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La Física en el Estoicismo.

La Física.

La Física en el Estoicismo.
La Física en el Estoicismo.

Los estoicos retornan al antiguo concepto presocrático en que lo “físico» abarcaba toda la realidad, identificando el ser físico con el ser total, y el orden cósmico con el orden total. Así en su Física van incluidas la Ontología, la Teología, la Biología y la Antropología.

Su concepto de la realidad, más que un monismo corpóreo, tal como aparece a primera vista, debe entenderse como un dualismo dinamista, en el cual combinan la Ontología de Heráclito—el Fuego en perpetuo movimiento, del que proceden y al que retornan todas las cosas, que están en perpetua transformación—y la teoría hilemórfica de Aristóteles, admitiendo una materia pasiva como principio primordial, penetrada por el Fuego a manera de una forma.

Los Estoicos identificaban la realidad y la corporeidad. Todo ser es corpóreo. Todo lo que obra es cuerpo. Son corpóreos el Fuego, Dios, que se identifica con él; el alma, la palabra, el bien, la sabiduría, las virtudes, los vicios, las pasiones, etc.  Hasta Marco Aurelio los estoicos no llegan a admitir la noción de espíritu.

Pero no hay que interpretar su concepto corpóreo de la realidad en sentido burdamente materialista, sino más bien como una oposición al idealismo platónico; no existen Ideas, solamente existen seres concretos o cuerpos (sómata). Únicamente señalaban como contrapuestas a la realidad corpórea cuatro realidades incorpóreas, que eran lo expresable, el vacío, el lugar y el tiempo.

 

  1. a) Los Principios Eternos.

En medio del vacío infinito existe desde toda la eternidad una masa corpórea, finita, limitada, dentro de la cual se hallan dos principios también eternos, corpóreos, ingenerados e indestructibles, que son la Materia y él Fuego. «Admiten dos principios para todas las cosas, el activo y el pasivo. El pasivo es la substancia despojada de todas las cualidades, es decir, la materia. El activo es la razón que está en aquélla, o sea Dios, el cual, siendo eterno, crea en toda ella todos los seres singulares». Estos dos principios son distintos, pero inseparables. Equivalen a la materia y a la fuerza: No se da materia sin fuerza, ni fuerza sin materia. La materia es el sujeto de la fuerza, y la fuerza el principio determinante y unificador de la materia.

1° La Materia (hile)

Es un principio pasivo, inerte, incualificado, pero sujeto de todas las cualidades. A la vez divisible hasta el infinito, no aumenta ni disminuye y sus partes pueden mezclarse y compenetrarse entre sí. También es incognoscible en cuanto tal e inmóvil, a no ser que sea impulsada por algún agente externo.

El Fuego.

El Fuego (pir) es otro principio eterno, activo, potentísimo, sutilísimo, sumamente fluido, viviente e inteligente, que penetra la materia, la organiza, la vivifica, la determina y mueve, dando a todas sus partes la cohesión y la tensión. Los estoicos lo designan con los nombres de Causa, Razón, soplo, éter, Zeus o Dios.

El Fuego envuelve, contiene y penetra todo el Cosmos a la manera de un soplo inflamado creador y unificador. Es la causa o la fuerza activa, viviente, inmanente que informa y vivifica todo el Universo, a la manera de un alma universal. El Fuego penetra la materia, ejerciendo las mismas funciones que Aristóteles asigna a la forma substancial. Es la causa de todas las cualidades sensibles que también son corpóreas: el calor, el frío, la luz, el color, la oscuridad, la humedad, la sequedad, la dulzura, el amargor, la gravedad, la longitud, la latitud, la profundidad, etc. De la mezcla del Fuego con la materia resulta toda la variedad de los seres particulares: dioses, astros, hombres, animales y plantas.

El Fuego está todo en cada una de las partes. Es la causa de la unidad, de la armonía y de la belleza del Cosmos. Por esto entre todas las partes del mundo existe la más íntima simpatía. Y por esto también el mundo es un gran viviente, un inmenso animal, con alma, vida, pensamiento y razón que se desarrolla en múltiples seres.

Dios y el Fuego son una misma cosa. Dios es inmanente al mundo, y todas las cosas son divinas. De aquí proviene el profundo sentimiento religioso de los estoicos, como Cleantes en su Himno a Zeus, y especialmente de los más tardíos, como Epicteto y Marco Aurelio, que ponderan la íntima compenetración con lo divino inmanente al hombre.

 

3º El Logos.

Los estoicos reproducen el antiguo Logos de Heráclito, concibiendo dentro del mismo Fuego una Razón o una Ley inmanente y universal que en cierto modo se identifica y en otro aspecto se distingue del Fuego. Ese Logos es el principio rector, la Mente que rige y gobierna todo el Universo. Es la Providencia, y el Destino, que todo lo ordena y todo lo reduce a una armoniosa unidad. Es el lóyoç spermatikos, que contiene en sí las semillas o gérmenes racionales de todas las cosas (nueva versión de las Ideas ejemplares de Platón).

 

  1. b) La Transformación Cíclica.

Lo mismo que Heráclito, los estoicos conciben el Universo en una transformación incesante, en un perpetuo movimiento rítmico, en que todos los seres resultan de la mezcla y compenetración de los dos principios primordiales: la materia y el fuego. En la vía hacia abajo (extinción), el fuego primordial da origen a toda la variedad de los seres. Del éter celeste se forma la esfera de las estrellas fijas. Luego, las estrellas móviles; después, el aire, el agua y la tierra. En la vía hacia arriba, o de retorno, el proceso es inverso: tierra, agua, aire y fuego. Los elementos se mezclan unos con otros en distintas proporciones al encontrarse en la vía hacia arriba o en la vía hacia abajo, y dan origen a toda la diversidad de seres celestes y terrestres. Bajo la acción del fuego primordial inmanente, que anima todas las cosas, el agua se hace vapor, después aire, y el aire finalmente fuego.

Los elementos son aquello “de lo cual primeramente nacen y en lo que, por último, se disuelven los seres que tienen nacimiento». Crisipo dedicaba el fuego a Zeus; el aire, a Fiera; el agua, a Poseidón, y la tierra, a Hestia. El agua y la tierra son pesados y pasivos y tienden hacia abajo, al centro del mundo. El aire y el fuego son ligeros y activos y tienden hacia arriba, oprimidos por la presión de los anteriores. Crisipo admitía además otro quinto elemento, que es el éter celeste, mezcla purísima de fuego y aire, del cual se formaba la esfera de las estrellas fijas.

Todos los elementos son corruptibles. Pueden mezclarse y penetrarse entre sí, pues la materia es divisible hasta el infinito. Una sola gota de agua disuelta en el mar se comunica a toda la masa de agua. Todos son también transformables, por condensación, dilatación o evaporación. De la unión de los elementos en distintas proporciones resultan las distintas cualidades, como el calor, el color, la dulzura, el amargor, etc.

 

  1. c) El Cosmos.

El mundo es único, limitado, esférico y finito. No hay muchos mundos, como querían los epicúreos. Fuera del Cosmos no existe más que el vacío infinito o el no-ser. En el centro del Cosmos está la tierra, esférica e Inmóvil. En ella se mantienen en equilibrio sus elementos correspondientes, que son agua y tierra. Encima de la tierra está la región del aire, de los vapores o exhalaciones, Más arriba está la del fuego y del éter, en la cual se suceden escalonadamente las esferas de la Luna, que se compone de fuego y aire (por esto su luz es cenicienta), la del Sol y las de los planetas, que son seres divinos, vivientes e inteligentes de forma esférica. El Sol se compone de fuego purísimo y se alimenta de las exhalaciones de los mares y de los ríos. Se mueve con movimiento helicoidal, sin acercarse ni alejarse demasiado de la tierra. Envolviendo todo el Cosmos está la esfera de las estrellas fijas, compuestas de éter santo, y cuya cantidad es innumerable.

 

  1. d) Las conflagraciones Universales.

La transformación incesante del Universo se desarrolla en ciclos rítmicos y periódicos (Gran Año) regidos por la ley inmanente y necesaria, que es la causa de todas las cosas pasadas, presentes y futuras. Todos los seres del Universo, los dioses, los astros, los hombres, las plantas y los elementos son corruptibles, y todos perecerán. Cada ciclo del desarrollo del Universo termina con una conflagración, en la cual se destruyen todos los seres particulares,
quedando nada más que los dos principios eternos, la materia y el fuego primordial. De ellos volverán a renacer todas las cosas siguiendo el mismo orden, repetido infinitamente.

Los mundos se suceden en ciclos sucesivos. Todas las cosas se repiten exactamente infinitas veces. En cada mundo vuelven a reproducirse los mismos astros, la misma tierra, los mismos hombres, los mismos pueblos y los mismos sucesos, siguiendo un orden idéntico (Sócrates, Jantipa, Anytos, Meletos, Platón). Los estoicos posteriores restringieron la permanencia más bien al ritmo fundamental de los acontecimientos, pero admitiendo la diversidad de los sucesos particulares.

Cleantes concebía la conflagración a manera de un incendio purificador. En la periferia del Cosmos permanece siempre una capa envolvente de fuego purísimo y activísimo, el cual reanima todas las cosas cuando llegan al ínfimo grado de extinción. Después se va retirando hacia la periferia y las cosas vuelven a renacer. Según esto solamente habría una vía hacia abajo (extinción) y después una conflagración violenta.

 

  1. e) Determinismo Finalista.

En los poemas homéricos, en Píndaro, Esquilo y Sófocles aparece la fatalidad, a la manera de una ley rígida e inexorable. De ella provienen los males que caen sobre Edipo y Orestes. Eurípides atenúa un poco ese rigor. Sócrates, Platón y Aristóteles no la mencionan. Pero los estoicos vuelven a resucitarla, identificándola con una ley cósmica universal, inmanente al Universo, en contraposición con el azar de los epicúreos. «No vale esto para hoy o sólo para mañana, sino que siempre vive y nadie sabe desde dónde y cuándo vino».

 

Necesidad y no Azar.

A la absoluta racionalidad del Cosmos estoico corresponde una necesidad absoluta. En su Universo no queda lugar para la contingencia. Nada sucede al azar, sino todo necesariamente. No hay ningún movimiento sin causa, Unos hechos son causa de otros. Todo se desarrolla dentro del engranaje cósmico de causas y efectos. En esa unidad cósmica todo está rigurosamente ordenado, concatenado y determinado por la Razón universal, que penetra y gobierna el mundo, señalando a cada cosa su propia finalidad. Esa ley de bronce, que liga el Cosmos y la humanidad, es Dios mismo, sabio, justo y prudente. La Razón, la Providencia y el Destino o la necesidad se identifican.

Sin embargo, no se trata de una necesidad ciega ni puramente mecánica, como la de los atomistas o la de los epicúreos, sino del régimen necesario de la Razón universal, divina, inmanente al Cosmos, que ordena todas las cosas a una finalidad de perfección, en la cual siempre sucede lo mejor. Es un determinismo finalista y optimista a la manera de Leibniz.

En virtud de la fuerza activa única (Dios, Fuego, Razón, Providencia, Necesidad…) que todo lo penetra y dirige, todos los seres y todos los acontecimientos del Universo están estrechamente ligados entre sí. El Destino se extiende a todo el conjunto del Universo y a cada uno de los seres en particular. Es superior a los dioses, los cuales, aunque conocen todo cuanto tiene que suceder, sin embargo, no pueden modificar ni alterar el orden del mundo ni menos impedir que se realicen los acontecimientos señalados por la Razón universal. Y menos aún pueden alterarlos los hombres, a los cuales solamente les queda la sumisión humilde a lo determinado por la Providencia.


«Todo se me acomoda lo que a ti se acomoda. ¡Oh Cosmos!, nada me llega tarde, nada demasiado pronto si llega a punto para ti» (Marco Aurelio, IV 23).
En sus duras controversias con los académicos, los estoicos multiplicaron las pruebas para justificar su determinismo.

 

1º Físicas.

Por la concatenación de todos los acontecimientos del Universo en una inmensa serie ordenada, regida por la Razón y la Providencia divina. El orden no se explica sin una inteligencia ordenadora inflexible.

Por el principio de causalidad. Nada sucede sin una causa que lo determine, Decir que existe un efecto sin causa es tan absurdo como decir que algo sale de la nada.

Por el principio de finalidad. Todo cuanto sucede en la Naturaleza tiende a un fin preestablecido por la Razón universal, que siempre intenta lo mejor.

 

Lógicas.

Una proposición verdadera lo es desde toda la eternidad, y su contradictoria, falsa. Por lo tanto, hay verdades necesarias eternas, y su verdad excluye la posibilidad de sus contrarios.

Sólo son posibles desde la eternidad los, acontecimientos que llegan a realizarse. Cuando una cosa posible se ha realizado, ya es necesaria, y su contraría se convierte en imposible.

 

  1. f) La Libertad.

Dentro de su riguroso determinismo, Crisipo intentó salvar en cierto modo la libertad conciliándola con la necesidad. Para ello distinguía entre causas perfectas y principales (remotas) y causas auxiliares (próximas). El destino (causa principal remota) nos impulsa a la acción. Pero una acción para llegar a realizarse necesita no ser impedida por las causas próximas, a las cuales podemos prestar o rehusar nuestro asentimiento. El destino determina el fin, y el acaso suministra los medios.

Crisipo ilustraba esta doctrina comparando la acción a un cilindro que rueda por un plano inclinado. El destino, le comunica su impulso necesario. Pero el movimiento del cilindro depende además de la inclinación del piano, que puede modificar su dirección.

De todos modos, es vano pretender rebelarse contra el impulso de la necesidad. Esa es la causa de nuestros sufrimientos. Lo mejor es dejarse llevar, cooperando con nuestro asentimiento libre al movimiento de la Naturaleza.
Así se logra la perfecta serenidad y la paz del espíritu propia del sabio que se somete a la necesidad providencial.

Pero con esto la libertad queda reducida a un poder, ineficaz, de resistencia al destino (Spinoza, Leibniz). Solamente es o resistencia inútil o cooperación al impulso universal necesario, pero no basta para desvirtuar el rígido determinismo que arrastra todas las cosas.

 

  1. g) Optimismo.

En un Cosmos, informado por Zeus, alma del mundo, penetrado por el fuego viviente, Razón universal que todo lo gobierna y dirige, no puede menos de reinar la armonía más perfecta. Todo es bueno, bello, armonioso, perfecto, ordenado y todo está admirablemente dispuesto conforme a la finalidad predeterminada por la Providencia divina.

Dios, inmanente en el mundo, es el principio de la unidad que armoniza todo el conjunto de las cosas. Entre todos los acontecimientos existe una estrecha cohesión y simpatía. Lo que existe actualmente es lo único que puede existir.

Lo que sucede, siempre es lo mejor. Todo contribuye a la realización del plan grandioso intentado por la Providencia divina, rectora del Cosmos. Todo está perfectamente ordenado dentro del conjunto general del mundo. Los desórdenes particulares solamente lo son desde un punto de vista limitado y parcial. El mal es aparente y sólo existe en lo particular. Pero, aun los que parecen males, son bienes integrados en la finalidad general del Universo. Nosotros no podemos comprender su utilidad, pero la comprende la Razón universal. Y aun los que parecen males son causa de mayores bienes.

 

  1. h) Teología.

En realidad, la Teología estoica se confunde con su Física, pues Dios no es más que el principio activo inmanente en el mundo (Fuego, Eter, Logos, Fuerza, Causa, Providencia, Necesidad). Solamente Cleantes lo identificaba con el Sol. Dios lo crea todo y absorbe todas las cosas según los ciclos del tiempo y vuelve a engendrarlas todas de sí mismo.

Además del Dios Alma universal inmanente al Mundo, admitían una turbamulta de dioses, esféricos, sin ojos ni miembros, vivientes, inteligentes, cuya materia es idéntica al pneuma, que llenan los cielos, el éter y el aire. Además, infinitos demonios y almas de los héroes que andan flotando en el aire, escalonados en una jerarquía de perfección. Dios es como una corriente universal de vida que circula a través de todos los seres particulares, produciendo infinitas formas en su continua evolución.

A este concepto panteísta acomodaban la mitología pagana. Llamaban a Dios Zeus, en cuanto que todo existe por él, como causa universal de la vida; Atena, en cuanto que gobierna el éter; Fiera, el aire; Hefaistos, el fuego; Cronos, el fluir del tiempo y de las cosas; Poseidón, el agua; Demeter, la tierra. De manera semejante interpretaban los demás fenómenos naturales, como distintas manifestaciones de Dios o como distintos nombres de una misma fuerza cósmica que todo lo penetra y vivifica.

 

Pruebas de la existencia de Dios.

Los estoicos formularon con gran precisión las pruebas de la existencia de Dios. Pero todos sus argumentos tienden a demostrar, no la existencia de un Dios trascendente, sino inmanente al mundo, como Razón, Providencia o alma universal. Aunque las críticas de Carnéades repercuten en los estoicos de la escuela media, obligándoles a modificar su concepto de la divinidad.

 

Pruebas:

1º El principal argumento se basa en el orden, la armonía y la belleza del mundo. El Cosmos es un mecanismo admirable, entre cuyas variadísimas partes reinan el orden y la armonía más maravillosos, resultando de su conjunto la belleza más sublime. Los movimientos de los astros, del Sol, de la Luna, las estaciones del año, los meteoros se suceden en un orden perfecto. Ahora bien, el orden no puede atribuirse al acaso. Tampoco puede atribuirse a los hombres. Pues bien, así como los hombres poseen inteligencia y voluntad, también habrá que decir que el Cosmos tiene una Razón universal, que es la causa el orden y de la armonía. El mundo es, pues, un gran animal viviente y racional.

Por el consentimiento universal. Argumento desarrollado por los estoicos y Epicuro. Todos los pueblos han creído en los dioses y han tenido sacerdotes para tributarles culto.
Este hecho universal demuestra que la creencia en los dioses es innata en la naturaleza humana.

3º Por la adivinación. Crisipo escribió dos libros para justificar la adivinación. Se da la adivinación; luego existen los dioses. Si no hubiera dioses sería imposible la previsión de los sucesos futuros, pues sólo ellos pueden conocerlos. Y el conocimiento de los sucesos futuros solamente es posible si están rigurosamente determinados.

 

Atributos de la divinidad.

Dios es corpóreo, porque todo lo que es real es corpóreo. Es un hálito, o pneuma, que penetra y vivifica la materia. Irónicamente dice Tertuliano; «Dios circula en el mundo como la miel corre en las celdillas de los panales».

Dios no es creador ni de la materia, que es eterna como él, ni de los incorpóreos (vacío, tiempo, lugar). Solamente es el organizador y la providencia que equilibra y gobierna todas las cosas. Es la Razón seminal del Universo. Dios mueve todas las cosas. Pero no a la manera de un motor inmóvil extrínseco, como en Aristóteles, sino como el primer motor móvil, unido e inmanente al mundo. Es eterno e inmortal. Fuera de la materia y de Dios (Fuego), todas las demás cosas: dioses, astros, almas, mundo, elementos, perecen en las conflagraciones universales que se repiten periódicamente.

 

  1. i) Biología.

Del Fuego primordial proceden las semillas o gérmenes, que dan origen al desarrollo de todas las cosas. Los seres orgánicos—plantas, animales— constan de diversas partes, que se mantienen unidas por una fuerza de cohesión. Cada uno tiene funciones propias, y obra espontáneamente según su naturaleza y su finalidad particular, pero siempre dentro del orden general del Universo. De la intensidad con que es penetrada la materia por el pneuma divino o el Alma universal y de la fuerza de la «tensión» provienen los distintos grados de perfección de los seres.

1º Hay, en primer lugar, seres inanimados, minerales, que carecen de alma y solamente tienen una disposición que mantiene unidos sus elementos.

2° Las plantas y los embriones de los animales tampoco tienen alma, sino sólo una naturaleza. Su movimiento es automático.

3º Los animales tienen alma, impulso, sensación y percepción. El principal entre los animales es el hombre, que tiene además inteligencia.

  1. j) Antropología.

EI hombre es un microcosmos compuesto de cuerpo y alma: El cuerpo es una mezcla de elementos suministrados por los padres. Está compuesto de tierra y agua. Las almas son partículas desprendidas del Fuego divino o del alma universal, o una parte del soplo divino inmersa en el hombre. Es una especie de calor racional o un pneuma compuesto de aire y fuego.

 

Función del alma.

El alma es corpórea, según los estoicos antiguos. Marco Aurelio llegó muy tardíamente a concebir su espiritualidad. Se alimenta de la sangre y por la respiración, con la cual absorbe el fuego y el aire. Tiene por función mantener la cohesión entre los elementos del cuerpo y armonizar sus distintas partes. Preside y regula su desarrollo. En el estado embrionario ejerce solamente las funciones vegetativas. Tiene en el compuesto una función de “tensión» y de cohesión semejante a la del Alma universal en el Cosmos. El niño está formado a los catorce días después de nacer; y desde ese momento ya percibe la distinción entre bien y mal, Distinguían en el alma ocho partes o potencias. La principal, o núcleo central, es el alma racional o directiva. Según Cleantes, reside en la cabeza, a la manera del sol en el Cosmos. Según Crisipo y la mayoría, en el corazón, porque de allí procede la voz, y se manifiesta en la palabra.

 

Las partes del Alma.

Del alma central se derivan otras siete potencias o soplos vitales, que se ramifican por todo el cuerpo a la manera de los tentáculos del pulpo o como los brazos de una estrella de mar, o como las patas de la araña, que reciben su fuerza de la cabeza. Son: los cinco sentidos: vista, oído, tacto, olfato, gusto, cada uno de los cuales tiene un pneuma especial, la facultad generativa y la locutiva «Los estoicos dicen que el alma se compone de ocho partes: cinco que son las sensitivas: vista, oído, olfato, gusto y tacto; la sexta, que es la del lenguaje; la séptima, que es la seminal, y la octava, que es el mismo hegemonikón, de donde todas las otras se extienden por los órganos apropiados, a manera de tentáculos de pulpo». «Del alma rectora, alojada en el corazón, parten los otros siete soplos, como los brazos de una estrella de mar, y van a los órganos sensitivos, motores y fonadores. Los soplos son cuerpos que se desplazan a la manera de los cuerpos».

 

La Inmortalidad del Alma.

Solamente es inmortal el Alma del mundo. Todas las demás, aunque algunas sobrevivan al cuerpo después de la muerte, perecen en la conflagración final. Según Cleantes subsisten todas hasta ese momento. Según Crisipo, solamente las de los sabios. Estas almas después de la separación del cuerpo conservan su conciencia hasta el momento de la conflagración final, en que todas volverán a unirse a su primer Principio, el Fuego, o Zeus.

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