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Sócrates

¿Quién fue Sócrates?

¿Quién fue Sócrates?

Quien fue Sócrates

La juventud de Sócrates (470/469-399) coincide con el esplendor de la Atenas de Pericles.

Desde las victorias de Maratón (479), Salamina (480), Platea y Micala (479); hasta la guerra del Peloponeso (431); transcurren unos cincuenta años de paz y de creciente prosperidad.
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En 477 se puso Atenas al frente de la Confederación de Délos; liga naval inspirada por Aristides y Cimón; jefe del partido conservador, partidario de la alianza con Esparta.

En 462 triunfó el partido democrático, capitaneado por Pericles.

Bajo su mando, después de la destrucción de su rival Egina (458); Atenas alcanza la hegemonía marítima.

Pericles acabó con la piratería del mar Egeo; desmanteló las ciudades jonias y amplió la colonización.

La ciudad se embelleció.

Se edificaron el Partenón, los Propileos, los Muros Largos; y se reconstruyó el
puerto de El Pireo.

La industria y el comercio prevalecieron sobre la agricultura.

Atenas llegó a contar 100.000 habitantes y unas 1o.ooo casas.

Aunque después de la peste de 430 la población desciende rápidamente; llegando a 30.000 en 390 y a 20.000 en 310.

En 431 comienza la desgraciada guerra del Peloponeso; originada por la rivalidad entre Corcira y Corinto; apoyadas, respectivamente, por Atenas y Esparta.

Sócrates cumplió en ella como buen patriota, durante diez años, tomando parte en las batallas de Potidea (432); donde salvó la vida a Alcibíades en el desastre de Delión (424); donde hizo el mismo favor a Jenofonte; y en la retirada de Anfípolis (422), en que pereció Cleón, general del ejército ateniense.

En 421 terminó la primera etapa de la guerra, reanudándose otras dos veces; hasta el desastre de la escuadra ateniense en Egos Potamos (404), derrotada por Lisandro.

Con esto se abre el período más trágico de la historia de Atenas.

De 411 a 403 se suceden violentas convulsiones políticas.

Cae la democracia y el poder pasa sucesivamente a manos de los Cuatrocientos; después de los Cinco mil; y finalmente un grupo de oligarcas (los Treinta Tiranos) apoyado por Esparta; se apodera del mando, ejerciendo una sangrienta dictadura durante ocho meses, hasta que fueron derrocados por Trasíbulo; que condenó a muerte a Critias y Cármides, parientes de Platón.

En 403 fue restablecida la democracia por Euclides; pero perduró la animosidad y la desconfianza hacia los partidarios de la aristocracia; simpatizantes con el régimen espartano.

Estos tristes sucesos son el marco en que se desenvuelve la vida de Sócrates.

Sócrates nació en Atenas, en el demo de Alópeke.

Fue hijo de Sofronisco, artesano acomodado; que ejercía el oficio de escultor; y de Fenáretes que después de la muerte de su marido se dedicó al menester de partera.

Sócrates probablemente ejerció en su juventud el oficio de su padre; aunque carece, de fundamento el atribuirle el grupo de las Gracias del Partenón.

Tal vez por herencia de su padre, disfrutaba de una renta anual de 70 minas (200 dracmas); que le permitía vivir modestamente, pero sin preocupaciones.

Después perdió toda su fortuna en la guerra.

Su educación debió de ser poco libresca; adquirida principalmente en las disputas filosóficas presenciadas en la plaza pú­blica.

Parece que aprendió astronomía, matemáticas y música.

En su juventud escuchó las lecciones de Arquelao, discípulo de Anaxágoras.

Pero muy pronto se desengañó de aquellas especulaciones; consagrándose al estudio de los problemas del hombre, en cuanto ciudadano; considerándolos como los más urgentes en la Atenas de su tiempo.

Debió de comenzar su enseñanza hacia el año 434.

No sabemos en qué consistía ésta, pues sólo disponemos de las referencias; a todas luces caricaturescas, de Aristófanes; quien lo presenta como un sofista y un
filósofo al estilo de los jónicos.

La diferencia entre el Sócrates caricaturizado por los cómicos; y el que nos describen Platón y Jenofonte hace sospechar en su vida un momento de crisis; cuyas causas son más de orden político que científico; y que podemos relacionar con las tristes circunstancias porque Atenas atravesaba por aquellos años.

Sócrates, enamorado de su ciudad natal; presencia su decadencia y la disolución de sus fuerzas más vitales frente a su rival Esparta.

Reflexionando sobre las causas de su ruina; que en pocos años la habían precipitado desde la cumbre del esplendor político y militar; hasta la amargura de la derrota, le aparecían en primer plano la influencia disolvente de los filósofos y de los sofistas.

Unos y otros, con su escepticismo; minaban la fe en la religión tradicional; con su cosmopolitismo y su desarraigo de la metrópoli debilitan el respeto a las leyes; a las costumbres y a las instituciones básicas de la ciudad; y con sus nuevos procedimientos educativos contribuían a corromper las virtudes ancestrales del alma griega.

En este concepto coincidía con los conservadores del partido aristocrático.

Así se comprende la actitud de Sócrates frente a los filósofos y los sofistas.

Ante la urgencia de los problemas en que se jugaban la vida o muerte de Atenas; poco podían importarle las especulaciones sobre los «principios» de las cosas; ni las frívolas exquisiteces de aquellos retóricos ambulantes.

Por encima de todo le preocupaba la suerte de su ciudad; y la solución de los problemas políticos de que dependía su salvación.

El hombre que le interesa a Sócrates no es el hombre en abstracto; sino en concreto, el ciudadano ateniense.

El carácter de Sócrates desconcierta un poco para comprender su  pensamiento.

Su aparente serenidad y su sonrisa inalterable encubren un fondo profundamente trágico.

Sócrates lleva en su alma todo el dolor y la tragedia de Atenas; derrotada y en trance de disolución.

Sus compatriotas le habrían comprendido más fácilmente si hubiese sido un orador enérgico; arengando a las masas con discursos apocalípticos.

Pero Só­crates creyó más eficaz, frente a la hueca retórica de los sofistas; adoptar el diálogo directo, la controversia pública, la conversación hábilmente dirigida, empleando sus formidables dotes de dialéctico; para enredar a sus adversarios en sus cuestiones de preguntón incansable; desenmascarando su petulancia y confundiendo su ciencia superficial.

Sus interlocutores, desconcertados por su socarronería; confesaban que no sabían si hablaba en serio o en broma.

El mismo reconoce que esas discusiones le acarrearon numerosos enemigos.

Se comprende también su esfuerzo desesperado; sermoneando oportuna e inoportunamente por calles y plazas; para despertar la conciencia de los atenienses; y hacer volver su atención hacia los problemas urgentes para la salvación de su ciudad.

A esto responde su incansable actividad educadora; la siembra tenaz, insistente, machacona, de sus enseñanzas, consagrándose a la formación de un grupo selecto; más que de discípulos, de amigos, sobre los que ejercía una influencia, rayana en la fascinación; y a los que instruía en sus conversaciones
sobre cuestiones de orden moral y político; quizá con el propósito de formar una aristocracia intelectual; para oponerla contra el turbión de las fuerzas disolventes que amenazaban destruir a Atenas.

Frente a los vicios, el lujo, el afeminamiento y el cosmopolitismo; frutos de la prosperidad comercial de Atenas, oponía el ejemplo de una vida austera.

Viendo la abundancia de objetos que se exhibían en los comercios, exclamó: «¡Cuánto es lo que no necesito!».

Vivía y vestía muy pobremente.

Andaba descalzo, y tanto en verano como en invierno usaba el «tribón» espartano.

Su fealdad corporal se compensaba con sus dotes morales e intelectuales.

Platón lo comparaba a los silenos, por fuera burlescos y por dentro llenos de dioses.

Vivió siempre en Atenas, alejado de puestos y cargos oficiales.

Solamente, hacia 406-5, fue prytaneo del Consejo de los Quinientos; dando una prueba de valor alzando su voz en defensa de los ocho generales; acusados de negligencia en la expedición a las islas Arginusas para salvar a Conón; en que
perecieron dos mil ciudadanos atenienses.

En 404-3 se enfrentó con los Treinta tiranos, que intentaban dar muerte a León de Salamina.

Su simpatía hacia las constituciones políticas de Creta y Esparta, semejantes a la de la Atenas arcaica; su oposición a la democracia restaurada en 403, sus concomitancias con Critias, Cármides, Alcibiades y Platón y otros pertenecientes al grupo aristocrático; le ocasionaron numerosas enemistades.

Pero lo que colma la tragedia de Sócrates fue no sólo la incomprensión e indiferencia de sus conciudadanos; sino el haber sido confundido con los filósofos y los sofistas, a quienes había combatido con todas sus fuerzas.

El año 400-399 el comerciante Anytos, el poeta Meletos y el orador Lycón presentaron ante el tribunal de los Quinientos una acusaciones de asebeía; en que culpaban a Sócrates de impiedad, de introducir nuevas prácticas religiosas y de corromper la juventud.

«Meleto, hijo de Meleto pitheuense, contra Sócrates, hijo de Sofronisco alopecense; delinque Sócrates por no honrar a los dioses que honra la ciudad, por introducir nuevos demonios; delinque también por corromper a los jóvenes. Pena de muerte».

Llevada su causa al tribunal, en la primera votación tuvo 281 votos en contra y 220 a favor.

Pero en la segunda fue condenado a beber la cicuta por 141 votos a favor y 368 en
contra.
Pudo haberse librado de la muerte con ayuda de sus amigos; que le facilitaban la fuga, o aceptando una multa; o el destierro voluntario (Critón), pero prefirió permanecer en Atenas y presentarse ante sus jueces.

Pudo haberse señalado la pena a sí mismo.

Pero esto equivalía a reconocerse culpable.

Ante el tribunal adoptó una actitud altanera, desdeñosa y despectiva; que hizo irritar los ánimos en contra suya.

Declaró que su «demonio» se había opuesto a que preparara su defensa.

Condenado a muerte, su ejecución se retrasó un mes, esperando el retorno de la nave que había ido a las fiestas, de Délos.

Sus últimos momentos, las pasó conversando tranquilamente con sus amigos sobre la inmortalidad del alma; han sido descritos por Platón de manera insuperable.

A través de su serenidad ante el suplicio; se vislumbra un fondo de amargura por el fracaso de sus esfuerzos; el desdén por una vida frustrada, y tal vez la postrera esperanza de que la ejemplaridad de sus últimos momentos sirviera para hacer
reaccionar a sus conciudadanos.

Así adquiere su muerte un sentido heroico; apareciendo como «la coronación lógica de su vida».

No sin cierta arrogancia puede lanzar este reto a su acusador Anytos: «El vencedor es el que ha tenido una vida más útil y más bella» (Apol. 29).

 

1 Fuentes.

2 Sócrates y los Sofistas.

3 El Método Socrático.

4 Doctrina Socrática.

 

Aquí puede leer a otros exponentes del período socrático.

 

 

 

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