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Sócrates

Sócrates y los sofistas.

Sócrates y los sofistas.

Sócrates y los Sofistas

Es bastante tratada la relación entre Sócrates y los Sofistas; aunque fue adversario decidido de los sofistas, a quienes consideraba como unos de los principales causantes de la decadencia de Atenas; no deja de tener con ellos algunas semejanzas exteriores, que ocasionaron la confusión que le costó la vida.

Sócrates coincide con los sofistas en su preocupación por la educación de la juventud.

Pero, a diferencia de ellos, no la reduce a una formación brillante y superficial; más o menos enciclopédica, con vistas a fáciles triunfos oratorios y políticos;  sino que la orienta sobre todo a la práctica consciente del bien, de la justicia y de la virtud; con el fin de formar buenos ciudadanos y buenos gobernantes.

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Su desinterés absoluto contrasta con la venalidad de los sofistas; y su ponderación de la excelencia de la virtud como la cosa más útil y más provechosa para la vida nada tiene que ver con el utilitarismo de sus adversarios; ni con las finalidades
prácticas que aquéllos se proponían conseguir.

La crisis de pensamiento originada por las controversias entre los presocráticos se refleja; tanto en los sofistas como en Sócrates, en una actitud de escepticismo hacia las especulaciones cosmológicas y ontológicas; tan debatidas en los dos siglos anteriores.

Tanto los unos como el otro centran su interés sobre los problemas prácticos de la conducta moral del hombre como particular; y como miembro de una comunidad social.

En ambos los problemas políticos tienen la primacía sobre los puramente científicos.

Pero hay una gran diferencia.

En los sofistas se trataba de proporcionar medios para el triunfo en los negocios del Estado; sin reparar demasiado en su legitimidad.

Sócrates, por el contrario, orienta su actividad; y trata de orientar la de sus amigos hacia la mejora individual por medio de la vida virtuosa; a fin de hacerlos aptos para mejorar a su vez la de la ciudad.

Además, los sofistas aceptaban las diversas ontologías presocráticas deduciendo de ellas su actitud censista; subjetivista y relativista, que aplicaban al campo moral y político.

Sócrates se desentiende de las especulaciones cosmológicas; a las cuales se refiere— en sentido restringido— su famosa frase: «Sólo sé que no sé nada»; que significa: «Del mundo físico sólo sé una cosa, y es que no sé nada».

Mas no sólo por considerarlas frí­volas, vanas o inútiles; sino precisamente porque en ellas veía la fuente del relativismo; y de las teorías que minaban el respeto a las leyes y a la religión de Atenas.

Sócrates se limitó al campo moral; bien fuese por considerarlo más fácil y menos expuesto a errores y controversias; o bien por creerlo de más urgencia para remediar los males que afligían a su ciudad.

Pero Sócrates no es subjetivista, ni relativista, ni escéptico, sino todo lo contrario.

Cree firmemente en la existencia de leyes estables; de normas universales verdaderas, válidas por sí mismas; y superiores a las opiniones y convenciones de los hombres.

Cree en el bien, en la justicia, en la virtud y en la realidad de la vida virtuosa; que consiste en obrar bien (εύττραξία).

Aun admitiendo toda la imprecisión que esos conceptos tienen en la mente de Sócrates; no hay duda de que toda su actividad representa un esfuerzo sincero
para llegar a aclararlos.

Su desconfianza en las especulaciones acerca de las cuestiones físicas; se compensa con una confianza absoluta en el poder de la razón; tratándose de cuestiones morales, en las que se esfuerza por descubrir normas fijas y absolutas; para ajustar a ellas la conducta particular y ciudadana.

Con mucho más fundamento que Parménides y que Anaxágoras puede ser considerado Sócrates; como el verdadero descubridor de la razón y el que abre el verdadero camino de la ciencia.

Sócrates distingue entre su razón particular y la razón universal.

«Admiro desde hace mucho tiempo mi propia sabiduría, pero desconfío de ella».

Pero tiene un optimismo completo sobre el poder de la razón; y de la dialéctica para llegar a alcanzar la verdad.

El error procede de nosotros, pero no de la razón en sí misma.

En todas las almas existe la verdad en estado latente; y sólo es preciso tener habilidad para hacerla salir a luz (maièutica).

«Fíjate que nunca sale de mí nada, sino de mi interlocutor; yo no sé hacer otra cosa que recibir los razonamientos de otros sabios y ponerlos en orden».

«Analizad los fundamentos, y si los analizáis bien; podéis seguir por  orden todo el razonamiento, y ya podéis estar humanamente satisfechos de éste».

Sócrates tiene la preocupación netamente racionalista de la exactitud.

Trata de eliminar las suposiciones y de explicar los términos ambiguos; y los conceptos oscuros o dudosos para llegar a la claridad y a la certeza: «Los que en sus demostracio­nes se conforman con razones opinables; me parecen grandes
fanfarrones, de los que conviene guardarse; en las matemáticas como en todo lo demás».
No obstante, su empleo habilísimo de la dialéctica para deshacer las sutilezas; y argucias de los sofistas; pudo ser ocasión aparente para ser confundido con ellos.

 

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