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Sócrates

Fuentes adversas y favorables sobre Sócrates.

 

fuentes socráticas

Referente a las fuentes sobre Sócrates, es importante decir que la figura de Sócrates es enigmática e inquisidora, en busca de una pretendida objetividad veremos las fuentes adversas y favorables acerca de sus características.

 

  1.  Los cómicos.

 

Aristófanes.

La fuente más inmediata, cronológicamente, es Las nubes; de Aristófanes, representada en 423; cuando Sócrates contaba unos  cuarenta y cinco años (En la película Sócrates de Torriceli, hay una escena haciendo una alusión a esto).
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También alude a él, de paso, en Los pájaros y en Las ranas.

En Las nubes lo ridiculiza, describiéndolo al frente de una escuela a la manera de
un físico jónico.

Observa los meteoros: «Navego por el aire y reflexiono sobre el sol» (v.225).

Habla del Dios-Torbellino (Diógenes de Apolonia).

Mide el salto de las pulgas.

Pone de relieve su ateísmo.

Lo identifica con los sofistas, atribuyéndole la enseñanza de dos discursos: el justo y el injusto.

El incendio final de la escuela, en que perece Sócrates con sus discípulos;
es una clara incitación a su muerte.

Las nubes constituye un ataque encarnizado; una deformación caricaturesca de la figura de Sócrates; con el fin de ridiculizar y hacer odiosa su escuela y sus enseñanzas, equiparándolo a los filósofos y sofistas que Aristófanes consideraba como principales causantes de la decadencia de Atenas.

No obstante, suprimiendo de ella lo que tiene de exageración; toda criatura
conserva siempre algún parecido con el modelo.

Las nubes se escribieron y representó en vida de Sócrates; entre contemporá­neos que lo conocían perfectamente.

Por lo tanto, la pintura burlesca de Aristófanes, no obstante falsear, en grado más o menos calumnioso, la realidad; es útil para completar algunos rasgos del Sócrates anterior a su «conversión»; y para apreciar la reacción de un sector de opinión ante sus doctrinas; y sus actividades.

Pero es inadmisible la opinión de Hub. Bock; que le da categoría de verdadero retrato; al menos en cuanto a su ateísmo.

Poco sabemos de otros cómicos, como Ameipsias; que lo llamaba «el mejor entre los pocos y el más vano entre los muchos».

Eúpolis y Telecleides lo pintaron con rasgos semejantes a los que después exagerarán los cínicos.

 

  1. Defensa

 

Jenofonte (h.430-25/354).

 

Se refiere a Só­crates en tres obras: la Apología (considerada algún tiempo como dudosa, pero que hoy se cree auténtica); los Memorables (compuestos hacia 393, y que algunos consideran respuesta al panfleto del rétor Polícrates); y el Symposion.

Hay que tener en cuenta que Jenofonte no perteneció al círculo socrático; y que salió de Atenas a la expedición de Giro (401) dos años antes de la muerte de Sócrates; y que además estuvo treinta años en el destierro.

Declara que intenta describir a Sócrates tal como fue.

Aparte de sus recuerdos personales y de sus notas propias; utilizó referencias de otros discípulos, a base de las cuales redactó después los diálogos y discursos que pone en boca de Sócrates; aunque sin sujetarse estrictamente a la letra.

Presenta un Sócrates demasiado vulgar, tosco, ordinario y utilitarista; que resulta mezquino al lado del que describe Platón.

Destaca en él los rasgos que después acentuarán los cínicos.

No se interesa por las especulaciones de la Cosmología ni por altos problemas científicos; viste y vive pobremente, anda descalzo, predica una moral austera; es sincero creyente en los dioses y hasta piadoso y místico.

El testimonio de Jenofonte ha sido discutidísimo entre los críticos.

Unos, como C. Joel, L. Robin, II, Maier, lo rechazan.

Sus argumentos se reducen a creer que Jenofonte rebaja demasiado la figura de Sócrates; por haber sido incapaz de comprenderla en toda su grandeza; a su alejamiento de Atenas, lo que dificultaría su información; a su inclinación hacia el cinismo, cuyos caracteres habría reflejado sobre Sócrates.

Por el contrario, A. Döring lo defendió ya en el siglo XIX contra los ataques de Schenkl, Hartmann y Lincke.

Y en el siglo XX; lo consideran como fuente principal y como el testimonio más fiel H. Weissenborn, H. von Arnim y H. Gomperz.

Si bien tanto en los Memorables como en el Symposion entra un poco de artificio literario; y una cierta deformación más o menos preconcebida en sentido apologético; no obstante, comparando el Sócrates de Jenofonte con el que aparece en los primeros Diálogos de Platón; pueden apreciarse entre ambos muchos rasgos comunes, que son indudablemente históricos.

El utilitarismo que aparece en los Memorables coincide con lo que Platón hace decir a Sócrates en el Protágoras (333d 351b-358d; Hippias mayor 289e-304a); donde viene a equiparar el bien y el mal con el placer y el dolor.

La reducción de toda virtud a la ciencia coincide con la doctrina expuesta en el
Laques y el Cármides; donde la fortaleza y la sophrosyne (sensatez, mesura, templanza, discreción, sabiduría, castidad, prudencia, disciplina, moderación, autodominio);  vienen a identificarse con la ciencia.

Tanto en Jenofonte como en Platón; aparece Sócrates preocupado por buscar los conceptos universales de las virtudes, para definirlas y distinguirlas entre sí.

También coinciden ambos en hacer resaltar su preocupación exclusiva por los problemas morales; y su desinterés por los pertenecientes a otras ramas de la ciencia.

Así, pues, la comparación del Sócrates de Jenofonte y el de Platón; si se limita a los Diálogos de juventud, constituye una prueba de la veracidad del primero.

Quedan escasos fragmentos de Esquines de Sphettos; considerado como el más fiel de los socráticos, y de Antístenes; el rival de Platón.

Y nada se conserva de Aristipo; creador del género literario de las Diatribai, en que recogía los discursos de Sócrates; como tampoco de otros socráticos como Fedón, Simmias, Cebes, Critón, Glaucón, Erastos, Coriseos y Simón el Zapatero.

 

Platón.

Como Jenofonte, representa a Sócrates con la finalidad apologética de rehabilitar su memoria; y deshacer las acusaciones que sirvieron de pretexto para condenarlo a muerte.

Pero en sus Diálogos somete su figura a un proceso creciente de idealización que enturbia la nitidez de su auténtica personalidad.

En Platón cabe distinguir un doble Sócrates: el de los primeros Diálogos de juventud, que se mueven en el círculo de las preocupaciones típicamente socráticas: la virtud, la moral, el sumo bien, etc.; y que viene a coincidir con el que presenta Jenofonte; y el de los Diálogos más tardíos; en que pone en boca del maestro doctrinas en que éste probablemente no pensó jamás; y que rebasan en todos los sentidos la estrechez del horizonte mental en que se desenvolvían las especulaciones de su maestro.

El punto que marca la separación del Sócrates auténtico lo señala la aparición de la teoría de las Ideas; aun cuando Platón siga utilizando el nombre de su maestro, haciéndolo figurar como protagonista de sus Diálogos.

En el Só­crates fuertemente estilizado de los Diálogos de madurez, aunque siempre perduran algunos rasgos auténticos; resulta difícil discernirlos de los elementos con que los ennoblece su discípulo.

Y ciertamente, el retrato que de ellos se desprende supera por completo la personalidad histórica de Sócrates.

  1. E. Taylor, J. Burnet y A. Maier rebajan el valor del testimonio de Jenofonte y Aristóteles; y ensalzan el de Platón a expensas de la originalidad del platonismo.

Distinguen un Sócrates primitivo, que habría cultivado las especulaciones sobre la naturaleza y enseñado la teoría de las Ideas, tomándola de los pitagóricos; y un Sócrates de madurez; que abandona esos temas para dedicarse exclusivamente a los problemas m orales y políticos.

El testimonio de Jenofonte sólo presentaría la última fase del pensamiento de Sócrates, mientras que el de Platón lo abarcaría en su totalidad; ΛΙ de Aristóteles no le conceden importancia, dando por supuesto que no dispuso
de más fuente de información que la platónica.

Aún hay quien pretende rebajar más el valor del testimonio de Platón; E. Dupréel se niega a reconocerle más mérito que el de haber sido un excelente prosista; desprovisto de toda originalidad.

Platón habría sido el creador del mito literario de Sócrates para encubrir la esterilidad filosófica ateniense, poniendo a su nombre doctrinas pertenecientes a los filósofos extranjeros, especialmente los sofistas.

 

Aristóteles.

No conoció personalmente a Sócrates, y habla de él sin el apasionamiento del discípulo inmediato.

Sus veinte años de permanencia en la Academia, en contacto con quienes
lo conocieron y trataron; garantizan la legitimidad de su información, aparte de que tal vez dispuso de otras fuentes que desconocemos.

Aristóteles distingue entre el Sócrates histórico; al cual atribuye doctrinas de carácter exclusivamente moral, y en relación con ellas, si no el descubrimiento, por lo menos la práctica metódica de la inducción en busca del concepto universal de las definiciones; y el Sócrates más o menos idealizado de los seguidores socráticos; negando expresamente que hubiese enseñado nunca la doctrina de las Ideas.

Pero aun admitiendo que Aristóteles interpreta a Sócrates con arreglo a su filosofía sistemática; su testimonio es muy valioso y sirve para reducir a
sus justos límites los de Platón y Jenofonte.

Los historiadores peripatéticos, como Aristoxeno de Tarento, en su Vida de Sócrates; llevaron a cabo una deformación calumniosa de su figura. Los retó

ricos convierten a Sócrates en un tema de ejercicio oratorio, unos en contra, como Polícrates (h.393); y otros a favor, como Lisias, Teodetes y más tarde
Libanio (h.362 p. J. G.).

 

 

Interpretaciones sobre Sócrates.

 

«Verdaderamente, Só­crates es la más sutil, la más endiablada ironía del mundo
griego y de todos los mundos».

«La fisonomía de Sócrates, por la incertidumbre e insuficiencia de nuestros medios de conocimientos, nunca dejará de tener para todos los investigadores el atractivo de un enigma por descifrar.

Nunca, sin duda, se dirá la última palabra sobre esta cuestión» (Brochard).

Sócrates no escribió nada.

«Pues la escritura, que en esto se parece a la pintura, tiene de grave que sus obras están presentes a ti como si fueran personas vivas.

Pero si las interrogas, callan majestuosamente.

Así sucede con los discursos escritos» (Fedro 275a).

Esto nos obliga a reconstruir su personalidad y su pensamiento a base de las referencias de sus discípulos y contemporáneos.

Desgraciadamente no poseemos ninguna fuente satisfactoria en sentido histórico riguroso.

Su misma abundancia, al permitir confrontarlas entre sí; pone de manifiesto la imposibilidad de conciliarlas, planteando graves problemas de crítica.

Las divergencias de interpretación comienzan con sus mismos discípulos; cada uno de los cuales lo pinta de distinta manera; iniciando una leyenda y un proceso de idealización que comienza ya en vida del maestro.

Todas más o menos pertenecen al género literario llamado por Aristóteles σωκρατικοί λόγοι; y ninguna tiene el carácter riguroso de historia ni de biografía
en el sentido en que actualmente las entendemos.

No obstante, en el fondo no son quizá tan discordantes como han pretendido
algunos críticos.

La razón, por otra parte, es sencilla.

No podemos exigir a esas fuentes lo que ellas no pretenden ser.

Proceden de un tiempo en que todavía no existía la historia ni la biografía
en el sentido moderno.

Los griegos tenían de la historia una idea más libre que la nuestra.

Más que a dibujar en concreto el retrato de una persona; aspiraban a expresar lo típico, a pintar un carácter en universal; haciendo entrar en sus descripciones tanta realidad como poesía.

El personaje biografiado venía a convertirse en un pretexto para hacer moral o literatura.

Con este procedimiento lograban resultados maravillosos en el aspecto literario.

Pero resulta desconcertante y hasta desesperante; el querer utilizar como testimonio para reconstruir una figura histórica con garantías de autenticidad y objetividad.

De las fuentes de que disponemos, ni aisladas ni juntas; no resulta posible sacar una imagen de Sócrates tal como fue en la realidad.

Tenemos el Sócrates «visto» por los cómicos; por Jenofonte, por Platón, y, a más distancia, por Aristóteles; por los biógrafos peripatéticos y por los retóricos.

Pero ninguno de ellos se propuso retratarlo tal como fue en la realidad; sino
tal como ellos lo veían; con ojos de enemigos, como Aristófanes, o con ojos de apologistas; como Platón y Jenofonte.

Y lo que es peor; lo que en sus contemporáneos es deformación subjetiva y hasta cierto punto voluntaria; más tarde se convierte en falsificación consciente y calumniosa.
De aquí proviene la variedad de interpretaciones a que han dado lugar entre los críticos la persona y el pensamiento de Só­crates; en las que entra también mucho de subjetivo; y sin que hasta ahora ningún crítico pueda lisonjearse de haber dicho la palabra definitiva.

Sobre todo a partir del siglo XVIII; cada autor hace resaltar en la figura de Sócrates el rasgo que más coincidía con su propia apreciación.

Se le ha pintado sucesivamente como racionalista y crítico; como piadoso y místico, como dialéctico y escéptico, como idealista y subjetivista, como utilitarista y práctico, como científico y especulativo, como soñador y reaccionario, etc.

Los filólogos, como observa Tovar, centraron bien el problema; y abrieron el camino para una interpretación en la que; eliminando las posiciones demasiado unilaterales, aparece una figura de Sócrates que más parece aproximarse a lo que fue en realidad; en cuanto puede conseguirse con ayuda de las fuentes de que disponemos.

No obstante, en el mejor de los casos; solamente podemos aspirar a conseguir una imagen un poco borrosa y desvaída, sin rasgos demasiado definidos; dejando siempre en ella un margen de vaga movilidad, como resultaría de varios clisés superpuestos.

No ha perdido valor la fórmula de Zuccante: completar Jenofonte con Platón.

Templar Platón con Jenofonte.

Recurrir a Aristóteles cuando se trate de definir lo que corresponde a Sócrates y a Platón.

Es, en el fondo, la misma actitud de Zeller.

 

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