; solamente les corresponde la ciencia de objetos determinados de su propio mundo. Por lo tanto, la ciencia humana solamente es válida para el conocimiento de las cosas del mundo sensible, pero no para conocer las esencias del mundo ideal, Podemos conocer al dueño individual y al esclavo individual, pero no la Idea de «dueño ni la de esclavo”.

Por la misma razón Dios posee la ciencia de las esencias del mundo ideal, pero no puede conocer las cosas particulares del mundo sensible.

Mas, a pesar de las fuertes objeciones que se propone en el Parménides, y que deja sin resolver, Platón mantiene intacta su convicción: No puede haber ciencia si no existe un objeto estable y permanente. Y a continuación inicia una prueba ad absurdum, que sugiere el mismo Parménides, sustituyendo su hipótesis fundamental de que las Ideas existen, por la contraria, para hacer ver las consecuencias que de aquí se seguirían.

 

Superación del inmovilismo eléata.

  1. j) El Sofista marca la cumbre del pensamiento platónico en cuanto a la determinación de la naturaleza de las entidades del mundo ideal. Es fácil apreciar su relación con el Parménides y el esfuerzo que en él hace Platón para dar respuesta a las dificultades que allí quedaron sin resolver. Para lograrlo se ve obligado a introducir modificaciones muy notables en su concepto de ser, tal como aparece hasta ahora en los Diálogos anteriores.

En el Parménides había superado Platón definitivamente el movilismo de Heráclito, Ahora, en el Sofista, trata de liberarse del inmovilismo de los eléatas. Parménides había sintetizado su concepto del ser en su fórmula machacona: «El ser existe, el no-ser no existe». Con esto el Ser se convertía en una cosa rígida, inmóvil y compacta, que Zenón identificó con su propiedad fundamental de la unidad, negando toda multiplicidad real de los seres. De esta manera el eleatismo revestía la forma de un monismo total, El Ser es Uno y estático. No existe la pluralidad ni el movimiento.

Platón permaneció mucho tiempo bajo el influjo del eleatismo. En el Sofista realiza un esfuerzo para superar el eleatismo, en el cual van implícitos varios propósitos:

  1. a) salvar el grado correspondiente de realidad, aunque siempre imperfecta, de las entidades móviles particulares del mundo sensible, de suerte que no sean puras ilusiones de los sentidos, ni tampoco se unifiquen con la unidad de las Ideas. «Lo que cambia y el cambio son cosas reales»;
  2. b) buscar un principio para justificar la pluralidad de los seres, no sólo en el mundo físico, sino también en el ideal, afirmando la multiplicidad real de las Ideas;
  3. c) romper el estatismo y la inmovilidad de las entidades del mundo ideal, dándoles dinamismo, vida y pensamiento;
  4. d) hacer posible la comunicabilidad de las Ideas entre sí y con el mundo físico, pero manteniendo intacta su unidad fundamental.
    Platón procede contrastando entre sí las distintas posiciones de los filósofos anteriores:

1.°, la de las «musas jónicas y sicilianas» (Heráclito y Empédocles), para quienes el ser es uno y múltiple a la vez. Existe la pluralidad y el movimiento;

2.°, la de los eléatas (monismo estático), para quienes el ser es uno, entero y compacto. No existe la pluralidad ni el movimiento;

3.°, la de los «hijos de la tierra» en quienes personifica a los fisiólogos antiguos, materialistas, que reducían el ser a lo corpóreo y a lo que se percibe por los sentidos;

4.°, la de los «amigos de las Ideas», que reducen el ser a lo incorpóreo, en la cual el Extranjero de Elea representa la teoría tal como la ha sostenido Platón hasta este momento, bajo el doble influjo del heraclitismo y del eleatismo, es decir, la realidad dividida en dos sectores contrapuestos, por una parte, el mundo superior de las Ideas, esencias puras, inteligibles e incorpóreas, permanentes, inmutables, rígidas, estáticas, inmóviles, sin actividad ni pasividad, dotadas de la característica de la unidad, en las cuales se concentraba propiamente todo el ser, Con ellas se pone en comunicación el alma por medio de la razón. Por otra parte, el mundo físico sensible, integrado por entidades corpóreas, materiales, móviles, múltiples, impermanentes, sujetas al movimiento y al cambio, a la acción y a la pasión, siempre mudables y diferentes. Es el reino del hacerse, y por esto no pasan de ser sombras, apariencias, imágenes, imitaciones, participaciones de las realidades superiores. Más bien no son que son. Con ellas se pone en comunicación el cuerpo por medio de los sentidos.

 

El Ser: El Movimiento y la quietud.

Es decir, arriba, en el mundo ideal invisible, el Ser, la unidad y la quietud (eleatismo), y abajo, en el mundo sensible, el hacerse, la multiplicidad y el movimiento (heraclitismo). Sobre este concepto de la realidad, tal como resulta de los Diálogos anteriores, va a ejercerse implacablemente la autocrítica de Platón, introduciendo modificaciones muy importantes en su propia teoría.

En primer lugar, el Extranjero de Elea se enfrenta con el estatismo de las Ideas. Le resulta extraño que, siendo tan perfectas, estén privadas de vida, de alma, de pensamiento y movimiento. Unos seres tan perfectos, solemnes y sagrados
deben tener acción y pasión, vida, pensamiento y movimiento. Aquí comienza la modificación que introduce Platón, El ser no es puramente estático, rígido, cuantificado, anquilosado, como pretenden los eléatas, inmovilizadores del ser; ni tampoco puramente dinámico, como sostienen los partidarios de Heráclito, y con ellos los sofistas y los retóricos, sino que es a la vez estático y dinámico.

El movimiento y la quietud son dos géneros distintos y contrarios, pero ambos tienen de común otro tercer género, que es el ser, con el cual se comunican, aunque permaneciendo incomunicables e irreductibles entre sí. Con esto tenemos ya tres géneros supremos, que entran en la constitución de todas las cosas: el Ser, el movimiento y la quietud. El Ser se comunica a todos los géneros de seres, sin multiplicarse ni dividirse en sí mismo y sin perder su unidad intrínseca ni su identidad. Es el principio de adhesión de los seres y el de su unidad. Pero él mismo se mantiene separado.

Todas las cosas participan también del movimiento y de la quietud, dos géneros supremos que introducen la vida, el dinamismo y la actividad en el vínculo seno mismo del ser. Movimiento y quietud son cosas contrarias y, por lo tanto, no pueden comunicarse entre sí. Pero cada uno de ellos, independientemente, se comunica con el Ser.

Dando un paso más, hallamos que cada uno de esos tres géneros es idéntico a sí mismo y al mismo tiempo es diverso de los demás. Hay que añadir, por lo tanto, otros dos géneros, que dan razón de la unidad y de la diversidad de los seres: lo Idéntico, principio de la distinción interna, por el cual cada cosa permanece homogénea y compacta en sí misma, y lo Diverso, principio de distinción externa, por el cual cada cosa es diferenciada de todas las demás. Ninguno de ellos se confunde, ni menos se identifica con los tres anteriores, porque si se identificara con lo idéntico se suprimiría la diversidad, y si con lo diverso, se destruiría la identidad. Así, pues, cada cosa es idéntica en sí misma y diversa de las demás.

Platón prosigue estableciendo la noción de no-ser como realidad, atribuyéndole una función positiva semejante a la que le concedían los pitagóricos y los atomistas, Contra «nuestro padre Parménides, afirma el Forastero de Elea que «el no-ser existe en cierto modo y, a su vez, el ser puede no ser».

Cada uno de los cinco géneros mencionados puede decirse que es y que no es. Es, en cuanto que participa del ser, y en cuanto que es idéntico consigo mismo. Y no es, en cuanto que es diverso de todas las demás cosas de las cuales se distingue. El movimiento es, en cuanto que participa del Ser, pero no es la quietud. El mismo Ser, que es el género supremo, es en cuanto idéntico consigo mismo, y no es en cuanto diverso de todos los demás seres concretos, tanto del mundo ideal como del mundo físico, que son distintos de él por su misma diversidad.

De esta manera el no-ser adquiere un sentido ontológico positivo de género supremo, que se añade a los cinco precedentes. Es una realidad, no contraria, sino diversa del ser. «El no-ser no es lo contrario del ser, sino sólo diverso del ser”. Así, pues, el No-ser existe, y en unión con el género supremo de lo Diverso contribuye a constituir las cosas, distinguiéndolas y diferenciándolas unas de otras. Ejerce la función importantísima de separar y limitar cada uno de los seres, tanto del mundo ideal como del sensible, y de servir como substrato de todas las mutaciones del mundo corpóreo.

 

 

El Logos: el otro del Ser.

Por último, señala Platón otro género supremo, el Logos, que es «un otro del ser”, y al que hipostasia, atribuyéndole realidad y autonomía como ser subsistente. El Logos viene a ser como la trama o el complejo de relaciones posibles entre las Ideas, a cuyas combinaciones dialécticas en el orden mental corresponden otras semejantes en el orden de la realidad ontológica, de suerte que la norma lógica de la Dialéctica adquiere la categoría de norma y función ontológica.

A la Dialéctica, «la mayor de todas las ciencias» y ciencia de los hombres libres, le corresponde «dividir por géneros y no tomar por diversa una forma que es idéntica ni por idéntica una forma que es diversa; el que es capaz de ella puede percibir una idea única, esparcida en todos sentidos en una multitud de individuos, cada uno de los cuales permanece distinto; después, una multitud de Ideas, diferentes unas de otras y que están envueltas extrínsecamente en una Idea única; luego, una Idea única, recogida en la pluralidad de seres relacionados entre sí, y, finalmente, una multitud de Ideas absolutamente separadas unas de otras».

 

La Dialéctica, distingue y separa las Ideas entre sí.

Así, pues, la labor que corresponde a la Dialéctica consiste en saber distinguir y separar las Ideas entre sí, establecer sus divisiones en géneros y especies, y después en saberlas combinar, señalando cuáles son las que pueden comunicarse, teniendo en cuenta que no todas pueden combinarse, sino sólo aquellas que tienen afinidad unas con otras y que no implican contradicción.

Platón ilustra esto con ejemplos tomados de la gramática y de la música. Las palabras se forman con la combinación de letras, vocales y consonantes. Pero no todas las letras pueden combinarse indistintamente. Unas son afines y se combinan fácilmente, mientras que otras se repelen. Las vocales sirven de lazo de unión entre las consonantes. Cosa semejante sucede con la música. Hay sonidos graves y agudos; pero para formar armonía sólo pueden combinarse los que son consonantes entre sí.

El método analítico de la división hace distinguir en las Ideas los géneros y las especies. Por ejemplo, el género «animal» es uno, pero al mismo tiempo es múltiple, porque contiene debajo de sí muchas especies (perro, caballo, hombre), las cuales, permaneciendo distintas, participan todas del mismo género. Con esto queda establecida una jerarquía articulada de especies y de géneros, todos los cuales, a su vez, se subordinan al Ser, que en el Sofista aparece como el género supremo.

Aplicando ahora estos principios al orden ontológico, resulta que las Ideas son muchas y distintas. Todas participan del Ser, pero no se identifican con el Ser, Participan del Ser, en función de lo Idéntico y de lo Diverso, y de los demás géneros supremos: Movimiento y Quietud, y son delimitadas por el no-ser, que ejerce la función positiva de separarlas y distinguirlas entre sí. En cada una de las Ideas hay mucho ser e infinita cantidad de no-ser. Cada una de ellas tiene su propia naturaleza individual (fisis). Sin menoscabo de su identidad y de su inmutabilidad, tienen vida, pensamiento y movimiento.

Las Ideas pueden mezclarse y comunicarse o combinarse extrínsecamente entre sí, conservando cada una su identidad intrínseca, aunque no todas indistintamente, sino sólo las que son afines y no implican contrariedad mutua. No es tampoco una comunicación general intrínseca de todas las Ideas, unas con otras, ni menos una confusión, sino una comunicación parcial extrínseca, que las liga unas con otras, dejando intacta su esencia interna y su propia naturaleza, su pluralidad y su variedad.

En esta doctrina de Platón aparece claramente indicado el principio de las diferencias de los neoplatónicos, como constitutivas de las especies y de los individuos. Las diferencias servirán para diversificar la unidad compacta originaria del Ser (Uno) común e idéntico en todos los seres, limitando sus esencias y distinguiéndolas de todas las demás cosas.

 

El Timeo y la existencia de los dos mundos.

  1. k) Toda la doctrina del Timeo se desarrolla en el supuesto de la existencia de dos mundos: uno el ideal, integrado por entidades eternas subsistentes, perfectísimas, siempre idénticas, inmutables, hermosísimas, que sirven de arquetipos para la obra del Demiurgo, el cual modela los seres del mundo sensible a imagen y semejanza de las Ideas. Existe un ser eterno, que no ha nacido, ni ha sido engendrado, y otro ser que siempre nace, que cambia y muere y nunca permanece ni llega a existir perfectamente. El primero es percibido por la intelección y el raciocinio; el segundo, por la opinión unida a la sensación no razonada.

Los argumentos para demostrar la existencia del mundo invisible son ya conocidos:

  1. a) La perfección y la belleza del mundo sensible reclaman un modelo perfectísimo y una causa inteligente, que lo ha hecho a imagen y semejanza del modelo.
  2. b) La validez de la ciencia reclama objetos estables y permanentes. Para que los raciocinios del entendimiento sean fijos y ciertos deben estar apoyados en objetos fijos y estables.
  3. c) Los elementos materiales (triángulos elementales) son creados por el Demiurgo a imagen de los elementos ideales, que son absolutamente bellos y perfectos.

Al número de Ideas ya conocidas, añade Platón la de Animal eterno, modelo conforme al cual forma el Demiurgo los seres del mundo animado. Además, añade una serie de entidades intermedias, que se escalonan jerárquicamente entre los dos extremos: en la cumbre, las Ideas subsistentes, y debajo de ellas, los Números y figuras geométricas, el arquetipo de Animal eterno, el Demiurgo, el Alma cósmica, las divinidades astrales, las almas humanas separadas, los hombres, las especies de vivientes, las formas geométricas, los elementos materiales, y finalmente, en el extremo más inferior de la escala, el espacio, la materia y el no-ser.

Leyes.

i). Leyes. En las Leyes no menciona Platón expresamente la teoría de las Ideas. Pero esto no significa que la abandonara. Antes, al contrario, es fácil verla implícita en todo el desarrollo del Diálogo. La ausencia de una mención expresa se explica por el carácter de la doctrina política que se propone exponer. Ahora se trata no del Estado ideal, tal como lo había expuesto en los últimos libros del República, sino de un Estado de «segundo grado», de una Ciudad acomodada a la condición real de la naturaleza humana. Y así como en el República el programa mínimo de educación destinado a los guardianes inferiores no incluía la Dialéctica, que se reservaba para la minoría selecta de los gobernantes, así en las Leyes el programa indispensable se reduce a estudiar Matemáticas y Astronomía. Pero siempre permanece implícitamente la Dialéctica y la teoría de las Ideas como la cumbre que corona todo el saber.

 

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